Al principio no sabía si calificarlo de fetiche, pero creo que algo tiene, pues me da igual la edad del interfecto, ver un tío masturbándose me pone a mil.
Hace unos años se me ocurrió explicar esta teoría, sentimiento o como queráis llamarlo en un foro sobre porno; la reacción generalizada de una amplia mayoría de los foreros fue mandarme por privado vídeos y vídeos de ellos mismos meneándosela, fulgor que duró unas cuantas semanas; si alguno piensa reaccionar así, por favor, que al menos sea algo creativo.
Perdón, un inciso : la Virrrrgen. Que foto más maja he encontrado para ilustrar el post. Llevo cinco minutos mirándola. Casi se me olvida de lo que voy a hablar, y creo que estoy a punto de desmontarme a mi misma toda la teoría de que me “da igual el interfecto”. Pero voy a mantener la dignidad y a comentar únicamente que en este caso, se la iba a desollar de lo que me iba a gustar verle hacerlo. De que igual paso del fetiche y si quiere que se la menee después recordando la serie de polvos que le echaría, no diré nada.
Inciso off.
Visualmente, aunque siempre se ha dicho que el cuerpo de una mujer desnudo es más bonito que el de un hombre ( creo que la culpa de ese criterio estilista lo tienen las venas de la polla), a la hora de masturbarse me parece mucho más exquisito el acto que tiene que realizar un hombre. Nosotras realizamos movimientos más bruscos y nos introducimos cosas para darnos placer, que visualmente me parece mucho más bestia que las caricias dedicadas que le dedica el hombre a su polla. Nosotras, para frotarnos el clítoris, no solemos mirarnos como lo hacemos por norma general ( yo si lo hago a veces, de vez en cuando me gusta ver un coño desde mi punto de vista y no desde el de la pantalla), pero los hombres si entran en esa comunión espiritual entre ellos y su verga, siempre se miran cara a cara como dos fieles amantes.
Me hipnotiza el comienzo, despacio, acariciando la cabeza, como para tranquilizar a la bestia, mientras el tio elige las imágenes o la fantasía en su cabeza a la que le va a dedicar la corrida; calentando motores despacio, hasta que un pequeño cambio de ritmo, una especie de “Eureka, ya se con que me voy a correr” indica el, por asi decirlo, verdadero comienzo de la paja, y ya no quiere tranquilizar a su polla, es el momento de hacer lo que sea por conseguir su rendición.
Y este es el momento que más disfruto, esa búsqueda del orgasmo, cada uno a su estilo; no se si me gusta más el ver como una polla de repente se vuelve brillante por la propia lubricidad de su dueño y de ella misma, o el momento salivazo lubricante a lo bestia cuyo resultado es el mismo, una polla brillante y una mano más armoniosamente resbaladiza.
He de reconocer que me da cierta grimilla un pubis completamente depilado fuera de la edad impúber; tampoco es cuestión de encontrarse la selva virgen, un recorte o un afeitado sin rasurado me parece lo perfecto; fuera de ahí, me imagino que están intentando estrangular a un gato Sphynx y pienso en llamar a la protectora de animales en vez de deleitarme con la paja.
Me deleito tanto visual como acústicamente. Me encantan los gemidos y gruñidos que se escapan de vez en cuando, el sonido de los jadeos o la respiración agitada; ese gemidito que se escapa automático de la garganta porque se ha encontrado un punto muy excitante; algún quejido casi lastimero por la impaciencia y ansiedad por alcanzar el orgasmo, aunque sea inconsciente.
Me gustan tanto las pajas dedicadas, las trabajadas, con todo el tiempo del mundo, en íntima comunión con su miembro al igual que me gustan las pajas de desahogo, las brutales, que duran poco, solo necesitan el placer de descargar para poder continuar pensando en otra cosa, sin la posesión infernal que supone tener otro cerebro entre las piernas.
Porque si, porque los años me han hecho darme cuenta de que es verdad que vuestras pollas piensan por ellas mismas, y encima, siempre lo hacen acerca de sexo. Hay cierta conexión neuronal con el cerebro de la cabeza, pero no tanta como quisierais. Las pollas guardan su independencia. No es un reproche, ni mucho menos, me encanta esa complicidad femenina que existe entre las pollas y nosotras, ambas sabemos antes que el dueño que vamos a follar, al igual que me encanta cuando una polla piensa en estar dentro de mi antes que su dueño y es casi imposible que este disimule su decisión, que suele mostrar en forma de erección para agobio del hombre que la sufre.
Me vuelve loca cuando la otra mano entra en acción apretando los huevos o acariciando el pecho; los diferentes juegos que se le ocurren al futuro eyaculador, sus más íntimas perversiones; ver como se masturba un tío te da muchas ideas de como será en la cama, y lo que realmente le gusta a él y a su polla;
Cuando se acerca el final de la lucha, me gustan los movimientos acelerados, ya sin esa ternura a primera vista que desprendían al principio en conjunto, pero si de fondo; habrá muchos encuentros más, pero en este está claro quien va a ganar la batalla; y cuanto más acelerada es su tortura, más enhiesta y vigorosa está, esperando su final orgulloso como un miembro de la realeza antes de pasar por la horca; los gemidos, gruñidos, jadeos, se aceleran, hasta que se produce nuevamente ese pequeñisimo parón para abrir mentalmente las compuertas y que la bestia empiece a echar espuma por la boca ( vale, no es muy original el simil pero se me empieza a bloquear el cerebro, que estoy ya como el masturbador de mi imaginación).
Y es que ese momento de la eyaculación, del orgasmo, el ver como se sujeta la polla con fuerza porque parece que se le va a desprender del cuerpo, mientras aquello chorrea… me gustan las corridas descontroladas que suelen acabar el cualquier parte, aunque me derrito si acaban sobre el pecho o estómago del gladiador; también me gustan las controladas, como una botella de champán recién descorchada, abundantes y ordenadas dejando el precioso charco de la derrota.
Agradezco a la madre naturaleza estos momentos de placer voyeur que me otorga el género masculino, y a la genética que la carga de testosterona que rezuman me haga saber de sobra que el último hombre en la tierra, se hará una paja.







Las botas que utilizo para follar, no suelen salir a la calle. Un detalle para aquellos a los que les ha tocado lamerlas o probar los tacones dentro de su cuerpo. Tenia un amante que me fue regalando botas con tacones de diferente grosor para que le follara con ellas. Llegamos a probar cinco pares diferentes, además muy bonitas, hasta que pinchamos un consolador en unos finisimos tacones de aguja, que se volvieron su delicia y ya no queria otra cosa. Hombres, que caprichosos.



