Archivos en la Categoría 'Cuentos de paja'

Relato : La puta y el profesor (segunda parte)

 

Lo que ella desconocía era lo que sentía el profesor en realidad con esos encuentros. Todo había empezado demasiado casual, sin apenas planearlo. El primer domingo que quedaron, después de la clase, decidió salir a dar un paseo para despejarse. Al salir del portal, vio como se alejaban ella y su novio, y decidió tomar la misma dirección a una cierta distancia. Llegó con ellos hasta un parque, y les siguió a la parte más oscura de este, donde siempre guardando la distancia, observó como la pareja se proporcionaba placer. Dio una vuelta completa para acercarse sin ser visto, y a escasos metros de distancia, entre unos matorrales, pudo ver a su alumna a horcajadas sobre los muslos de aquel chico, presumiblemente su novio, con la camisa abierta y los pechos por fuera del sujetador pajeando a su novio mientras este se afanaba por hacer lo mismo con la mano metida en sus bragas  y restregándola por su coño. La escena le excitó tanto que no pudo más que sacarse la polla y desde su escondite, acompañar a la pareja en la búsqueda de sus placeres.  Ver a su alumna intentando desesperadamente buscar su orgasmo con sus caderas por la torpeza de su amante, y la cara de desilusión de esta cuando su novio se corrió en su mano y la pérdida de interés de este una vez descargado pese a que ella seguía frotándose como una perra en celo, le provocaron un orgasmo silencioso entre los arbustos.

 

Esperó a que la pareja se fuera para volver a su casa y acabar el domingo por la tarde como a él le gustaba acabar la semana para enfrentarse a la nueva, con una cerveza y una mamada por veinte euros en un bar de alterne cercano. Rutina adquirida desde hacía cinco años por recomendación del director, ya que para enfrentarse a las provocaciones de las adolescentes a las que les daba clase, era el mejor remedio. En todo este tiempo, apenas había cambiado su rutina; después de pedir la cerveza en la barra se dirigía a uno de los sillones oscuros donde una de las putas, le mamaba la polla hasta que se corría, le daba el último trago a su cerveza, pagaba y se iba. Tan sólo en época de exámenes o al principio de la primavera, cambiaba la cerveza por un whisky, su sillón por una habitación y la mamada por un polvo. Aquella tarde, se tomó tres cervezas servidas por tres señoritas diferentes.

 

Durante la semana prefirió no dirigirse apenas a ella durante las clases de rutina, aunque de vez en cuando se descubría a si mismo mirándola. Volvió a llegar la clase del domingo, y esta vez ambos estaban deseando que se acabara, cada uno por sus motivos; ella por ir con su novio al parque, y él para seguirlos. Tanto aquel domingo como el siguiente, volvió a disfrutar de su visión desde su rincón privilegiado de sus juegos de adolescentes, de las frustraciones de su alumna, de su cerveza y su mamada.

 

Y ya no le rondaba por la cabeza otra idea más que follársela y proporcionarle por fin el orgasmo que tanto buscaba. Aunque se la imaginaba por las noches acabando lo que el inútil  e inexperto de su novio no podía conseguir con sus propias manos, quería enseñarle lo que era un orgasmo provocado. Verla en clase le provocaba tal suplicio y obsesión, que al acabar tenía que encerrarse en el baño y masturbarse para poder continuar con la clase siguiente.

Llegó el domingo.  Durante todo el día planeó diferentes estrategias para acercarla a él sin que resultara forzoso, y al final optó por su mejor arma, la naturalidad. Aquella tarde, en formato juego, le propuso que se sentara en sus rodillas como si fuera un abuelo contándole a su nieta un cuento, aunque no había nada más lejos de su pensamiento que esa estampa precisamente. La sentó en sus rodillas, con la excusa de tenerla más cerca. El contacto de su sexo caliente a través de la pernera del pantalón, le hizo enloquecer de tal manera que estuvo a punto de perder el control y violarla sobre el sofá. Intentó concentrarse en la clase como siempre, pero su olor cercano, el calor sobre su pierna y su propio cuerpo no le permitieron controlar la erección, que al parecer ni siquiera importunó a su alumna pues se despidió con un beso por primera vez. En cuanto se quedó solo, se quitó los pantalones y acercándolos a su nariz por la zona donde ella había estado sentada, se masturbó furiosamente mientras los olía y lamía como un animal.

 

Aquella obsesión era demasiado peligrosa en varios sentidos y después de meditarlo toda la semana con la mano en la polla, decidió suspender la clase del domingo.

 

Después de colgar el teléfono y haber creído notar cierto tono de desilusión por parte de ella, se tumbó en la cama a pensar. Lejos de sopesar los pros y los contras, donde los segundos ganaban por goleada, no pudo parar de recordar en todos los momentos que había pasado esas últimas semanas y que le habían provocado un estado hormonal adolescente digno de estudio. Sin más, y haciendo caso omiso de si mismo, abrió su ficha del colegio en el ordenador y se masturbo repetidas veces observando su foto y recordando sus pequeños pechos botando frente a la cara equivocada.  Fue a media tarde, al cambiar su mano por la refrescante garganta de una puta, cuando se dio cuenta de que no podría luchar contra sus instintos y asumió, a la vez que se corría, que ya no podía dar marcha atrás.

 

Pese a ser consciente de su propia locura, decidió no luchar contra ella y apostar fuerte. El mismo lunes  le propuso recuperar la clase perdida, y ella aún inocente, aceptó encantada esa clase extra, más encantada de lo que debería estar a juzgar por su reacción a través de su camisa. Y si? … no, no creia que aquello fuera posible, aunque siempre había oído hablar de la erótica del profesor-alumno.  Tampoco se acababa de caer de un guindo, en todos su años de profesión había conocido varios casos de estos, y muy pocos acabaron en buen puerto. Quizás a estas alturas, empezaba a darle lo mismo y lo único en lo que podía pensar era en aquella chiquilla y su falda corta.

 

Nada más entrar en el apartamento notó que lo hacía de manera diferente; desprendía un halo menos cándido, como más segura. Al principio no se atrevió a proponerle el mismo método de estudio, pero fue ella misma quien se sentó sobre sus rodillas y pudo distinguir a través de la blusa sus rosados pezones, y que esta vez el calor que transmitía a su rodilla, era mucho más fuerte. Su polla luchaba ya por salir del pantalón, y es lo que hubiera hecho, pero prefirió posar la mano sobre el muslo de su alumna, tanto para contenerse como para mortificarse un poco más. Su mano poco a poco fue subiendo por el muslo, esperando cualquier reacción contraria por su parte, que acabaría rápidamente con el juego. Llegó hasta su coño, donde pensaba encontrarse con la tela húmeda de sus braguitas y recrearse con el tacto mientras intentaba declamar con gran esfuerzo; le faltó la respiración al notar que había accedido directamente a su clítoris, la pequeña guarrilla no llevaba bragas, y con la polla a punto de reventar, empezó a acariciarla lentamente, jugando con sus dedos resbaladizos entre tanta humedad, sabiendo lo que estaba haciendo, sentía su aliento pegado a su cuello y los pequeños jadeos que le indicaban que sin duda, la experiencia era un grado, pues nunca, y tenía constancia de ello, la había oido gemir asi en brazos de su novio. Sus caderas buscaban sus dedos, pero no le dejaban penetrarla, pensó que pese a sus horas en el parque, aún era virgen; fantaseó con el momento de follarla , aumentando su ritmo, hasta que notó como los pequeños espasmos del orgasmo atrapaban sus dedos y se empapaban con su primera corrida. Y él, sin ponerse una mano encima, la acompañó. Esperó su reacción sin mover un músculo, y el beso de despedida le animó a, una vez solo, sacarse la polla y volver a correrse esta vez, con los dedos que habían estado dentro de ella en su boca.

 

Al dia siguiente no se cortó y directamente le propuso repetir la clase, a lo que ella aceptó encantada. Durante su hora de estudio, le fue arrancando un orgasmo tras otro con el simple movimiento de sus dedos. Quiso sacarse la polla y que ella hiciera lo mismo, necesitaba sentir sus manos adolescentes apretándola, pero no quiso adelantar acontecimientos y dejarla disfrutar de su momento, además que le hubiera sido difícil desprenderse de los brazos que rodeaban su cuello sin desvanecerse del mismo placer.

 

Fue el domingo antes del examen, cuando, calculándolo por la hora y lo mojada que estaba, se presentó en su casa justo antes de su visita al puticlub habitual, casi sin mediar palabra, se bajó las bragas y agarrando su brazo, llevó la mano a su coño para que la acariciara. Y allí mismo, de pie frente a la puerta, se corrió sujeta a su brazo, se subió las bragas y se marchó. Aquella noche necesitó algo más de tres whiskys para calmarse.

