Relato : Locura

Si se paraba a pensar en los recuerdos de su infancia, ya se le veía cierta atracción hacia su fetiche obsesión desde que era una niña. Como única fémina en una familia de seis vástagos, ella era el objeto de todas bromas y torturas. Aún recordaba la primera vez que a uno de sus hermanos se le ocurrió inmovilizarla atándola con las cuerdas de las cortinas para hacerle cosquillas. Aún podía sentir la excitación de aquella primera vez que la ató, de como sus manos quedaron inmóviles a su espalda y no pudo soltarse, de como cada movimiento de rabia hacía que la borla decorativa de la cita rozara entre sus muslos suavemente, intentando deshacerse a la vez de las manos de su hermano que le pellizcaban por todos lados, hasta que al oír las risas se les empezaron a unir el resto de hermanos, que le hacían cosquillas, azotaban y se reían sin que ella pudiera hacer más que dejarse. Y aquella tarde, que acabo con un castigo para los seis por romper las cortinas con sus juegos, se convirtió en la primera de su bizarro despertar sexual.

Gracias a ser la niña mimada, no tenia que compartir habitación con ninguno de sus hermanos, que dormían de tres en tres. Descubrió así, en la soledad de su dormitorio, como su coño latía de placer cada vez que recordaba el momento vivido y así fue como descubrió que sus dedos podían calmar ese deseo que sentía. Cada noche deslizaba una cuerda por su muñeca, sintiendo el roce que tanto la excitaba y tiraba de ella con la boca mientras se masturbaba soñando con ser atada. Ser inmovilizada por otra persona se volvió una obsesión. Buscaba provocar a sus hermanos como antes, pero ya todos habían crecido demasiado y no se prestaban a sus provocaciones. Entonces ideó un plan: durante tres días seguidos, un tremendo estruendo despertó a toda la casa en mitad de la noche; unas tremendas pesadillas le hacían caer de la cama, por lo que sugirió a sus padres que cada noche le ataran una cuerda de la muñeca al cabecero para evitarle rodar hasta que su cuerpo se acostumbrara. Aquella inocente petición, se convirtió en su primer paso hacia el delirio del placer por el que se había dejado arrastrar hasta el día de hoy: ella esperaba ya en la cama, con el camisón puesto y las bragas bajadas hasta las rodillas, arropada para que nada se descubriera, a que cualquier miembro de su familia, padre, madre o hermano, la atara fuertemente la cuerda a la muñeca; en ese mismo instante, su cuerpo se inundaba de placer, y justo cuando apagaban la luz,su mano libre se deslizaba hasta su coño para darse placer.

Fue creciendo, y mientras sus amigas soñaban con perder la virginidad con el chico perfecto en una romántica velada, ella lo hacía con ser atada y sentir ese dolor de la primera penetración sin poder hacer nada por liberarse. Como aquella petición no la hubiera entendido ningún chico de su edad, buscó fuera de su entorno a ese hombre que lo hiciera. Mintió sobre su edad y su experiencia. A cambio consiguió que un camionero veinte años mayor que ella disfrutara de su cuerpo inmovilizado y extasiado en la cama de un sórdido hotel de carretera. Incluso lloró de placer cuando aquel hombre le retorció las muñecas atadas al darle la vuelta para acabar en su culo. Y se enamoró de él. Se fue de casa para vivir la aventura, pero al poco tiempo descubrió que aquello no era lo que buscaba. Pero no volvió, y buscó y rebuscó en cada bar de carretera al hombre que consiguiera volver a excitarla. Pero nunca halló el caballero que se quitara el cinto para atar sus muñecas mientras ella le mamaba la polla con fervor.
Aquel turbio ambiente le llevó a las drogas, y de ahí a delinquir; por segunda vez, volvió a llorar de la excitación cuando aquel policía le esposó las manos a la espalda después de robar por primera vez en una gasolinera; en el coche patrulla camino de la comisaría, no perdió la oportunidad de masturbarse esposada a la espalda metiéndose dos dedos en el culo.  Le gustó tanto que volvió a robar un par de veces más, las justas para no acabar en la cárcel.
Su deseo iba cada vez en aumento, cada nueva experiencia le incitaba a hacer nuevas locuras que acabarían con sus huesos en un manicomio. El sitio perfecto. Después de hacerse unos cuantos cortes ficticios, se inventó un papel en el que su mayor deseo era provocarse dolor; el psiquiatra automáticamente ordenó su ingreso, donde cada noche después de terapia es encerrada en una habitación con una cama, a la que sujetan fuertemente con correas a los tobillos y muñecas; cuando el celador cierra la puerta, ella grita durante varias horas en su insonorizada habitación, uno piensan que de rabia, ella, tú y yo sabemos porqué.

2 thoughts on “Relato : Locura

  1. qué bueno el relato pero me dio que pensar qué hubiera sido de ella si sus hermanos no le hubieran hecho la perrería de pequeña, o si hubiera tenido a alquien que le hablase de otras salidas a su “perversión”. ¡cuanta gente habrá así y que no lo saben !
    en fin, que este tema me dio que pensar.
    Un beso, Chatarrera.

  2. Uhmm buena reflexión, no lo había visto así. Estoy convencida de que todos sufrimos algo en nuestra vida que nos despierta ese lado latente y perverso, algunos lo dejan fluir y desarrollarse y otros lo guardan casi como un pensamiento prohibido. Me refiero a que, por mi manera de pensar, esta chica hubiera desarrollado igual ese instinto fetichista salvaje que tiene por culpa de sus hermanos, una serie de televisión o una experiencia en la guardería. Es una especie de botón que llevamos dentro y que sólo hay que apretar :)Lo de que acabe en el psiquiátrico no lo veo como una derrota, más bien como un triunfo, podrá disfrutar de su perversión todos los días.

    Un beso, Amada.

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