Me encantaba ver como te cambiaba la cara cuando al salir de trabajar de tu flamante edificio lleno de gente importante con traje y corbata me veías esperándote apoyada sobre tu coche. Notaba como te estremecías y automáticamente bajabas la mirada al suelo, intuyo que con una mezcla de satisfacción, sumisión y cierto temor a lo que se me hubiera podido ocurrir.
Te pedí que condujeras hacia una tienda de lencería que ambos conocíamos y en cuyo escaparate habíamos fantaseado cada uno por nuestro lado, antes de conocernos. Como era primera hora de la tarde, la dependienta estaba sola, así que entramos. Empezaste a imaginar cuales eran mis intenciones cuando le pedí ayuda a la dependienta para que me dijera la talla de corsé y braguitas que utilizarías. No se quien se sonrojó más, si ella o tú, y reconozco que en ese momento me costó mantenerme en mi papel y no soltar una carcajada. Como no reaccionaba, le pedí un metro para medirte el contorno y dar así con la talla. Una vez fuera de su asombro, participó activamente en la decisión de la talla, del color y la forma me encargué yo, pues tu apenas podías hablar de la vergüenza que estabas pasando y no te atrevías a levantar la cabeza ni para mirar lo que estaba seleccionando para tí. Como en el fondo te tenia aprecio, no te hice pasar por el probador para que ambas comprobáramos si la elección había sido la adecuada, prefería reservarte para mis ojos, y ya tenias suficiente con no poder volver a mirar ese escaparate sin que la dependienta te reconociera. Mi propia maldad me pone cachonda, no puedo evitarlo. Salimos de allí con el conjunto, medias y liguero incluidos, y nos fuimos hacia tu casa. Seguías sin hablar, solo veía tu nuez subir y bajar tragando saliva, yo tenia esa sonrisa sarcástica que suele poner muy nervioso al personal y cuando aparcamos me quedé parada frente al escaparate de una zapatería, a la que entraste conmigo casi temblando, te veías probándote zapatos de tacón en la misma puerta de tu casa como luego me confesaste, pero por suerte para tí soy buena recordando números , y excepcional si son de dos cifras, por lo que te oí suspirar de alivio cuando pagamos directamente sin probarlos.
Después de cerrar la puerta de tu apartamento, fue cuando por fin levantaste la cabeza y pude ver tus ojos, que brillaban en una mezcla de deseo, rabia, excitación y vergüenza que aún recuerdo. Ya sabías de sobra lo que tenía pensado hacer, tu Ama te iba a compensar con una de tus fantasías y yo me lo iba a pasar de muerte convirtiendo a Ken en Barbie, jugando a las muñecas como cuando era pequeña, pero con un morenazo de metro ochenta con traje y corbata.
Gracias a tu soltería, mi marido de viaje y el fin de semana por medio, disponíamos de todo el tiempo del mundo para jugar. Sinceramente como persona no me gustabas, eras demasiado prepotente y cretino en tu manera de dirigirte a los demás, pero me sorprendía lo transformista, puta y viciosa que podías ser de puertas para dentro, y era de lo que me aprovechaba; por eso creo que disfruté especialmente humillándote en la tienda.
Te desnudaste y extendiste sobre la cama todo lo que habíamos comprado, tus ojos brillaban como los de una quinceañera la noche de su baile de fin de curso. Pero antes de recibir este premio por mi parte, te lo habías ido ganando poco a poco al aprender a dejar de mear de pie y hacerlo sentado como una señorita, o tomando los rayos uva con un bikini puesto para que se te quedara la marca del sujetador y del tanga ya que en la playa de momento no era posible hacerlo, o pasar el día con mis bragas puestas debajo de tu pantalón de tipo serio, o pasar un dia de reuniones con las bolas chinas dentro de tu culo. Si, te habías ganado ser una princesita de Disney . Lástima no haber tenido un arnés rosa para rematar el conjunto.
Te depilé de arriba a abajo, de la barba a los pies, al principio pensé hacerlo con cera para volver más sádico el momento, pero me pareció más divertido el pensar en tus picores en un par de días cuando el pelo empezara a crecer, así que tiré de cuchilla, mucho más rápido, hasta dejarte como un imberbe impúber aunque con una erección de caballo. Te unté de aceite corporal de la cabeza a los pies, momento lúbrico que utilicé para a la vez que acariciaba tu polla, tu culito empezara a dilatarse con uno de los conos que solía hacerte usar. Te recomendé que te fueras deshaciendo de tu hermosa erección pues las princesas no tienen rabo; Te di cinco minutos, mientras te maquillaba, para que tu trozo de carne entrara en reposo antes de sujetarlo con una goma, apretada en la base y el glande, y de cuyo extremo dejaba colgar un trozo más de goma. Te pusiste el tanga, y tiré de la goma fuertemente entre tus piernas, uniendo la tensa goma a la parte de atrás a la altura de la cintura, por lo que tus estrangulados genitales quedaban completamente camuflados dibujando entre tus piernas un pubis de señorita perfecto, y no permitiría que tu erección se notara por muy berraco que te pusieras, a la vez de que se convertiría en un doloroso momento, pero querida, las señoritas no muestran sus erecciones en público.
Aunque tenias permitido hablar, no lo hacias, de tus labios solo se escapaban jadeos de placer, que aumentaron cuando antes de colocarte el corsé, te maquillé ligeramente los pezones con la barra de labios; abroché las trabillas del corsé mientras te sugería un implante o una buena ración de hormonas, tu escote deslucía bastante. Tus suspiros se acrecentaron nuevamente, e incluso noté un ligero gesto de dolor, supongo que provocado por tu atrapada erección cuando te tumbé en la cama y te pinté las uñas de los pies, para después colocarte las medias y tus nuevos zapatos de Nancy Zorrón.
Después de una divertida sesión de fotos de mi zorrita que más tarde nos dio bastante juego, pero que contaré en otro momento, tus ojos, tus labios y tu culo me suplicaron casi entre lágrimas que te follara. De lo que allí aconteció os lo dejo a vuestra imaginación, porque aunque él fue una señorita por completo durante unas horas, yo soy una Señora a tiempo completo.
(Basado en hechos reales, claro. Él tenía 28 y yo 24)

Durante todo el dia siguiente su excitación no paró de crecer. Decidió ir al parque a la misma hora que el dia anterior, pues los viejos suelen ser de costumbres horarias muy arraigadas. Se puso un buen escote, se maquilló ligeramente y fue a su morboso encuentro.