 

 

 

 

—-

 

Fue un año más tarde, después de dejar el instituto, cuando volvieron a reencontrarse una noche en un bar. Ambos se saludaron muy cordialmente, quizás envalentonados por el alcohol que ya corría por sus venas en ese momento de la noche. Ella estaba de celebración con unos amigos del nuevo instituto, y él de tertulia con otros profesores. Se alegraron de verse, y se pusieron al día como viejos amigos. Después de intercambiar los teléfonos, cada uno volvió con su grupo.

 

Aquel encuentro le había traido viejos recuerdos. Pese a que su novio se había espabilado en esos últimos meses y ya no sólo conseguía arrancarle orgasmos con los dedos si no también con la boca, no pudo evitar recordar su primera petit morte en sus brazos. Excitada y algo borracha, pensó en proponerle repetir aquel momento. Le buscó por el bar, pero no lo encontró. Encegada por sus ganas y el alcohol, se despidió de sus amigos y fue en su busca, podría encontrarle en su casa y si no, esperarle en el portal. No estaba lejos del bar, así que se fue caminando y de paso aprovechaba para despejarse un poco. Le vio parado en el cajero de la esquina de su misma calle.

 

Hola- Le dijo nerviosa- ¿Que haces?

Sacar dinero- contestó él sin mirarla

¿Para?- insistió ella.

Irme de putas.

 

Aquella contestación la dejó completamente descolocada. Por un lado se sintió humillada, y por otra, tremendamente celosa.  El se volvió recogiendo el dinero del cajero, le dio un beso en la frente y siguió su camino.

 

¡Espera! – se descubrió gritando ella- quizás esta noche puedas follar gratis.

 

Su profesor se paró en seco. Despacio, se giró hacia ella y después de vacilar unos segundos, se acercó a su lado.

 

No voy a follar, quiero que me la chupen.

 

Sin pensarlo dos veces se arrodilló en el suelo, al tiempo que buscaba la bragueta de su profesor. Este ni siquiera movió un músculo al notar la mano de su ex alumna buscando su verga dentro de los calzoncillos, a la que hábilmente accedió enseguida. Y es que aquello sabía hacerlo muy bien. Desde hacía unos meses, cansados de las pajas del parque, su novio y ella comenzaron a practicarse sexo oral mutuamente. Desde entonces su relación había mejorado bastante, ya que él había preferido dejar sus quehaceres del sábado por la tarde por una buena mamada, por lo que los dos días del fin de semana practicaban sin parar. El, en su torpeza habitual rara vez conseguía que tuviera un orgasmo con el simple jugueteo de su lengua, pero había aprendido, no sólo a compensarlo con sus propios dedos mientras de la mamaba a él, si no que había conseguido a base de arcadas aprender a tragarse entera la polla de su novio, que solía eyacular feliz al fondo de su garganta. Había dos cosas que le encantaban de hacer mamadas : el sabor del semen y que le follaran la boca. Cuando su regla coincidía en fin de semana, para no dejar a su chico sin desfogarse, este la tumbaba sobre la cama con un par de almohadones bajo la cabeza y a horcajadas sobre su pecho, iniciaba un movimiento de mete-saca, acelerando lentamente el ritmo hasta que acababa agarrando su cabeza con fuerza a un ritmo salvaje y eyaculando en su boca. Esas dotes de garganta profunda también le habían servido para aprobar un par de asignaturas en su nuevo instituto.

La polla que tenía en este momento en la boca, en mitad de la acera aquella madrugada, era más gruesa que la de su novio pero un poco menos larga. No era la polla más vieja que se había comido, su profesor de matemáticas rondaba la jubilación y en cuanto a la asignatura, era un hueso dificil de roer. El otro hueso, se derretía con su lengua tres veces por semana durante la hora del recreo en el baño de profesores. Esta vez no necesitaba comerse una polla ni por compromiso ni por un aprobado, lo estaba haciendo verdaderamente por gusto. Se bajó las bragas hasta las rodillas y siguió trangándose la verga de su ex profesor con los dedos jugueteando en su coño hasta que este se corrió en su boca agarrándola del pelo.

 

¿Te ha gustado? – le preguntó después de enseñarle la corrida en su boca y tragársela como tantas veces había visto en las pornos

No ha estado mal, aunque normalmente me suelo tomar una cerveza mientras- sacó de su bolsillo los veinte euros que minutos antes había sacado del cajero, se los tiró y se fue.

 

Ella se quedó sentada en el suelo, con las bragas en las rodillas, entre humillada y super cachonda. No le había dado tiempo a correrse durante la mamada, y aquella reacción, tratándola como una puta, la enervaba. Pero a la vez le excitaba. Y mirando el billete, con su mano aún acariciando su clítoris, se corrió sentada en la acera.

 

 

Que vienes, a por viente más ? Le preguntó él nada más abrir la puerta de su casa y verla, un día después de lo acontecido.

 

Continuará…

 

Relato : La puta y el profesor (primera parte)

 

Aunque llevaba ya cinco años dedicándose a ser chica de acompañamiento, era la primera vez que le contrataban para ir a un sitio así. Había follado con heridos hipocondriacos en hospitales que la querían como última voluntad; en parkings, coches, bañeras, e incluso en el hall de una casa mientras su mujer tomaba un baño en el piso de arriba; había sido el entretenimiento de un parque de bomberos una noche aburrida, pero nunca la habían llamado de un asilo de ancianos.

Antes de aceptar el trabajo, se aseguró de que no fuera una broma de los celadores, aunque la voz de su interlocutor denotaba cierta edad; eso no era problema para ella,su mejor cliente era un hombre que la pagaba cifras de tres ceros por mamársela a su padre de 95 años. La primera vez que tuvo que meterse aquel pellejo viejo en la boca lo pasó fatal, pero el cheque del final le devolvieron la sonrisa; y seguía haciéndolo cada vez que él la llamaba. Le gustaba ser puta, disfrutaba siéndolo; había tenido la suerte de encontrar un buen cliente cuando apenas cobraba treinta euros por servicio en un polígono industrial de las afueras de la ciudad que la introdujo en el mundo del lujo, donde había sabido mantenerse sin olvidar nunca sus inicios. Le gustaba salir una noche y recibir un buen fajo de billetes solo por posar, pero también gozaba siendo follada por cincuenta euros en la sórdida habitación de un hotel.

Y en este caso no era un hotel, pero si una residencia. Había aceptado el trabajo para antes de ejercer de acompañante en una aburrida cena. No necesitaba el dinero del anciano para nada, aquella cena iba a proporcionarle un buen pellizco y además su acompañante estaba bastante follable, pero le gustaba intercalar sus servicios mas lujosos con los más sencillos, siempre sin olvidar sus raices. O por puro vicio. Le gustaba el sexo y el dinero, y aquella profesión era la mejor manera de combinarlos.

Se vistió con un traje de seda blanco y sandalias a juego; obvió la ropa interior, innecesaria, incómoda y poco elegante; su cliente de la residencia no eyacularía tanto como para que su semen resbalara por sus muslos, y su cliente especial agradecería el detalle de ir desnuda debajo de su vestido para él.

El taxi le dejó en la puerta de la residencia. En la recepción preguntó por su cliente, se asombró al descubrir que el celador no se sorprendía de su presencia ni indumentaria; o aquel era un asilo muy liberal, o su cliente realmente recibía unas visitas muy extrañas.
Llamó a su puerta. Una voz le invitó a pasar en una habitación en semipenumba, solo iluminada por la luz de las farolas que atravesaba la persiana. El hombre, sentado en un sillón de orejas, le pidió que se desnudara y tumbara en la cama. Sólo queria que se masturbara para él. Aquellos iban a ser los cincuenta pavos más fáciles que se había ganado. Tumbada, desnuda y abierta hacia su cliente, comenzó a fantasear, aprovecharía y se haría una paja de verdad, no fingiría su orgasmo como con muchos de los clientes cuyo único lubricante era el grosor de su cartera. Aquella noche no, disfrutaría por completo de su servicio.

Recordó su primera vez. Llevaba pocos meses en la ciudad, se le acababan los ahorros y no encontraba trabajo. Pero se negaba a volver a su casa con las orejas gachas. Dejó el piso en el que se encontraba y se alojó en una pensión con la idea de ahorrar el máximo posible. El dueño de la pensión, un hombre gordo y afable,enseguida se encaprichó de ella. Y aprovechó para tirar de sus encantos sexuales y conseguir habitación gratis a cambio de tres mamadas a la semana. De ahí cambió a tres polvos semanales por cama y comida diarias, y fue él mismo quien la recomendó a amigos y clientes del hostal, a cambio de un porcentaje, para que se ganara un dinero. Y ella disfrutaba cambiando mamadas y polvos por euros; le gustaba su trabajo y no lo cambiaría por nada del mundo.

Su familia, incluido su novio, no se imaginaban a que se dedicaba desde que dos años atrás, decidiera cambiar de aires con la excusa de estudiar una especialidad de su carrera, medicina. Hasta hacía dos años era una aburrida médica de familia de ambulatorio rural, cerca de su ciudad natal donde tanto sus padres como su novio, porque si, porque aún lo consideraba como tal, tenían planeada para ella una vida. Pero hacía dos años que se había dado cuenta de que ella no quería ese plan, cómodo y casi natural en los humanos, pero aquella visita inesperada en su consulta fue el detonante, nuevamente.

