Estos dias de recogimiento y paz interior (¿ein?), digo, de lluvia imparable jode procesiones (ja,ja, eso os pasa por prohibir la procesión atea) me he acordado de la época de mi vida en la que no paraba de ir a misa. No es que fuera una devota de cojones, si no que no me quedaba otro remedio porque como muchos ya sabéis, estudiaba en un colegio de monjas, y claro, la religión puntuaba demasiado en la media. Asi que a parte de tener que oir misa una vez al mes por cojones en la capilla del colegio, los domingos no me quedaba otra que asistir también porque los lunes nos preguntaban en clase lo dicho en el evangelio del dia anterior. Que ahora que lo pienso, claro, con la edad y más maldad, podía haber hecho lo mismo que solíamos hacer, preguntar a la otra clase las preguntas que habían caído en el examen, y decirle a mi abuela que se apuntara las coordenadas bíblicas que da el cura antes de leerlo y leermelo más tarde. Coño, se me podía haber ocurrido antes.
El caso es que en mi barrio de toda la vida había dos iglesias principales: la primera, iglesia normal y corriente de barrio donde las beatas y beatos de cincuenta para arriba se reunían los domingos, y la otra, anexionada a un colegio de curas (sólo estudiaban chicos al igual que en el mio sólo éramos chicas) cuya misa era más entretenida porque tenía coro, un cura bastante ameno para lo que suele haber por ahí, y lo más importante: chicos de todas las edades que tenían la misma obligación que nosotras de asistir. Así que estaba claro a cual de las dos iglesias íbamos.
Vista la afluencia de juventud, a los curitas marchosos se les ocurrió crear un grupo mixto que se reunia los domingos antes de misa, al que llamaron “preadolescentes” pese a que todos teníamos ya pelillos, donde nos hablaban supongo que de castidad , religión , dios y esas cosas para prepararnos para la confirmación (si, también me tocó confirmarme, menos casarme por la iglesia me ha tocado pasar por todos los sacramentos, joer si me ha costado acordarme de la palabreja), pero que realmente para nosotros era un hervidero de carne de ambos sexos, cosa de la que andábamos bastante escasos.
Y es que el problema principal residía en lo bocazas que sois los tios de adolescentes, principalmente. Aunque entre un colegio y el otro apenas habia tres calles de separación, intentábamos no cruzarnos los unos con los otros. Y es que el enrollarse con alguno de los chicos de ese colegio significaba llevar colgado el cartel de putón durante el resto de tu vida. Si lo hacíamos en Jácara no, lo que allí sucedia, dentro de las puertas de la discoteca se quedaba, era zona neutral, pero cualquier paso en falso dado fuera de ella, te marcaba para los restos, por un lado por todo lo que se había inventado el tio que había tocado o metido (siendo el 99% de las veces mentira, que aún éramos jovencitas…de hace veinte años) más la envidia cochina de tus compañeras que ayudaban a que tu fama de puta traspasara fronteras. Total, que era mejor aguantarse las ganas antes de criar fama en el barrio.
Pero en preadolescentes había una especie de bula, en la que con dios como nexo de unión, podíamos tirarnos los tejos y frotarnos como si aquello fuera Jácara, pero con más luz. Como nos dejaban mezclarnos ambos sexos con la excusa de socializar, el coro y demás polladas, no sólo nos llevaban de excursión, si no que también nos preparaban fiestas (con sus carabinas pertinentes, por supuesto) y al salir de misa no resultaba ni extraño ni sospechoso que nos quedáramos hablando o decidiéramos quedar para tomar algo. Y si encima la iglesia quedaba cerca de un descampado dónde había un banco, sólo uno, pero que fue el banco más respetado del mobiliario urbano de Madrid, ya la teníamos liada. Durante la hora que teníamos de reunión curas-adolescentes salidos aprovechábamos para echarle el ojo a nuestra presa (tanto los unos como las otras) para luego acabar de emparejarnos mientras cantábamos en el coro de la iglesia, que con la excusa de tener un cuadernillo de canciones para cada dos, acabábamos rozándonos mucho, y ya sabéis que a esas edades un simple toque te puede encender hasta niveles insospechados, asi que imaginad sentir el aliento cerca de tu cuello del chico que te gusta aunque esté berreando “Señorrrrr me has mirado a los ojjooosss”.
Al acabar la misa, saludábamos a nuestros padres que los pobres se sacrificaban por nosotros y acudían también (supongo que para constatar que no estábamos haciendo pellas místicas) y volvíamos a reunirnos en la puerta de la iglesia con nuestros compañeros para…ir a meternos mano al banco del descampado. Así de directos, ya habría tiempo para coca colas y comprar la super pop. Como el banco, además, estaba en lo alto del descampado, se podía ver si estaba ocupado o no cuando te entraba el apretón, ya que nunca nos interrumpimos unos a otros. Y ahí pasábamos la mañana, desde las doce hasta las dos, hora de volver a casa,besándonos,dejándonos tocar las tetas, haciendo pajillas, dejándonoslas hacer y yéndonos a casa con un calentón exagerado que quedaría en standby durante toda la semana hasta el domingo siguiente, porque eso si, si entre semana nos encontrábamos por la calle, ni nos saludábamos.






