
La primera vez que paseamos por allí me encantó, ya te lo dije. Esa paz, el silencio, la historia escrita en cada una de las piedras, el sol cayendo, paseábamos de la mano, siempre buscabas entrelazar tus dedos con los mios cuando caminábamos; cuando estábamos juntos, ahora me doy cuenta, te resultaba casi imposible no tocarme, aunque fuera un mínimo roce, conseguías que nuestra piel siempre estuviera en contacto.
Justo aquí, donde muestra la imagen, de repente, tu cara se transformó. El niño bueno que paseaba tranquilo de repente desapareció y dejó salir, a través de tu sonrisa picarona y el brillo de tus ojos, al pequeño perverso que llevabas dentro y que era capaz de emerger en cualquier momento. Creo que eso es lo que más me gustaba de tí, con sólo una mirada sabíamos donde volvía a empezar el juego, aunque en realidad lo nuestro fue una partida constante.
Me cogiste de la mano y riéndote, empezamos a meternos entre matorrales y caminos extraños, “te va a encantar, Amita” ; así me llamabas cuando no jugábamos, jamás pronunciamos nuestros nombres, aunque los sabíamos de sobra; cuando estábamos solos no permitía ningún diminutivo, pero tú pasabas de gusano, perro y cachorrito según me apeteciera. Aunque se que “peque” era como más te gustaba que te llamara, según me oías pronunciarlo tu pantalón se abultaba sin remedio. Conociéndote como te conocí, puedo imaginarme el porqué.
Llegamos a una especie de zona amurallada con pequeños recovecos, no muy accesibles a primera vista, donde había una serie de cuevas pequeñas y oscuras, con verjas que prohibían el paso. No hizo falta que me dijeras más, aquella noche mientras el resto de la ciudad celebraba la víspera de la virgen, nosotros aprovecharíamos para hacer lo que aún ni siquiera habíamos nombrado, pero que los dos sabíamos.
Volvímos a tu casa excitadisimos, a la espera de que se hiciera de noche y prepararnos para el evento. Bueno, yo, pues tu te pasaste el resto de la tarde castigado de cara a la pared con la polla como un palo escuchando el sonido de mis preparativos : el agua de la ducha, la puerta del armario, los tacones de las botas, el característico olor de mi perfume cuyo olor una vez que me conoces ya es imposible no asociarlo a mi, mis risas mientras pensaba en silencio que iba a hacer contigo alli…
Y la noche se cerró. Era la hora de sacar a pasear a mi perro, después de más de tres horas de rodillas necesitaba estirar las piernas. No sabias que vestía debajo del abrigo de cuero, pero si que tú tan sólo llevarías los boxer negros y tu collar de perro debajo del tuyo, además de las botas de militar.
El camino hasta el lugar lo hicimos andando, aunque estaba un poco lejos de tu casa, era una preciosa noche de luna llena y siempre me gustó putearte con el tema de que tu cabeza quedara por debajo de la mia. Y además paseabas bajo la amenaza de ser atado con la correa en cualquier momento que no me pareciera bien tu comportamiento, a mi me daba igual, no me conocía nadie en esa ciudad, y aquello te ponía tan nervioso que casi preferías el atropello de un coche por no ir subido al bordillo que el no cumplir esta imposición.
Llegamos nuevamente al sitio, alumbrados por la luz de la luna que aquella noche se convirtió en nuestra cómplice; y el demonio nos abrió las puertas del delirio al darnos cuenta de que el candado no cerraba la cadena de la verja y que se podía retirar sin necesidad de forzarla, cosa que estábamos dispuestos a hacer aunque no hubiéramos dicho nada.
Era una pequeña cueva, con el techo no muy alto, en este había una especie de claraboya protegida por una reja,por la que se colaban los rayos de la luna, que le daba un aspecto especialmente acogedor a nuestros ojos.