 

Otra vez,  porque aquel hombre ya había despertado su pequeño instinto de puta hacía años, casi una década. Ante ella, con un ligero constipado y diez años mayor, lo que le acercaría a la cincuentena, se encontraba su antiguo profesor de literatura del instituto. Ambos se alegraron de encontrarse después de tantos años, tanto que no pudo evitar que sus pezones se erectaran bajo su bata, detalle que no le pasó desapercibido al profesor, cuya mueca de satisfacción tampoco le resultó nada incómoda.

 

Aunque habían pasado muchos años, el reencuentro fue el de dos viejos amigos; él seguía dando clase en el mismo colegio, a ella no le hizo falta describir su situación; seguía soltero, difícil ya cazarle a estas alturas, ella confesó, no sin meditarlo antes, que el año siguiente se casaría con su novio del instituto, que él también conoció; ambos se quedaron en silencio. Los dos barruntaban una pregunta, que ninguno se atrevía a realizar. El, si su prometido lo sabía; ella, si estos años había continuado haciéndolo.

 

La poesía siempre le había parecido complicada, en especial la del siglo de Oro; ella siempre había sido una persona directa, sin doble cara, y le costaba comprender el arraigado uso de la metáfora y metonimias que se prodigaban en los versos de los autores que tocaban estudiar para aquella evaluación, y temía mucho suspender por su falta de imaginación o comprensión.

 

Consiguió, a fuerza de insistir y perseguir al profesor de la asignatura, al mismo que acababa de recetar un jarabe para la tos, que le reservara una hora a la semana para tener una tutoría o clase de refuerzo de su asignatura; después de varias súplicas, consiguió que su profesor le diera cita para el domingo por la tarde, durante una hora, en su casa, ya que las instalaciones del colegio se encontraban cerradas durante el fin de semana. Aunque la tarde del domingo era la única de la semana que tenía libre para pasarla con su novio, con el que apenas llevaba saliendo un mes, su obsesión por aprobar la asignatura con una nota que no rebajara su buena media, así que se organizaría para poder compatibilizar ambas actividades, el estudio y el amor.

 

Llegó puntual a las cinco de la tarde a casa de su profesor; era tal y como se la había imaginado, pequeña, desordenada y llena de  libros. Le chocó verle pro primera vez en pantalones , camiseta y zapatillas de andar por casa, acostumbrada a lo sobrio de sus trajes cuando iba al instituto; el aspecto de hombre serio que le creaba se volvía más juvenil, pese a rozar la cuarentena, sin camisa y corbata. Sacó su libro y cuaderno, dispuesta a iniciar la clase; él le ofreció un café, que ella rechazó, no le gustaba aún su sabor. Desde la cocina le pidió que le leyera alguno de los poemas que no entendía, mientras ponía la cafetera. No era buena declamando. El castellano antiguo tampoco era de gran ayuda para su comprensión, y se esforzaba por hacerlo bien mientras oía los suspiros de desesperación que provenían de la cocina.

 

Le arrancó el libro de las manos pidiéndole que por favor dejara de destrozar a un clásico. Mientras sujetaba la taza de café, leyó una de las Canciones de Góngora. Poema largo y enrevesado que aquel hombre en pantuflas intentaba hacerle entender, cuando ella ya hacía rato que había desconectado su cerebro y se fijaba en él : nunca antes lo había hecho más allá de los ojos de alumna, pero empezó a descubrir, no sin cierto remordimiento ya que era de la edad de su padre, que aquel hombre le resultaba atractivo. Para alguien que ni siquiera rondaba  la veintena sentirse atraída por alguien como su profesor podía haber sido considerado gerontofília en su círculo amistoso, pero allí en la intimidad de su apartamento y frente a él, aquel hombre alto, con algo de sobrepeso y unos bonitos ojos verdes escondidos tras las gafas, tenía su morbo. O quizás no, y la desidia y el aburrimiento, unido a la cercanía del fin de la cita, le hacía ver visiones. Aún con todo, tenía una voz bonita.

 

Terminada la clase y con unos cuantos deberes para el domingo siguiente, ajenos a los que le pudiera mandar durante la semana a toda la clase, se despidió y bajó rápidamente al portal, donde su novio la esperaba con el ansia habitual de la espera de una semana, pese a que por sus fuertes convicciones religiosas, optaba por llegar virgen al matrimonio, decisión que ella respetaba y que incluso le satisfacía pues no tenía la carga de otras adolescentes de su edad de tener que abrirse de piernas por la presión. Aunque de momento se limitaban a los besos y caricias por encima de la ropa, ambos sabían que su furor adolescente no les iba a dejar que aquello fuera una barrera a la hora de satisfacerse mutuamente. En la intimidad si, ambos habían experimentado con sus cuerpos, él más que ella por naturaleza; aunque había leído en las típicas revistas de adolescentes como hacerlo, estaba segura de que nunca había tenido un orgasmo masturbándose. Ella buscaba la misma sensación que le provocaban algunos de los sueños eróticos que tenía por la noche; y es que le gustaba esa sensación incontrolable que recorría su vejiga inconscientemente, sin ganas de hacer pis pero tan placentera como hacerlo después de aguantarse mucho tiempo; le encantaba cuando esa sensación, que apenas duraba unos segundos, le despertaba en mitad de la noche, sobresaltada por la placentera sensación, y deseando volver a dormirse para volver a disfrutarla. Pero eso sólo ocurría aleatoriamente, y ella necesitaba saber como conseguirla conscientemente y cuando deseara. Pero aún no lo había hecho, ni se acercaba, así que estaba dispuesta a dejar que su novio se lo proporcionara.

 

Pero no fueron sus manos las que le arrancaron su primer orgasmo. Después de un par de semanas de domingos por la tarde, cafés y poesías, ni profesor ni alumna notaban ningún avance. El se explayaba en recitar y explicar, mientras ella pensaba que su sola presencia iba a empaparla de literatura y fantaseaba con el final de la hora para practicar con su novio la búsqueda de sus orgasmos.

Esta vez, iban a cambiar el método de estudio. Como el profesor siempre la notaba distraida,se dispuso a hacer la clase más activa, sentándola en sus rodillas, como una niña sobre su abuelo esperando un cuento. Aquella proposición le pareció divertida e interesante, y acomodandose sobre él en el sofá, comenzaron la clase. Pero para ambos fue difícil concentrarse esta vez. Si antes le distraía el tono de su voz, ahora su cercanía, el olor, y su voz susurante en su  oído, empezaban a tener un efecto embriagador sobre ella; sentía un hormigueo constante en su estómago, y se le erizaba la piel cada vez que el aliento que exalaban sus palabras, chocaba contra su cuello. Sentía como su coño se iba humedeciendo inevitablemente en oleadas, y no fue capaz de disimular sus pezones erectos bajo la camiseta y pudo notar, como su profesor, sufría también una fuerte erección.  Ambos disimularon su excitación hasta el final de la clase. Se bajó de sus rodillas temblando, como si hubiera pasado la tarde en una montaña rusa. El profesor esta vez no la acompañó hasta la puerta para despedirse, ella sabía de sobra el porqué, pues había visto crecer su polla debajo del pantalón. Se despidió hasta la semana siguiente y por primera vez en agradecimiento, le dio un ligero beso en la mejilla. Aquella misma tarde, mientras su novio y ella se masturbaban mutuamente en un banco escondido del parque, fantaseó por primera vez con las manos de su profesor. No alcanzó el orgasmo antes de que su novio se derramara en sus manos, pero esta vez estuvo más cerca que nunca.

Durante la semana, apenas se dirigieron la palabra más allá de alguna respuesta en clase y saludos en el pasillo, aunque por primera vez ansiaba que llegara la  clase del domingo. Esa misma mañana, la del domingo, recibió una llamada del profesor disculpándose por tener que suspender la clase aquella tarde, pero facilitándole la recuperación de esa hora cualquier día entre semana. Con la voz temblorosa, a punto de llorar, aceptó medianamente retrasar su encuentro. También llamó a su novio y con la excusa de la regla y la cercanía de los exámenes, intentó cancelar su encuentro dominical, pero con las hormonas contenidas durante la semana, no le sirvió de nada la excusa, y pasó la tarde en casa de su chico, sin camiseta y pajeandole, mientras él tocaba el cielo con los dedos a través de sus pezones. Y ella, con su rítmico movimiento, ajena a las torpes caricias de su novio, no podía dejar de pensar en que al dia siguiente sin más tardanza, le exigiría la clase compensatoria.

