Relato : Me gusta oirte

Llevaba poco tiempo viviendo en aquel edificio, apenas un mes. No conocía aún a ningún vecino, y dudaba el llegar a hacerlo en aquella colmena de apartamentos donde el ritmo de entrada y salida era casi frenético, al igual que la vida de sus habitantes.
Aún le quedaban algunas cajas que desmontar y colocar, pero aquella noche estaba completamente rendida. Decidió acostarse pronto, con un libro, hasta que el sueño la atrapara, situación que seguro que ocurriría rápido debido a su estado.

Apoyada con varios cojines sobre la pared/cabecero de la cama, se enfrascó en su lectura, ayudada por el silencio que reinaba en el ambiente. Estaba atrapada en la lectura del último libro de Stephen King, cuando oyó el sonido característico de una llave de la luz al pulsarse. Dio un pequeño respingo pues la había sentido en su misma habitación,y la lectura del maestro del terror no ayudaba mucho,aunque se dio cuenta que en realidad el problema residía en unos tabiques demasiado estrechos. Pasado el susto inicial, siguió con su libro. Pero el movimiento de la habitación al otro lado del tabique, la acabó de desconcentrar. Distinguía la voz de un hombre y una mujer, aunque no lo que decían; escuchó sus risas,que pronto pasaron al silencio, y como imaginaba que iba a suceder, se  transformaron en gemidos de placer. Sus vecinos se lo estaban montando a una pared de distancia. No los conocía, pues realmente sus casas estaban situadas en bloques distintos y era el patio interior, aparte de aquel delgado tabique, su nexo de unión.
Oir los gemidos de placer de ella empezaron a excitarla; llevaba demasiado tiempo sin echar un polvo, y en el fondo le empezaba a dar envidia lo bien que se lo debía estar pasando su vecina; cerró el libro y apagó la luz, se tumbó por completo en la cama y con las piernas abiertas y las manos entre ellas, agudizó su oido concentrándose en los sonidos que venían a través de la pared; imaginaba que era lo que provocaba el placer de aquella voz, que gemía y le pedía más a su amante hasta que consiguió arrancarle un orgasmo. Su coño estaba más empapado que nunca, jamás pensó que aquella situación de escucha furtiva pudiera excitarla tanto. Le sacó de su asombro el sonido de la cama golpeando contra la pared por lo que imaginó, las embestidas de él. Con los dedos dentro de su coño, acompañó el ritmo que golpeaba su pared, imaginándoselo sobre ella, escuchando los gemidos de ambos, que pronto en él se hicieron más fuertes, aceleraba el ritmo con sus suspiros, que acabaron en un gruñido de bestia cuando se corrió, provocando aquel sonido tal excitación que no pudo tener un orgasmo simultáneo a través del muro.

Al despertarse, descubrió que no había sido un sueño, aún tenía las bragas en las rodillas. Recordando el momento, al principio se avergonzó de si misma un poco, pero el sólo evocar aquel gruñido animal volvía a mojarle las bragas.

No volvió a tener noticias de la pareja folladora hasta la noche del miércoles, cuando volvió a oir como encendía la luz. Al principio no escuchó ninguna voz, aunque de repente inundó la habitación el sonido de la tele, dedujo. Sintió como crujía la cama al sentarse sobre ella, escuchó como cambiaba de canal atentamente hasta que oyó gemidos nuevamente. Vaya, esta noche tocaba porno. Escuchó atentamente, ya con la mano entre sus piernas, intentando adivinar de cual de los dos inquilinos se trataba. Una tos la sacó de dudas, era él. Se le pusieron los pezones tan duros al descubrirlo que inevitablemente su coño se humedeció más de lo que ya estaba y decidió acompañar a su furtivo amante desconocido en su orgasmo nuevamente. Esta vez cuando le oyó gruñir en su orgasmo, tuvo que taparse la cara con la almohada para que no fuera él quien escuchara su tremendo gemido de placer. Se durmió pensando en como sería aquella bestia en la cama.
Durante las dos noches siguientes no hubo movimiento en el piso de al lado, aunque si en su cama; su libido se había despertado de una manera salvaje, y aprovechó el anonimato de internet para comprarse un consolador que la acompañara esas noches. Y lo usó, mientras esperaba a que apareciera, simulando como sería estar entre sus brazos y tenerle dentro y oirle rugir con esa fuerza cuando se derramara dentro de ella. Gozaba en su cama, sin reprimir sus orgasmos, acompasando sus jadeos con los que tenía grabados en su cerebro a fuego.

No fue hasta la noche del sábado cuando volvió, a escuchar encenderse la luz y risas en el apartamento de al lado. Por una parte se alegró, por otra sintió unos pequeños celos de la mujer que le acompañaba, esta vez no se trataba de un video. Alguna privilegiada iba a sentir ese gemido salvaje final pegado a su oído mientras ella se tenía que conformar con imaginárselo a través del tabique que los separaba. Aún asi, estaba tan cachonda por su vuelta, que emprendió su ritual de gata atenta a cualquier movimiento que sucediera al otro lado. Enseguida empezaron los jadeos y suspiros, y notó un golpe contra la pared. Pensó que él la había puesto contra ella y se la iba a follar alli mismo. Se puso de pie en la cama, pegó su cuerpo al yeso frio de la pared y se imaginó que por fin estaba al otro lado, y que el trozo de latex que llenaba su coño en realidad era su polla taladrándole. Los tres se corrieron al tiempo, y esta vez no se molestó en silenciar su orgasmo.

El domingo por la mañana se despertó recordando la noche anterior. Excitada nuevamente, no dudó en masturbarse varias veces pensando en su vecino; pensó en buscar su piso en los buzones, presentarse en su casa y pedirle que la follara; soñaba con oirle gemir mientras le taladraba el coño, y comprobar si cambiaría el tono cuando se la metiera por el culo o si se corría en el fondo de su garganta. Pasó todo el día en la cama fantaseando con ser follada, orgasmo tras orgasmo, hasta que cayó dormida, antes de decidirse a dar el paso.

El lunes por la mañana, más relajada, se preparó para irse a trabajar.

“Me encanta oir como te corres” decía la nota que encontró en su buzón.

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