Relato : Atrapagatas

“No se como acabé follándome a aquellos tres hombres. Lo que iba a ser una reunión de negocios, acabó como una bacanal”.

Mi jefe me había impuesto aquella reunión con los tres delegados de provincias; molesta, me quejé por tener que desplazarme para soportar un día entero a tres paletos que no harían más que jactarse de su nivel de ventas para impresionarme. Iba en representación de mi jefe así que en cualquier caso, ellos debían hacerme la pelota, situación en la que no me encontraba a menudo y soy yo quien debo complacer al cliente, reconociendo incluso métodos poco ortodoxos para cerrar el negocio. La reunión se centraría en ese tema, nuevas técnicas agresivas de venta, aunque dudaba mucho que el desvelar mi arma principal fuer a ayudar en este caso.

La reunión era en la misma cafetería del hotel donde me alojaba. Con un poco de suerte y si aquello acababa rápido, podría visitar la ciudad hasta marcharme al dia siguiente.
Atravesé la puerta de cristal de la cafeteria, y noté como tres pares de ojos se fijaban en ella; los miró, tres hombres de traje y corbata con los portafolios encima de la mesa, sin duda eran sus hombres. Mientras se acercaba a su mesa sonriente, hice un repaso de los tres tipos; no estaban mal, tres veteranos entrados en canas de buena presencia, de traje y modales impecables que convirtieron aquel encuentro en algo más agradable de lo que yo esperaba. Contra todo pronóstico, yo misma les sugerí al mediodía, una vez acabada la reunión, que comieramos todos juntos y si tenían tiempo libre, me hicieran de guía por la ciudad. El trio de vendedores aceptó encantado, y aquello se convirtió en una reunión de amigos.

El sitio elegido para comer fue una pequeña tasca famosa por sus tapas y su vino, del que dimos cuenta a dos botellas. El alcohol hizo que la conversación se fuera distendiendo, y que el trío de ases comenzara a afilar las uñas para llevarse al huerto a la rubia, situación con la que me encontraba encantada, sintiendo la atención desmedida de aquellos tres hombres. Después de la comida y los cafés, cuando las mejillas comienzan a sonrojarse y las corbatas se aflojan, le pidieron al dueño una botella de “atrapagatas”, un licor de la zona que me dijeron que no podía irme sin probarlo, a base de miel y canela que entraba muy bien.

Y tan bien. Enseguida noté como se me subía a la cabeza y se distribuía por todo el cuerpo, haciendo especial hincapié en las zonas con mayores terminaciones nerviosas: mis pezones se endurecieron como si los hubieran lamido mil lenguas, y mi clítoris hinchado y palpitante buscaba guerra. Ellos se rieron en cuanto notaron como mis pezones atravesaban la camisa, el atrapagatas empezaba a surtir efecto.

Intentando recomponerme, pero con los ojos inyectados en sangre por el deseo, les pedí que me acompañaran a mi habitación del hotel para mostrarles unos informes, aunque los alli reunidos, todos, ya sabían lo que significaban mis palabras, incluida yo. Me moría por follar con aquellos tres tipos de su empresa.

Les iba a explicar su infalible método de venta que la habían hecho la mejor coercial de toda la empresa. Me desnudé por completo, como tantas otras veces había hecho en tantas salas de reuniones, me tumbé sobre la mesa con las piernas abiertas hacia ellos y les pedí que me follaran los tres a la vez. Normalmente mis artes de convencimiento se basaban en desabrocharme un par de botones de la camisa, acercarme lentamente a mi interlocutor y comerme su polla. Me encanta tragar pollas, literalmente, me gusta hacerlas llegar hasta el fondo de mi garganta y que me eyaculen en lo más profundo. Da igual el tamaño, grandes, pequeñas, gruesas, delgadas, todas las pollas tienen cabida completa en el interior de mi boca. Me gusta sorprender a mis clientes con este pequeño extra, me hace sentir bien, me gusta pensar en el dinero que me va a reportar esa mamada, e incluso, si la operación es de las buenas, me gusta agradecerle a mi cliente el gesto comiéndole nuevamente la polla bajo su mesa mientras firma las páginas del contrato. Me excita oir el sonido de la pluma firmando con fuerza en el papel con su polla atragantándome, me hace sentir más poderosa, aunque en ese momento no necesitaba poder, si no sexo. Por eso no sólo me tragué sus vergas hasta las pelotas dejando que se corrieran en lo más profundo de mi garganta, si no que también dejé que me follaran por todos mis agujeros, mientras se reían de los efectos del “atrapagatas”, llamado así porque  un sólo chupito saca a la gata en celo que todas llevamos dentro.

Una semana más tarde mi jefe me felicitó por las consecuencias de mi reunión: las ventas en esa zona habían aumentado al doble.

 

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