 

El lunes por la tarde, después de clase, volvieron a encontrarse. Esta vez su profesor la recibió en mangas de camisa y con el pantalón de su traje habitual, aún no le había dado tiempo a cambiarse. A ella tampoco, se había presentado con el uniforme del colegio, pero prescindiendo de su ropa interior. Ahora sus pezones se transparentaban ligeramente bajo la blusa blanca, aunque se hicieron tremendamente notables en cuanto se sentó en el regazo de su profesor, provocándole un suspiro inmediato y una erección. Aunque ambos intentaban disimular hablando de literatura, su respiración agitada, la mano posada discretamente sobre el muslo de ella que le provocaban oleadas  de calor cada vez que la movía ligeramente, y su necesidad de acabar con ese calor abriéndose ligeramente la camisa para deleite del cuarentón, no les ayudaban a concentrarse. Sin dejar de hablar de Quevedo en este caso, él fue subiendo su mano hasta llegar a su coño, y se sorprendió gratamente de no encontrar ningún trozo de tela que le impidiera llegar a su clítoris. Notó como sus dedos se resbalaban ante su propia humedad, y como su caricia experta le provocaba oleadas intensas de placer, cohibida porque no se atrevía a mirarle a la cara, pero disfrutando del mejor momento de su vida. Sentía la erección de él golpeando su pierna, y se moría de ganas de tocarle, pero no se atrevía. Envuelta por la pasión de sus caricias, rítmicas y lentas, apoyó la cabeza sobre su hombro y le pasó el brazo alrededor del cuello; sujeta a él, comenzó un ligero movimiento de caderas, buscando de manera innata su placer frotándose contra aquella mano; jadeando contra su cuello, agarrada como un bebe mono sintiendo el vaivén de sus caderas y las caricias más aceleradas de su mano, tuvo el primer orgasmo consciente de su vida en sus brazos. Cuando se recuperó, muerta de la vergüenza, se levantó de un salto y pudo ver a su feliz amante sonriente y agitado, con dos manchas en el pantalón: una sobre el muslo donde  había estado sentada y otra más amplia y blanquecina, sobre su bragueta. Se despidió rápidamente y volvió a su casa corriendo, feliz, notando el aire que se colaba bajo su falda y enfriaba sus muslos al contacto con su propia humedad, arrepentida pero a la vez satisfecha por lo ocurrido. Después de la carrera, paró un momento en el portal de su casa para retomar el aliento y  componerse, volver a ponerse su ropa interior y saludar a sus padres como si nada hubiera ocurrido.

 

Al día siguiente no pudo evitar sonreír cuando al entrar en clase, notó que su profesor había cambiado su traje habitual por otro de diferente color; este detalle imperceptible a los ojos de cualquier otra alumna, le produjo tal excitación al recordar lo ocurrido el dia anterior que le fue imposible atender durante la clase, pese a sus ganas de aprobar, no fue capaz de concentrarse más que en recordar las caricias que aquellas manos que ahora mismo no dejaban de moverse durante una explicación, habían hecho maravillas bajo su falda.

 

Pero por otro lado se sentía mal por su novio, aquel chico tan maravilloso y cariñoso que la respetaba y quería con locura, pero que a su vez no había conseguido, pese a sus esfuerzos, proporcionarle el placer que su profesor había conseguido en media hora. Intentó no pensarlo, si tuviera que poner a ambos en una balanza se equilibrarían perfectamente: con su novio, aparte de la juventud, compartía diferentes aficiones y grupo de amigos, además de un fuerte sentimiento; con su profesor, además del morbo del hombre maduro y de su experiencia, le gustaba lo que le había hecho sentir; contando con que ese mismo año acabaría el instituto,  prefería tener un hombre al que amar y otro con el que hacer el amor y no perder a ninguno de los dos.  Estaba sumida en este pensamiento cuando la voz de su profesor le sacó de su mundo : la clase había finalizado, y le proponía repetir la clase de apoyo esa misma tarde visto que el examen sería la semana siguiente, según la fecha que acababa de dar durante la clase, y que ella, obviamente, ni siquiera había escuchado. Sus indiscretos pezones le dieron la respuesta antes de que ella pudiera contestar que sí, y se citaron para esa misma tarde a la hora de siempre.

 

Esa tarde llegó algo más tranquila, incluso ligeramente emputecida. Después de haberlo meditado durante todo el día, llegó a la conclusión de que no iba a desaprovechar el momento, no mientras ganara el placer. Esta vez, su profesor la esperaba en chandal, y ella sin cortarse, se quitó las bragas delante de él antes de sentarse sobre su rodilla, lo que le provocó una erección automática, donde ella pudo notar que esta vez tampoco él llevaba nada debajo del pantalón. Esta vez fue ella misma quien colocó la mano de su profesor entre sus piernas, directamente sobre su coño, rodeó su cuello con los brazos y escondiendo su cabeza entre ellos, con un pequeño gemido, pidió que la clase comenzara. Sus caricias no se hicieron esperar, al igual que su voz recitando el primer poema de la tarde, esta vez perteneciente al Romancero de Lope de Vega. Ella le oía, pero no le escuchaba, inmersa en en el placer que le proporcionaban sus caricias, ajena al resto; podía haberle recitado la alineación de los equipos de fútbol del fin de semana siguiente, que ella se hubiera deshecho de placer entre sus brazos igual. Ella misma, sin hablar, buscaba adelantando sus caderas el placer que le proporcionaban aquellos dedos, temerosos aún de penetrarla, que se entretenían frotando rítmicamente su clítoris; la experiencia es un grado, y la juventud otro, y esta combinación hizo que enseguida notara la cercanía del orgasmo, y volvió a explotar contra su mano con el dia anterior. Lejos de parar, el profesor disminuyó la presión de la caricia el tiempo suficiente para que se recuperara y volviera a la carga; a ella le sorprendió aquella reacción, pensando que después de su corrida, la clase volvería a lo que fue en un principio; pero aquel día descubrió, orgasmo tras orgasmo, el potencial que guardaba entre sus piernas y que tanto le había hecho disfrutar durante su hora de clase, donde al finalizar, dejó marcadas sus uñas en la espalda de su literario amante, que pese a la mancha que nuevamente dejaba ver su pantalón, no dejó de recitar ni un solo momento.

 

Cuando por fin dejó de temblar y pudo ponerse en pie, sintió un fuego entre sus piernas, su coño estaba hinchado e irritado de tanto frote, y pensó que ese era el precio, ligeramente molesto, que había que pagar por haberse corrido diez veces en una hora. Esta vez, se despidió con un beso en la mejilla y se fue paseando hacia su casa, aliviada nuevamente por el frescor que entraba por debajo de su falda. Durante el camino volvió a sopesar la situación: después de lo que había sentido hoy, sabía que iba a ser incapaz de esperar mínimo cinco o seis años para hacer el amor por primera vez; desde aquel momento consideraba que cualquier tipo de espera que le impidiera obtener este estado de placer natural era una gran pérdida de tiempo. Por otro lado, se sentía fatal por haber engañado de esa manera a su creyente novio, con el que se masturbaba una vez por semana sin gran éxito por su parte, que hasta hoy, le tenía frustrada y equivocada en cuanto a su percepción del sexo.  Después de lo recién descubierto quería experimentarlo todo, y a su lado sus alas no iban a poder desplegarse lo suficiente. Además, en pocos meses acabaría el instituto, y la relación con su profesor acabaría automáticamente; decidió, nuevamente y sin ninguna duda, compatibilizar ambas relaciones, pues aunque su profesor le daba un morbo y placer increíble, de quien estaba enamorada era de su virginal pareja, a la que además, se veía capaz de convencer sutilmente para que poco a poco, fueran más allá de las pajas del parque.

 

Llegó el examen, y por méritos propios o extras lo aprobó; por un lado se sintió plenamente satisfecha, pero por otro ya no tendría excusa para pasar las tardes en casa de su profesor, dos semanas de pajas le habían enganchado lo suficiente a él como para que no pudiera pasar un sólo día sin la necesidad de frotarse contra su mano. Incluso el domingo antes del examen, pese a que ese día lo tenían libre ambos y ella había pasado la tarde con su novio se acercó a su casa para que terminara lo que las inexpertas manos de su chico no habían conseguido. Esta vez no necesitó la parafernalia de las rodillas y el poema, nada más abrir la puerta capturó su mano para meterla en sus bragas y de pie, en el mismo recibidor, correrse bajo sus expertas caricias.

 

Continuará…

 

Relato : ¿Qué hago con el cadáver?

Aviso a navegantes : Relato sadiquillo, luego no se me asusten.

