
Otra de mis aficiones durante muchos años (hasta que me quedé preñada y en la actualidad, vamos) ha sido fumar porros. No bebo alcohol (por los porros, que si no me entocino demasiado), así que algún vicio tenía que tener. Y todo esto viene a que hoy me he acordado de que el año pasado me prometí a mi misma que el 31 de diciembre de este año me tomaré una copa de Moet ( vale, no bebo alcohol habitualmente, pero el champán es algo a lo que no le puedo decir que no) y me fumaré un buen fly después de este año de esfuerzos y sacrificios frente a mis vicios. Vamos, que me auguro que esta nochevieja a las 00:10 ya me habré quedado frita, que un año sin excesos es lo que tiene. Y la edad, bonita, y la edad…
Esto va a ser un post de abuela cebolleta, me lo veo venir.
Mi primer porro ( si, lo va a ser) me lo fumé al dia siguiente de mi primer concierto de The Cure, o sea, le puedo poner fecha y todo, el 8 de Noviembre de 1993. Recuerdo que fue ese día porque me tocó salir con las amigas del colegio a Moncloa, después de una noche superchula de polvo de venganza y concierto con mis amigos siniestrillos. Y es que yo tenía dos grupos de amigos que no se conocían entre si y algo incompatibles, las compañeras de clase del colegio ( con las que había que socializar si o si), y la gente rara y vestida de negro con los que realmente me apetecía estar ( sobre todo porque eran mayoría tios, jaja).
Fue el novio de una de mis pijitas compañeras de clase el que nos llevó a un selecto grupo de tres o cuatro personas (otras se hubieran escandalizado por lo que íbamos a hacer) fuera del garito de Moncloa en el que estábamos emborrachándonos como adolescentes que éramos, para que probáramos nuestro primer porro. Él, al ser de otro colegio y unos tres años mayor, tenía acceso a esa sustancia prohibida que desconocíamos realmente. Asi que allí mismo, en los bajos de Moncloa, le dimos unas caladas a aquel cigarro liado con cierta excitación y nerviosismo por el efecto que pudiera tener. Ninguno. A mi no se me subió lo más mínimo, lo recuerdo perfectamente, la desilusión que me supuso probar aquel fruto prohibido que no me produjo ningún efecto especial. Pues vaya. Vista la desilusión, no volví a probarlos.
Un par de años más tarde, en el instituto ya, cuando tuve mi segundo tonteo con el tema. Mi compañero de delante, que era de Jaén y a mi me ponía burrísima, solía llevar encima un par de ellos para pasar las aburridas horas de clase. Un día nos propuso fumarnos uno antes de entrar en clase de Historia, y yo recordando mi primera experiencia le dije que si, y si me hubiera dicho que nos amputáramos un brazo también hubiese aceptado, que yo lo que quería era tirármelo (cosa que nunca sucedió, cachis, eso si, me harté a fumar porros con él…así repetí COU, jaja).
Pero aquel día si que me subió, vaya que si lo hizo. Y me metí en clase de Historia con un pedazo tal que no era capaz de coger ni un sólo apunte, flipando pepinillos con lo que nos estaba contando la II Guerra Mundial, y no os podéis imaginar lo que aluciné con la narración del desembarco de Normandía. Tanto, que después de pedirle los apuntes al empollón de la clase, decidí que no volvería a fumar antes de la clase de Historia. Pero si en la de filosofía, matemáticas y literatura, jajaja.
Además, los sábados por la tarde quedábamos después de hacer un fondo común para comprar chocolate, papel y el tabaco, para reunirnos en esos garitos (lagrimilla recordando) dónde no sólo se podía fumar tabaco, si no también porros mientras te tomabas una cerveza sin que al dueño le diera un parraque o llamase a la policía. Por suerte para mí, había un bar de este tipo justo en la calle paralela a mi casa. Suerte principalmente por la cercanía a mi cama sin tener que pasar por enrevesados transbordos de metro que siempre han sido un coñazo y más en ese estado, pero por otro lado era una putada eso de tener que quitarte el ciego del todo en menos de cincuenta metros para hacer una entrada en casa lo suficiente creible como si hubieses pasado la tarde en el burger king celebrando el cumpleaños de un amigo. Y los ojos los llevabas rojos del humo, claro.
Después de esta época, conocí al que fue mi marido, que al ser 16 años mayor que yo, pues claro, se había hartado de fumar porros. Durante nuestro noviazgo tuve una época en la que me daban mogollón de paranoia fumarlos, me sentaban fatal, por lo que lo dejé durante varios años hasta que ya casada, conocimos a una pareja y que casualidad, también los fumaban. Con ellos probé por primera vez la maria, ojú que jartá a reir. Así que los fines de semana, en mi casa o en la suya, pasábamos las tardes viendo pelis o jugando a algo, hasta que nos despertábamos en el sofá el domingo por la mañana. Debía de ser que ya sin la presión de que me fuerna a pillar mis padres, aquello empezó a sentarme de puta madre. El caso es que a mi no me apijorran como le pasa a la inmensa mayoría, si no que me sale la vena creativa. Ni que decir que muchos post de este blog están escritos bajo el efecto de la maría, por lo que entiendo que Shakespeare y Oscar Wilde escribieran bajo su efecto (a ver, no me estoy comparando con ellos, diox me libre).
Y ni que decir tiene que follar fumada mola un huevo, cada caricia se siente el doble y los orgasmos son increibles, mucho más intensos.
En fin, que deseando estoy que llegue la nochevieja para darle unas caladitas a uno…
Ah, bueno, y antes de acabar una recomendación por si hay algún menor leyendo esto, fumar porros mola, pero no mientras estudias y bla bla… a los mayores de edad no os digo nada, haced lo que os plazca.
Modo abuela cebolleta off. Legalización ya, coñe.




