Intento hacer memoria de porque acabé allí y con quién, un habitual no era, aunque si fue en los comienzos de empezar a salir por aquellos garitos de oscuridad y perversión, de hecho no se porque hablo en plural pues solo existía uno, cerca de los cementerios de San Justo y San Isidro, y a plena luz del dia y pasados los años soy incapaz de distinguir a cual de los dos nos fuimos, aunque intuyo por la situación del garito que fue al primero porque queda más cerca.
Me hace gracia que no recuerde a quien me follé aquella noche, solo recuerdo que tenía el pelo largo liso y negro y llevaba una gabardina, supongo que con un aspecto vampírico que me atrajo lo suficiente como para dejarle disfrutar de mi yugular y mi femoral; pero si me acuerdo perfectamente de lo que llevaba puesto aquel día, botas de militar, medias de red sujetas por un liguero ( era la primera vez y descubrí lo práctico que es para follar sin tener que liarte con los pantys), una falda de tubo con raja enorme enseñando media pierna, mis martens inseparables en aquella época, y debajo de la recién estrenada gabardina negra con el forro rojo que era la envidia de mis queridas amigas, una camiseta de red y el sujetador negro debajo. Vamos, un pedazo de zorrita siniestra de diecieis años, de las que ahora se hacen llamar gothic lolitas, jaja.
Podría inventarme una bonita historia romántica a lo Crepúsculo ( saga que tampoco soporto) de como nos cortejamos en la discoteca, como se cruzaron nuestras miradas en la pista de baile mientras el resto bailaba como cuerpos retorciéndose en el purgatorio, pero seguro que no fue así y en algún momento se acercaría a mi con un mini de cerveza que era lo que se estilaba alli.
Supongo que nos meteríamos mano allí dentro el tiempo suficiente como para calentarnos y querer salir fuera, momento genial en el que avisaba a mis envidiosas amigas adolescentes que aún no habían comprendido que se ligaba más haciendo reír que de pose, “ahora vuelvo” era la consigna eufemística para refrotarle a las demás que tu modelito desde luego habia surtido más efecto que los suyos.
Fuimos al guardarropa a por nuestras respectivas gabardinas, atrezzo indispensable por aquel entonces, asi que igual fue por esta época del año; al lado del garito había una pequeña bodega, donde compramos un litro de cerveza, me cogió de la mano y me dejé llevar entre callejuelas hasta llegar a una zona más abierta, rodeada por un muro y una valla de alambre, donde habían hecho un agujero por el que pasaba una persona sin problema. Obviamente, allí que fuimos, y al traspasar la valla una columna de nichos me dejó claro hasta donde habíamos llegado. Dios, que momento tan gótico, siniestro, romántico y sensual para una adolescente pirrada por ese tipo de fetiches mortuorios, y lo que hace el alcohol, porque igual es la edad o que estoy serena mientras escribo esto, pero hoy en dia o me estás echando el polvo de mi vida y tengo el cerebro desconectado, o me da que algo de yuyu por los ruidos percibidos en los alrededores. Pero no recuerdo ruidos, más bien el frío de una lápida bastante grande sobre la que nos sentamos a bebernos la cerveza que como no, abrió con el mechero, y lo que vino después, los besos y caricias que precedieron al polvo con la falda por la cintura, el descubrimiento de la comodidad de no tener que quitarse las medias antes mencionado, me hace gracia acordarme que no nos quitamos las gabardinas para nada, tengo flashes de cambio de postura porque recuerdo su pelo largo cayendo sobre mi más el frio de la piedra que traspasaba la ropa y también el ver la cruz de la tumba sobre la que estábamos, así que hubo un claro encima y debajo por mi parte, y aunque no pueda catalogarlo de polvazo, si que se lleva la etiqueta de morboso cien por cien.
Y ahora acabo de recordar que, o perdí las bragas en el cementerio, o el “machito” se las quedó de recuerdo.