 

Querido amigo :
Te escribo desde mi silla, con los pies descansando sobre mi última víctima. Si, no me regañes, pero lo he vuelto a hacer. Era casi inevitable, tantos dias hablando del tema y con la luna llena encima…
La verdad es que esta vez lo necesitaba. Ya se que me paso mucho y que debería hacer un bien a la sociedad como Dexter, pero no tengo tanto tiempo como él para investigar, ni sus posibilidades. Que si, que ya se que no es excusa para ir raptando gente y torturándola, pero no vamos a ponernos a discutir por eso ahora.
En cualquier caso este tio se lo ha ganado por baboso. Vale que yo salia con la intención de cazar y me vestí de zorrón con el mayor de mis escotes para desconcertar a mi victima; no falla, en cuanto un buen par de tetas asoma el cerebro se vuelve líquido y puedo hacer con él lo que quiera.
Esta vez no me puse muy selectiva; hay veces que dentro del instinto, prefiero torturar jovencitos, o señores mayores, o tios grandes con los que hacerme una alfombra después o enanos a los que colgar del tendedero para que se les seque la sangre. Esta vez solo quería a alguien con los ojos azules para mi colección.
Como siempre, después de unas cuantas copas y tonteos, lo traje a mi apartamento. Entre copa y copa me dijo que le alucinaban mis botas, y yo le comenté que tenía muchos pares diferentes en casa y que le invitaba a verlos si quería, así que como un burro con la zanahoria delante y erección en mente, no pudo más que aceptar mi proposición. En el fondo me dio un poco de pena por ese halo de candidez que irradiaba desde sus azules ojos, creía que me había ligado él a mi, y porque no, le dejaría cumplir su última voluntad.
Nos tomamos otra copa más en casa antes de dejarle que se abalanzara sobre mi. No besaba mal, y la erección que ya notaba entre sus piernas prometía una buena noche de diversión… si no fueran otras mis intenciones. Me senté sobre el a horcajadas y le dejé que me desnudara; me pidió que me quedara con las botas y las medias puestas, así que cumplí su último deseo, que por supuesto, también era el mío. Mientras él me desnudaba, yo calibraba la fuerza que podría tener él en el momento en que el juego empezara a no gustarle.
Es muy fácil esposar a un hombre cuando está cachondo; enseguida piensa que eres una perrilla viciosa que le va a matar a polvos, cuando empiezan a sentir dolor es cuando ven que lo que realmente busco es dejarlos completamente indefensos. Y este picó también, como no, aunque reconozco que me serví de mis armas de mujer lamiendo su polla y mirándole con ojitos de niña buena mientras le decía que me ponía muy muy cachonda mamársela  a un tío atado de pies y manos.
Casi llegó más rápido que yo a la cama, y ni siquiera le llamó la atención que dos gruesa cadenas atadas al cabecero y los pies de la cama ya estuvieran preparadas. Yo ya empezaba a excitarme, esta vez de verdad. Le tumbé en la cama de un empujón, me senté sobre é y mientras jugueteaba con mis tetas y su boca, le até fuertemente de los brazos, y sentándome sobre su cara, de las piernas, momentos que aprovechó para lamer mi coño con voracidad, aún ajeno a lo que le iba a pasar. Me levanté, y de pie sobre el colchón y con su cuerpo entre mis piernas, le hice una foto para el recuerdo. Me encanta fotografiar mis obras de arte.
Sin cambiar de postura, le planté la suela de la bota en la cara. Le oí quejarse, y apreté un poco más. Me gustó la sensación de su cabeza hundiéndose en el colchón bajo la suela, e incluso sentí el crack que hacian los huesos de su nariz. Hizo un ligero movimiento intentando soltarse. Me reí, y le comenté que a veces es importante guardar un poco de sangre para el cerebro y no concentrarlo solo en la polla, pues te ves metido en este tipo de situaciones. Pisé con más fuerza su cara, estuve tentada a subirme completamente en ella, pero era demasiado pronto aún para acabar con él, me apetecía jugar un poco más e incluso follármelo, no estaba mal el chaval, y la necrofilia aún no es mi estilo, pero todo es probar.
Ya estaba bastante asustado, sus ojos azules habian pasado de la candidez al terror pasando por la salidez minutos antes de ser atado; Empezó a pedirme que le soltara o llamaría a la policia, asi que rápidamente para ahorrarme discusiones estúpidas, le puse una de mis correas de bola en la boca, bastante grande que apenas le cabia en la boca, y le vendé los ojos. Ya está, tú ya no juegas más. Me aburren las amenazas, y más de un tio que se de sobra que no va a salir vivo de aquí. Ahorrate las palabras porque lo único que haces es calentarme la cabeza y conseguirás que te mate sin disfrutarlo, ni tú ni yo. Como ya me ha pasado otras veces que al final en vez de morir asfixiado por mi coño como me gusta hacerlo, acaban con mi paciencia y les retuerzo el cuello como a un pollo, esta vez me ahorro hacer crujir las vértebras insonorizándole.
La pena es que ya se le ha bajado la erección al pobre. Se ha asustado demasiado. Me siento sobre su pelvis y le doy una bofetada. Uff como me gusta eso. Le pido amablemente que tenga una erección para mi ya mismo, que yo también quiero follar, pero el pobre está acojonado, asi que le doy otra bofetada más. Cuanto más le pego, más  desconcertado está, y yo más húmeda, tiene que estar notándolo sobre su polla a través de las medias. Otra bofetada, mientras le espeto que si ahora no se la pongo tan dura como antes. Le abofeteo, disfrutando de cada movimiento de liberación que intenta hacer entre mis piernas, hasta que sus mejillas son del mismo color que la bola que adorna su boca. Le tiene que arder la cara, pobrecillo. Para refrescarlo me siento sobre su cara y me froto con ella, entre la bola y su nariz consiguen darme placer, y sus gritos ahogados me llevan a mi primer orgasmo. Muy bien ojitos, gritas de miedo de dolor, aunque no sabia que te estuviera haciendo tanto. Ups, perdón, del frote le he partido la nariz y algunos dientes. Igual tampoco ha tenido una erección por esto. Le oigo llorar. No llores tonto, que te vas a ahogar. No llores, que eso me pone más cachonda aún, y eso que me acabo de correr, y va a ser peor para tí, porque me gusta como lo haces y quiero oirte más.
Con un gran esfuerzo por mi parte, quito el colchón de debajo de ti, dejando solo una tabla somier, pero con “ojitos” encima me cuesta un poco, asi que le disloqué el hombro sin querer y volvió a gritar. Lo solucioné dándole una fuerte patada con la bota en el mismo sitio, que no se si lo arregló, pero desde luego dejó de gritar. Vale, se quedó inconsciente del dolor. Tampoco soy médico, que esperabas. En lo que esperaba a que recobrara el sentido, me senté al borde de la cama a fumarme un porro. como tardaba demasiado en volver en si, empecé a quemarle con el petardo en las piernas, pero no reaccionaba. Me puse de pie sobre la cama y le patee en las costillas, con fuerza, hasta que el dolor volvió a despertarle. Mientras recobraba el aliento entre la sangre seca, la bola y las costillas hundidas en sus pulmones, me acabé el porro, lo tiré sobre su pecho y lo apagué con la bota, como se hace con cualquier colilla. Gritó otra vez, que tio más pesado. Como estaba claro que aquella noche no iba a conseguir una erección por parte del dueño, decidí provocársela yo misma. Un bálsamo a base de pimienta y mentol resucita a un muerto, y en tan solo dos minutos conseguí una tremenda y dolorosa erección por su parte. Pero ya se me habían quitado las ganas de follarle, aunque para que no la perdiera por si más tarde me volvía a apetecer, le até bien los huevos y la base con cinta aislante, que la convirtió en un bonito cetro morado a juego con mi pelo. Pero empezaba a hacerse tarde, y al dia siguiente tenía que madrugar. Como ya notaba que apenas podia respirar, le mee sobre la cara para limpiarle los restos de sangre y volver a sentarme sobre ella, follando no era gran cosa pero gritando no había quien lo superara. Me quité las medias y le limpié la cara con ellas; me senté sobre su cara y lentamente fui hundiéndola entre mis piernas; jadeaba, pero no lo suficiente para mi gusto, asi que empecé a romperle uno a uno los dedos de la mano para probar; y funcionó, gritaba como un desesperado entre mis piernas, mientras se ahogaba y su cuerpo se retorcia entre mis piernas; antes de acabar la primera mano tuve un orgasmo y reconozco que no me importó lo más mínimo que ya estuviera nuevamente inconsciente cuando tuve el segundo retorciéndole la mano hasta el punto de liberársela de la cadena que lo sujetaba. Cuando recuperé el aliento para ver como estaba, ya era demasiado tarde, su cara era un amasijo de carne y sangre con una bonita bola de adorno, y aunque lo patee unas cuantas veces, después me acerqué a su pecho y sentí la ausencia de latido.
Asi que, querido, ¿que hago con el cadáver ?

Relato : No te vayas

Él se lo había pedido un millón de veces, pero ella siempre se negaba. Él no acababa de entender ese pudor, después de más de diez años de relación, cuando ya la había visto desnuda y en todas las posiciones posibles, la había lamido y besado cada centímetro, follado en cada postura que podían imaginar. Sólo le pedía eso, en cada aniversario, cumpleaños, navidades, una y otra vez recibía un presente y no como respuesta. Llegó a obsesionarle, a poner una cámara escondida en la habitación para ver si al menos en la intimidad ella lo hacía; fue inútil. Y aquello más allá de frustrarle lo enloquecío más, se convirtió en una obsesión. Y reaccionó.

