No voy a llenar el post de topicazos, que si odio el calor ( que lo odio) , que si odio las playas abarrotadas de gente ( que las odio) y demás sandeces que a cualquier sociópata como a mi se le sobreentienden.
Odio el verano porque me supone dejar atrás mi calzado favorito durante el resto del año, mis botas. En especial este año me da más rabia porque las últimas que me he comprado este puñetero calor sólo me ha dejado disfrutarlas un mes, y con lo cachonda que me ponen, me da rabia tener que deshacerme de ellas estos tres meses como si las enviara de campamento de verano.
Y es que andaba yo pensando que nuevo modelo de New Rock iba a añadir a mi colección, cuando las vi. Y súbitamente, me enamoré de ellas. Aún a sabiendas de que el tacón iba a desafiar bastante a mis jodidísimos tendones de Aquiles, no pude resistirme a encapricharme de ellas. Digo bien a encapricharme, porque hasta que conseguí dar con las botas, tardé más de un mes, y al final tuve que comprarlas en Alemania. Benditos internet y Paypal.
Llegaron.Temblorosa, abrí la enorme caja de Demonia Shoes que el cartero me había traido. Y allí estaban, nuevas, relucientes, con ese olor a cuero característico que a los fetichistas de esta textura nos pone la libido por las nubes. Ya en la caja me ponían berraca perdida. Pero fue calzármelas y aquello fue un subidón salvaje. Según oía la cremallera subir y sentía ajustar el cuero a mi pierna, noté como dentro de mi entraba en ebullición. Si fuera una superheroína en ese momento mi vestido se hubiera rasgado para dejar aparecer un mono de cuero negro y mi pelo se hubiera autorecogido en una tirante coleta a la vez que mis dedos se transforman en látigos de cinco colas. Vale, si se me ha ido un poco la olla a lo Bayonetta, pero es para que os hagáis un poco a la idea de la sensación de poder y dominación que me hacen sentir las botas.
Aqui Bayonetta, aqui unos lectores.
Aparte de que con el tacón me plantan en el metro ochenta, me hacen unas piernas espectaculares, jaja, lo que me pone más cachonda aún porque en zapatillas de andar por casa no parecen las mismas, sinceramente. Ya entiendo porque las tías llevan tacón habitualmente, aparte de por sus respectivos complejos de falta de altura, porque son un photoshop super efectivo.
Asi que reconozco que cada vez que me he puesto la botas, he salido a la calle cachonda como una perra, para que voy a negarlo. Y como siempre, atenta a la reacción del personal. Y como siempre, marujas y adictas al Berskha y demás productos de Inditex, se horrorizan con sus manoletinas ochenteras y sus bolsos con cadenita de cateta de bodorrio, porque son supermodernas. Con los tios, como siempre, es diferente. Una parte pone la misma cara de asco que las berskhianas y marujas, no voy a ir de cretina por el mundo, pero también suelen pertenecer al sector de la población que no me follaría ni cobrando, los que ponen cara de susto ( mis favoritos, siempre les veo con una correa al cuello imaginaria), los que miran un poco desafiantes porque intuyen el rollo que llevas ( a los que nos gusta el bdsm nos “olemos” rápidamente) y los que lo hacen con admiración por el mismo motivo que los anteriores. Me gusta que me miren las botas, si no no me las pondría, claro, pero no más de dos segundos, el tiempo necesario para que decidas si te gustan o te horrorizan, porque para sacarte de tu embelesamiento hacia mis pies, me vas a oír decir un “ ¿Te apetece lamerlas?” que te sonrojará o te cabreará, dependiendo del tipo que seas.
Y es que aún no me he encontrado ningún tío que me conteste un “Siiiii” con ojos de admiración y se agache a limpiar a lenguetazo limpio el polvo de la ciudad en mitad e la Gran Via. Bueno, vale, en un rincón oscuro de un garito también me vale. O incluso en los cuartos de baño, que queda más sórdido aún. Y a mi me pone mucho más berraca de imaginarlo.
Ahora tendré que esperar hasta octubre otra vez para tener esa sensación. Snif. Odio el verano.
Ah, por cierto, estas son las botas :











Las botas que utilizo para follar, no suelen salir a la calle. Un detalle para aquellos a los que les ha tocado lamerlas o probar los tacones dentro de su cuerpo. Tenia un amante que me fue regalando botas con tacones de diferente grosor para que le follara con ellas. Llegamos a probar cinco pares diferentes, además muy bonitas, hasta que pinchamos un consolador en unos finisimos tacones de aguja, que se volvieron su delicia y ya no queria otra cosa. Hombres, que caprichosos.