Aunque intentaba que no notaras mi excitación, mi respiración agitada me traicionaba. Yo gruñía ligeramente, tú soltabas tú “uy,uy,uy” , señales que nos indicaban mutuamente que el juego de verdad acababa de comenzar. Disfrutábamos de la complicidad suficiente como para no necesitar la palabra mágica que acaba con el juego, y es que nunca dejamos de hacerlo; así que a mi orden te quitaste rápidamente el abrigo sin mediar palabra, te clavaste de rodillas en el suelo y bajaste la mirada hacia el suelo. Gemias asustado. Me ponía cachondísima oirte. Te ordené que te despojaras del resto de la ropa, botas y boxer, te puse las esposas con las manos a la espalda, recogí la ropa y me fui de allí cerrando la verja. Aunque tu no me veías, estaba lo suficientemente cerca como para oír tus gemidos y quejas, que empecé a concebirlas algo más reales cuando diez minutos más tarde, seguía sin aparecer. Y es que realmente hacía muy buena noche, y la zona estaba especialmente tranquila.
Cuando oiste mis pasos de vuelta, corriste a mis pies a lamer mis botas pidiendo perdón, e incluso derramaste alguna lágrima que recogiste con tu lengua antes de que dejara marca en las botas; te acaricié la cabeza para tranquilizarte, tu Ama había vuelto, y como premio te dejé meter la nariz en mi entrepierna.
Pero la noche no había acabado, mientras estaba fuera me había dado tiempo a pensar algo nuevo. Te dejé que me quitaras el abrigo con los dientes como tan bien sabías hacerlo para que descubrieras que llevaba bajo él : nada exceptuando unas bragas negras y un pañuelo al cuello, además de las botas de militar hasta la rodilla. Como premio al gemido de placer involuntario que se escapó de tu garganta y que interpreté como un piropo, te permití que me quitaras las bragas con la boca, y como recompensa te dejé que te las pusieras y sintieras lo más cerca que te estaba permitido de tu polla lo cachonda que estaba ya tu Ama en ese momento; y para que disfrutaras del momento con todos tus sentidos, te vendé los ojos con mi pañuelo, esposé tus manos unidas a la cadena de la puerta que colgué de la claraboya, dejándote ligeramente suspendido; te quejaste pero tus súplicas con la polla dura no me convencían lo más mínimo. Te besé ligeramente en los labios, estabas tan tierno; aunque te hice saber que había tenido que ponerme ligeramente de puntillas para hacerlo, y te puse nervioso al decirte que te castigaría por aquella osadía; tanto, que te quejaste hasta que te crucé la cara de una bofetada. Entonces empezaste a llorar, asustado y aturdido, no te había pegado nunca, y tus lágrimas rodaron por debajo de la venda. No pude evitar lamerlas, y salí de la cueva sin decir una palabra. Como no podías distinguir las sombras, te confieso que me quedé observando tu nerviosismo desde la puerta, durante treinta minutos exactos, en los que mi excitación aumentaba por momentos al oirte llamarme, suplicarme, pedirme perdón, gemir, quejarte, sollozar … y todo, sin intentar soltarte ni un sólo momento, apenas te movías, no buscabas liberarte de la cadena, solo mi benevolencia.
Oiste nuevamente mis pasos entrando en la cueva, me acerqué a ti y sin mediar palabra te liberé de tus ataduras. Te arrodillaste inmediatamente y comenzaste a lamer mi coño como un perro que bebe agua después de haber estado corriendo por el campo, ávido, deseoso, completamente agradecido. Cuando me encontré lo suficientemente satisfecha, salimos de allí, te devolví las botas y caminamos hasta casa, tú con mis bragas bajo tu abrigo y yo completamente desnuda bajo el mio, con el pañuelo nuevamente al cuello.
Y como regalo por tu buen comportamiento, te permití lamer mi coño durante horas y dormir entre mis piernas después de que te corrieras al mínimo roce con mi mano, una vez satisfechas mis necesidades orgásmicas.
Y es que hoy, hace nueve años de aquella noche.