Hizo las maletas y se sentó a esperarla en el salón. Ella, puntual como cada noche, abrió la puerta del apartamento y se soprendió de la oscuridad y el silencio reinante. Al llegar al salón se sobresaltó al ver la silueta sobre el sofá. Encendió la luz, y le espetó que la había asustado.

“Hazlo”.

El tono serio y seco de su voz, que pocas veces había oido así, le indicó que aquella vez no era una broma.

“Hazlo o te dejo”.

Aquello lo confirmó. No sabía porque, pero esta vez tenía la completa sensación que era el final, que su ultimatum era real. Esta vez no se conformaría con que se la mamara y dejara que se corriera en su boca mientras lo veía en el televisor o internet; no olía a alcohol, su gran aliado las otras veces cuando después de su negativa se conformaba con que se la chupara lo le dejara hacerle el amor; el brillo de sus ojos en la penumbra no llevaba a confusión : o lo hacia o esta vez le perdería.

Se desnudó despacio, temblorosa, frente a él, sin dejar de observar sus movimientos, inexistentes, tan sólo su respiración indicaba su presencia aún en la habitación. Sintió el frio en sus pezones al quedarse sin ropa, y por unos momentos se quedó desnuda, de pie.

“Sigue”.

Se arrodilló, frente a él, su cerebro la impulsó a acercarse a su bragueta y acabar con esto, pero su cuerpo reaccionó a favor de lo que llevaba en contra tanto tiempo; se giró sobre sus rodillas, dándole la espalda, y apoyando las manos en el suelo, se colocó a cuatro patas frente a él, que no pudo evitar soltar un sonoro suspiro. Estaba más cerca de ver su sueño cumplido.

“Empieza”.

Ella, temblorosa, humillada y avergonzada, llevo su mano derecha entre sus piernas, se sorprendió de la lubricidad de su coño, su cuerpo estaba más excitado por aquella situación que su propia mente, sus dedos resbalaron entre sus labios hasta encontrar una abundante humedad que por inercia empezó a extenderse por el coño como tantas otras veces cuando se habia masturbado, sin ese espectador que la cohibía, aquel hombre que la estaba obligando a hacerlo después de tantos años de súplica por verla, porque si no, él se iría.

Sentía sus ojos clavados en su entrepierna, mirando cada movimiento de sus dedos, y ella empezaba a disfrutar de su exhibicionismo; oyó la cremallera de su bragueta bajándose, la excitó el sonido hasta el punto de meterse los dedos en el coño, frente a él, como tantas veces le había rogado; y lo estaba disfrutando, tanto como él, aquen no lo veía, oía sus gemidos y el sonido de su polla resbaladiza entre sus manos; lo imaginó allí sentado, machacándosela por ella, porque le excitaba verla así; por fin habia entendido su petición, y empezaba a disfrutarla. Ya nunca más le negaría verla asi, abierta y exhibiéndose, disfrutando más allá de los límites automipuestos.

Sintió como se acercaba a ella, sin tocarla, y su respiración acelerada que tantas veces habia oido le indicaron que se iba a correr; sintió como su semen resbalaba desde su culo por su coño convitiéndose en el mejor de los lubricantes, se frotó el clitoris con fuerza y con un gran suspiro se corrió alli, tirada en el salón a cuatro patas notando como le resbalaba el semen de su novio entre los muslos.

Oyó como se cerraba la puerta.

Se había ido.

 

Relato : Felizmente casada

Casada hacía cinco años, quizás demasiado joven, a estas alturas de su relación quería probar nuevas sensaciones antes de que su marido la preñara y tuviera que dedicarse a cuidar a su prole. Aunque no había conocido otro varón, no deseaba serle infiel con otro hombre; quería ir más allá y probar aquellas cosas que siempre habían estado rondando su mente y por vergüenza o pudor, nunca se había atrevido a pedir. Su marido, un hombre culto y religioso, jamás la ataría a la cama y la llamaría zorra,  ni la follaría por el culo tirándole del pelo; aunque le gustaba que la obligara a consumar a diario entre las diez y media y las once de la noche, jamás habían follado en otra postura que no fuera la del misionero, a no ser que gracias a alguna copa de vino extra llevara a un ligero cambio de postura. Le gustaba cuando después de que él se corriera, tuviera que levantarse a prepararle su tradicional vaso de leche caliente, mientras sentía la suya resbalando entre sus muslos. Muchos días aprovechaba el minuto y medio que le proporcionaba el microondas para masturbarse en la cocina, de pie, asida a la encimera y mordiéndose los nudillos para que él no la oyera suspirar. Dos noches en semana, aleatoriamente para que nunca llegara a sospechar nada, agregaba unas gotitas de valeriana al vaso de leche de su marido. Esto le hacía dormir tan profundamente que ella aprovechaba para deslizar el pantalón del pijama de su marido y mamarle la polla despacio hasta que se corría en su boca. Le encantaba metérsela en la boca, aún dormida, y saborearla poco a poco sintiendo como reaccionaba a su lengua, engullirla hasta el fondo de su garganta evitando la arcada, con la práctica había conseguido que la polla entera de su marido entrara en su boca y llegara hasta la campanilla. Cuando sentía el sabor salado en su lengua, aceleraba sus caricias, siempre con cuidado de no hacer ningún movimiento brusco que le despertara, hasta que lo sentia derramarse en su boca, momento en el que ella llevaba su mano a su coño empapado, deseando correrse. Aún sin tragar el esperma, se dirigía al baño y sobre los calzoncillos sucios de su marido, y a cuatro patas en el suelo como una vulgar perra, lo lamía acariciándose con fuerza el clítoris, arrancándose orgasmo tras orgasmo.

Su marido jamás permitiría consciente que ella le comiera la polla. Aunque sabia de sobra que de vez en cuando acudía a los servicios de una profesional para tales menesteres, sentía un respeto desesperante hacia ella.

Y ella deseaba que cuando su Marido y Amo llegara a casa, tuviera que estar esperándole de rodillas tras la puerta, desnuda, tan solo adornada por un collar de perra; que le tirara del pelo y le escupiera en la cara como saludo, en vez del tradicional y frio roce de labios; desnudarle y lamerle los pies sudorosos y cansados, prepararle el baño y suplicarle que sustituya la toalla por su lengua a la hora de secarse; que la obligara a lamerle el culo mientras se masturbaba, y después recoger su corrida con la lengua del suelo; soñaba con cenar a sus pies en el suelo, como una perra, y que la azotara fuertemente sobre sus rodillas cuando algo no le pareciera correcto; quería que la sacara a pasear desnuda con una correa, que la obligara a ir a misa los domingos con un consolador en el culo y pinzas en los pezones; deseaba que como premio a su buen comportamiento, le rociara con su orin y la dejara durmiendo en la bañera, desnuda, satisfecha de su condición, en vez de en aquella cama.

Pero no se atrevía a decírselo.

 

Relato : Imaginar lo que piensas

 

Me gusta imaginar que de un encuentro a otro pasas el tiempo pensando en mi. Me gusta pensar que en cierta manera, te alegro el día, y que has hecho de estos momentos, algo especial en tu vida.

 

Me gusta imaginar que aunque sigas con tu vida, estoy presente en ella. Que hablas conmigo aunque no me veas, y que de vez en cuando sonríes porque te acuerdas de algo que te he dicho.

 

Me gusta hacerlo cuando ya tengo la certeza de que estás en casa, con tu mujer e hijos, o sin ellos, pero lejos de mí. Me enloquece imaginar esos momentos en los que, por la hora, sabes de sobra que ya tienes noticias mías, y te mueres de ganas de hacer una visita fugaz al ordenador, pero tu discreción y posibles consecuencias si te pillan, te mantiene tamborileando tus dedos en  el brazo del sofá, presente de manera física, lejos y conmigo mentalmente.

 

Me gusta pensar que el resto del día tratas de disimular tus ansias de quedarte por fin a solas, con la excusa, antes real, de quedarte trabajando hasta tarde.

 

Y me gusta imaginarte cuando, por fin, llega ese momento en el que estamos tú y yo solos. Me gusta recrearte en mi imaginación en pantalón del pijama, con el torso desnudo y las zapatillas que tus hijos te regalaron este año para el dia del Padre. Me gusta pensar en como tu subconsciente te hace descalzarte, tanto por comodidad como para alejar cualquier contacto con la realidad.

 

Me gusta imaginarte abriendo el correo, observando la barra de descarga impaciente, hasta que el sonido de que ya ha finalizado, te hace sonreír relajado. Puntual a mi cita, ahí estoy, en tu correo.

 

Realmente me gusta pensar que cada frase, cada palabra y pausa especialmente escogida, hace que te vayas reclinando lentamente en la silla, y poco a poco, tu mano se vaya deslizando dentro de tu pantalón. Me gusta imaginarme que saboreas mis palabras hasta el punto de que te pongo tan cachondo, que me  gusta pensar que inevitablemente acabas masturbándote frente al ordenador y mis palabras. Me gusta incluso imaginar, que el día que por ley matrimonial haces uso de tu derecho de pernada, sueles cambiar nuestra ceremonia diaria y leerme antes de meterme con vosotros en la cama, retumbando con mis palabras en tu cabeza.

 

También me halaga pensar que podrías hacerlo en la oficina. Me gusta imaginarte desaflojándote la corbata y el cinturón, en tu despacho, media hora antes de una reunión. Me gusta pensar que por un momento decides no hacerlo y concentrarte en el trabajo, pero me gusta saber que no podrás. Me gusta imaginarte pasando la mano por encima de tu pantalón de tela, con cuidado de no excitarte demasiado aún, releyendo antiguos correos, hasta que pierdes la batalla y tienes que ir al baño a acabar lo empezado, con cierta culpabilidad minimizada por el deseo de correrte. Me gusta imaginarte apoyado en la pared del cubículo con una mano y la otra meneándote la polla, echándome la culpa por sentirte culpable mientras te corres inevitablemente, pensando en mi.

 

Me gusta pensar que a la vez que te guardas la polla, me maldices y rompes conmigo mentalmente. Nunca más volverás a hacerlo, esto no puede seguir así. Te imagino firme en tu decisión durante todo el día, autoconvencido y firme en tu decisión. Me gusta imaginarme cuando, al llegar la noche, el sonido del correo enerva tu polla hasta el punto que asumes, que jamás podrás apartarme de tu imaginación.

 

Relato : Hazme un favor

Después de más de seis años viviendo juntas, llegaba la hora de separarse. Natalia por fin hacia su sueño realidad, se casaba con un simpático holandés que había conocido dos años antes y se irían a vivir a su pais. estaba emocionada por el cambio y todo lo que se avecinaba, pero a la vez le entristecia separarse de Eva, su amiga y confidente durante todos estos años. Por su parte, Eva, estudiante de cine y soltera, se rompía por dentro cada vez que la miraba y descubría que iba a ser la última vez en mucho tiempo, quizás para siempre. Su querida amiga iba a cumplir su sueño, casarse con un extranjero y largarse de allí, y el de ella, que era tenerla, veía como se le escapaba de las manos sin poder hacer nada. Llevaba seis años enamorada en secreto de Natalia, de la que al principio era compañera de piso por su cercania a la facultad, y que lego se fue convirtiendo poco a poco en su obsesión. Y allí estaba, a punto de irse, dispuesta a marcharse, feliz y ajena a su sufrimiento.

Mientras ella hablaba de su nueva casa, Eva pensaba en todas las cosas que iba a echar de menos cuando no estuviera: adoraba cuando le tocaba hacer la colada compartida y podía tocar y oler su ropa interior; si ella no estaba en casa, se ponía uno de sus tangas usados y se masturbaba con él puesto; le gustaba lamer sus bragas después de haber ido al gimnasio, reconocería su olor y su sabor en cualquier parte. Echaría de menos el oirla masturbarse por las noches con el vibrador que ella misma le regaló, soñando que alguna vez lo utilizaran juntas; y en el fondo, también echaría en falta el oirla gemir a través de la pared cuando traía alguna de sus conquistas a casa, aunque la rabia y la envidia a veces la hicieran llorar. Echaria de menos sus borracheras juntas, en las que tantas veces pensó en dar un primer paso; asi también, los abrazos de consuelo rozando sus pechos cuando alguno de sus novios la dejaba; iba a echar de menos tantas cosas, que no podía dejar que todas se escaparan.

En apenas tres horas, Natalia empezaría su nueva vida, y Eva, se quedaría estancada en la suya. Bebieron para celebrarlo, un chupito, dos, diez, recordando todos los momentos vividos, riendo sin parar, aunque con alguna lágrima de por medio. Disfrutaron, mucho.

-Quiero quedarme un recuerdo tuyo, Natalia.

Cogió la cámara de video, esa que tanta veces habia usado para grabar tanto los proyectos de la universidad como algunas escapadas de fin de semana; pero por primera vez, la iba a usar para rodar las imágenes que nunca quisiera que se borraran de su mente.

Envalentonada por el alcohol, empezó a hablar:

-Natalia, estoy enamorada de tí. Tranquila, no voy a montar ningún numerito ni me voy a abalanzar a besarte aunque me muera de ganas de hacerlo. En todos estos años hemos compartido un millón de cosas, desde un helado hasta una ducha, y siempre nos ha ido bien, y quiero que así siga, aunque sea en el recuerdo de ambas. Te he visto recién levantada, de resaca, de fiesta, borracha, llorando, depilándote, desnuda, e incluso follando con tu novio en este mismo sofá un dia que pensabais que os encontrabais solos en casa; sólo me queda pedirte una cosa antes de que te vayas, lo único que no te he visto hacer : mastúrbate para mi, pensando en mi. Déjame disfrutar de la visión de tu cuerpo desnudo, abierta, húmeda; déjame quedarme con el recuerdo de que tú último orgasmo en esta casa fue sólo para mí; quiero oirte susurrar mi nombre mientras te acaricias y gritarlo cuando te corras.

Hazme ese favor.

 

Relato : Atrapagatas

“No se como acabé follándome a aquellos tres hombres. Lo que iba a ser una reunión de negocios, acabó como una bacanal”.

Mi jefe me había impuesto aquella reunión con los tres delegados de provincias; molesta, me quejé por tener que desplazarme para soportar un día entero a tres paletos que no harían más que jactarse de su nivel de ventas para impresionarme. Iba en representación de mi jefe así que en cualquier caso, ellos debían hacerme la pelota, situación en la que no me encontraba a menudo y soy yo quien debo complacer al cliente, reconociendo incluso métodos poco ortodoxos para cerrar el negocio. La reunión se centraría en ese tema, nuevas técnicas agresivas de venta, aunque dudaba mucho que el desvelar mi arma principal fuer a ayudar en este caso.

La reunión era en la misma cafetería del hotel donde me alojaba. Con un poco de suerte y si aquello acababa rápido, podría visitar la ciudad hasta marcharme al dia siguiente.
Atravesé la puerta de cristal de la cafeteria, y noté como tres pares de ojos se fijaban en ella; los miró, tres hombres de traje y corbata con los portafolios encima de la mesa, sin duda eran sus hombres. Mientras se acercaba a su mesa sonriente, hice un repaso de los tres tipos; no estaban mal, tres veteranos entrados en canas de buena presencia, de traje y modales impecables que convirtieron aquel encuentro en algo más agradable de lo que yo esperaba. Contra todo pronóstico, yo misma les sugerí al mediodía, una vez acabada la reunión, que comieramos todos juntos y si tenían tiempo libre, me hicieran de guía por la ciudad. El trio de vendedores aceptó encantado, y aquello se convirtió en una reunión de amigos.

El sitio elegido para comer fue una pequeña tasca famosa por sus tapas y su vino, del que dimos cuenta a dos botellas. El alcohol hizo que la conversación se fuera distendiendo, y que el trío de ases comenzara a afilar las uñas para llevarse al huerto a la rubia, situación con la que me encontraba encantada, sintiendo la atención desmedida de aquellos tres hombres. Después de la comida y los cafés, cuando las mejillas comienzan a sonrojarse y las corbatas se aflojan, le pidieron al dueño una botella de “atrapagatas”, un licor de la zona que me dijeron que no podía irme sin probarlo, a base de miel y canela que entraba muy bien.

Y tan bien. Enseguida noté como se me subía a la cabeza y se distribuía por todo el cuerpo, haciendo especial hincapié en las zonas con mayores terminaciones nerviosas: mis pezones se endurecieron como si los hubieran lamido mil lenguas, y mi clítoris hinchado y palpitante buscaba guerra. Ellos se rieron en cuanto notaron como mis pezones atravesaban la camisa, el atrapagatas empezaba a surtir efecto.

Intentando recomponerme, pero con los ojos inyectados en sangre por el deseo, les pedí que me acompañaran a mi habitación del hotel para mostrarles unos informes, aunque los alli reunidos, todos, ya sabían lo que significaban mis palabras, incluida yo. Me moría por follar con aquellos tres tipos de su empresa.

Les iba a explicar su infalible método de venta que la habían hecho la mejor coercial de toda la empresa. Me desnudé por completo, como tantas otras veces había hecho en tantas salas de reuniones, me tumbé sobre la mesa con las piernas abiertas hacia ellos y les pedí que me follaran los tres a la vez. Normalmente mis artes de convencimiento se basaban en desabrocharme un par de botones de la camisa, acercarme lentamente a mi interlocutor y comerme su polla. Me encanta tragar pollas, literalmente, me gusta hacerlas llegar hasta el fondo de mi garganta y que me eyaculen en lo más profundo. Da igual el tamaño, grandes, pequeñas, gruesas, delgadas, todas las pollas tienen cabida completa en el interior de mi boca. Me gusta sorprender a mis clientes con este pequeño extra, me hace sentir bien, me gusta pensar en el dinero que me va a reportar esa mamada, e incluso, si la operación es de las buenas, me gusta agradecerle a mi cliente el gesto comiéndole nuevamente la polla bajo su mesa mientras firma las páginas del contrato. Me excita oir el sonido de la pluma firmando con fuerza en el papel con su polla atragantándome, me hace sentir más poderosa, aunque en ese momento no necesitaba poder, si no sexo. Por eso no sólo me tragué sus vergas hasta las pelotas dejando que se corrieran en lo más profundo de mi garganta, si no que también dejé que me follaran por todos mis agujeros, mientras se reían de los efectos del “atrapagatas”, llamado así porque  un sólo chupito saca a la gata en celo que todas llevamos dentro.

Una semana más tarde mi jefe me felicitó por las consecuencias de mi reunión: las ventas en esa zona habían aumentado al doble.

 

Relato : Su coche nuevo

Tan sólo hacía un mes que había estrenado el coche, un regalo de papi por haber aprobado la carrera. Estaba muy contenta, se acabaron los interminables pasillos del metro, las carreras y los apretujones en el vagón. Los fines de semana solía coger el de su padre, sobre todo cuando salía de caza con ganas de follar, el lugar lo tenía asegurado. Si el asiento trasero de aquel coche hablara, su padre la desheredaba.
Ahora disponía ya de su propio picadero, y bastante grande, pues su viejo era de fuertes tradiciones militares y si hubiera podido comprarle un tanque para su seguridad, lo hubiera hecho.

Pero lo que más le gustaba de su nuevo coche, sin duda, era la palanca de la caja de cambios. gruesa y corta, acababa en un enorme pomo que desde el primer momento se le asemejó a una polla. El frio tacto y la suavidad de aquel acabado le excitaba de tal manera que en los semáforos se sorprendía acariciándolo como si de un glande se tratase. Poco a poco aquel objeto empezó a convertirse en una pequeña obsesión, por las noches se masturbaba como una fiera imaginándose como sería meterse aquella enorme bola por el coño; se obsesionó tanto que pensó en ir a un desguace a conseguir la misma pieza y convertirla en su consolador, pero desechó la idea por vergüenza, aunque se corrió imaginando que un sucio mecánico la follaba con la palanca.

El sábado por la mañana decidió hacer realidad su perversión; condujo hacia las afueras de la ciudad, al campo, donde poder llevar a cabo sin molestias y mirones su fantasía; aparcó entre unos árboles, tiró del freno de mano y colocó el punto muerto. Reclinó su asiento hacia atrás, se subió la falda y comenzó a acariciarse, descubriendo lo mojada que estaba ya sin necesidad de lubricante. Reclinó también por completo el asiento del copiloto, lo que dejaba el objeto de sus deseos solo en el centro, erecto, dispuesto a proporcionarle placer. Lamió la bola como si de un glande se tratara, frío en contraste a una polla real pero suave y agradable, lo mamó pellizcándose los pezones, imaginando que pertenecía a un hombre real. Colocó cada rodilla en un asiento, se abrió los labios y observó como la bola iba desapareciendo en su coño, sintiendo su fuerza, su grosor la dilató al máximo, para luego tragársela entera; lágrimas de felicidad y placer brotaron de sus ojos a la vez que se corría por primera vez; agarrada al salpicadero fue penetrándose más allá de la bola, sintiéndose muy cerda y depravada, asustada por una parte por estar disfrutando follándose su coche, pero a la vez excitada y disfrutando del momento; cuanto más entraba la bola en ella, su imaginación iba llevándola a nuevos sitios de disfrute morboso, el parking de su casa,el de un centro comercial, se imaginó a varios hombres  pegados a los cristales viéndola disfrutar con la palanca en el coño mientras se masturbaban; cabalgaba tan fuerte que sintió el frio del freno de mano en su culo; fuera de si abrió sus nalgas para sentir aquella sensación en el ojete y su culito tragón engulló parte del freno; empalada por sus dos agujeros, se corrió varias veces hasta que el placer se convirtió en dolor. Se desempaló y lamió ambas fuentes de placer, sintiendo el sabor de su sexo sobre los objetos, corriéndose nuevamente mientras lo hacía, esta vez ayudada por sus dedos.
Se recompuso como pudo y volvió a la ciudad. le ardían el coño y el culo, pero era feliz. Le encantaba su nuevo coche.

Relato : Locura

Si se paraba a pensar en los recuerdos de su infancia, ya se le veía cierta atracción hacia su fetiche obsesión desde que era una niña. Como única fémina en una familia de seis vástagos, ella era el objeto de todas bromas y torturas. Aún recordaba la primera vez que a uno de sus hermanos se le ocurrió inmovilizarla atándola con las cuerdas de las cortinas para hacerle cosquillas. Aún podía sentir la excitación de aquella primera vez que la ató, de como sus manos quedaron inmóviles a su espalda y no pudo soltarse, de como cada movimiento de rabia hacía que la borla decorativa de la cita rozara entre sus muslos suavemente, intentando deshacerse a la vez de las manos de su hermano que le pellizcaban por todos lados, hasta que al oír las risas se les empezaron a unir el resto de hermanos, que le hacían cosquillas, azotaban y se reían sin que ella pudiera hacer más que dejarse. Y aquella tarde, que acabo con un castigo para los seis por romper las cortinas con sus juegos, se convirtió en la primera de su bizarro despertar sexual.

Gracias a ser la niña mimada, no tenia que compartir habitación con ninguno de sus hermanos, que dormían de tres en tres. Descubrió así, en la soledad de su dormitorio, como su coño latía de placer cada vez que recordaba el momento vivido y así fue como descubrió que sus dedos podían calmar ese deseo que sentía. Cada noche deslizaba una cuerda por su muñeca, sintiendo el roce que tanto la excitaba y tiraba de ella con la boca mientras se masturbaba soñando con ser atada. Ser inmovilizada por otra persona se volvió una obsesión. Buscaba provocar a sus hermanos como antes, pero ya todos habían crecido demasiado y no se prestaban a sus provocaciones. Entonces ideó un plan: durante tres días seguidos, un tremendo estruendo despertó a toda la casa en mitad de la noche; unas tremendas pesadillas le hacían caer de la cama, por lo que sugirió a sus padres que cada noche le ataran una cuerda de la muñeca al cabecero para evitarle rodar hasta que su cuerpo se acostumbrara. Aquella inocente petición, se convirtió en su primer paso hacia el delirio del placer por el que se había dejado arrastrar hasta el día de hoy: ella esperaba ya en la cama, con el camisón puesto y las bragas bajadas hasta las rodillas, arropada para que nada se descubriera, a que cualquier miembro de su familia, padre, madre o hermano, la atara fuertemente la cuerda a la muñeca; en ese mismo instante, su cuerpo se inundaba de placer, y justo cuando apagaban la luz,su mano libre se deslizaba hasta su coño para darse placer.

Fue creciendo, y mientras sus amigas soñaban con perder la virginidad con el chico perfecto en una romántica velada, ella lo hacía con ser atada y sentir ese dolor de la primera penetración sin poder hacer nada por liberarse. Como aquella petición no la hubiera entendido ningún chico de su edad, buscó fuera de su entorno a ese hombre que lo hiciera. Mintió sobre su edad y su experiencia. A cambio consiguió que un camionero veinte años mayor que ella disfrutara de su cuerpo inmovilizado y extasiado en la cama de un sórdido hotel de carretera. Incluso lloró de placer cuando aquel hombre le retorció las muñecas atadas al darle la vuelta para acabar en su culo. Y se enamoró de él. Se fue de casa para vivir la aventura, pero al poco tiempo descubrió que aquello no era lo que buscaba. Pero no volvió, y buscó y rebuscó en cada bar de carretera al hombre que consiguiera volver a excitarla. Pero nunca halló el caballero que se quitara el cinto para atar sus muñecas mientras ella le mamaba la polla con fervor.
Aquel turbio ambiente le llevó a las drogas, y de ahí a delinquir; por segunda vez, volvió a llorar de la excitación cuando aquel policía le esposó las manos a la espalda después de robar por primera vez en una gasolinera; en el coche patrulla camino de la comisaría, no perdió la oportunidad de masturbarse esposada a la espalda metiéndose dos dedos en el culo.  Le gustó tanto que volvió a robar un par de veces más, las justas para no acabar en la cárcel.
Su deseo iba cada vez en aumento, cada nueva experiencia le incitaba a hacer nuevas locuras que acabarían con sus huesos en un manicomio. El sitio perfecto. Después de hacerse unos cuantos cortes ficticios, se inventó un papel en el que su mayor deseo era provocarse dolor; el psiquiatra automáticamente ordenó su ingreso, donde cada noche después de terapia es encerrada en una habitación con una cama, a la que sujetan fuertemente con correas a los tobillos y muñecas; cuando el celador cierra la puerta, ella grita durante varias horas en su insonorizada habitación, uno piensan que de rabia, ella, tú y yo sabemos porqué.

Página siguiente »


NO RECOMENDADO A MENORES

Más de lo mio

Escribeme a :

chatarreranordica@gmail.com

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.