¿Estamos tontos? y TFT : La excursión maldita

La primera parte del título va para aquellos que me han hecho saber via email que se sentían escandalizadísimos porque me gustaría darle una paliza salvaje al mecánico. ¿¿¿WTF??? Pobrecito mio, ya tiene suficiente con lo que tiene. Que sea un gilipollas integral no me parece razón suficiente para hacerle eso; de hecho hay muchos gilipollas integrales que estarían en la lista antes que él. Esta explicación, es por si alguien más también lo ha pensado. Menudo cocazo extraño lleváis, queridos. Que sea una sádica no significa que sea una descerebrada psicópata asesina ni nada por el estilo. A ver si nos enteramos. Y si no, mejor dejad de leerme. Cojones.

Bien, segunda parte. Antes viendo el telediario me he reido bastante con tres chavalicas a las que han entrevistado en el puerto de Navacerrada con la excusa de las primeras nieves; ellas habían ido allí aprovechando el buen tiempo que ha hecho estos dias para hacer la ruta de las piscinas y tomar un poco el sol, y claro, lo contaban descojonadas.

Y me ha hecho acordarme de una situación, que ahora mismo no recuerdo si ya la he contado por aquí ( creo que no, y si es así disculpen esta repetición) de la que dos amigas y yo, llevamos 14 años descojonándonos.

Nunca se me olvidará la fecha de aquella excursión, el siete de agosto de 1996, tanto por lo vivido como por lo que ocurrió ese mismo dia en el camping de Biescas, donde una semana más tarde me iría de vacaciones con estas dos amigas y el que entonces era mi novio.

La tarde anterior a dicha excursión, aburridas ante la deserción madrileña habitual en estas épocas de todos nuestros amigos, decidimos que al día siguiente en vez de estar tiradas en el Retiro como única diversión, nos iríamos de excursión a Manzanares el Real, una zona de la sierra madrileña donde podríamos pasar un bonito día de campo, ya que un autobús interurbano nos dejaría en la misma plaza del pueblo y ya desde ahí, nos dispersaríamos por el campo. Decidido esto, nos largamos a nuestras respectivas casas ( ellas eran gemelas) para preparar la comida y lo necesario para el dia siguiente. Ahora recuerdo que en aquella época aún podía comer huevo, asi que mi madre me preparó la típica tortilla de patata excursionera con sus filetitos, mientras yo, previsora, y previa llamada a las gemelas para que hicieran lo mismo, metía botellas de agua en el congelador de mi casa para que al dia siguiente el agua no se nos convirtiera en caldo con el calor del mes de agosto antes de tiempo.

Así que a la mañana siguiente, las tres nos presentamos en la Plaza de Castilla dispuestas a tomar el autobús que nos llevara a nuestro estupendo dia de campo veraniego, al que además de la comida y el agua congelada ( idea por la que nos felicitamos) añadimos los bañadores y unas toallas porque nos acordamos de la cercanía de un pantano en la zona donde íbamos a estar. Todo perfecto. O casi todo, porque aunque estábamos emocionadas por aquella escapada de la rutina, para ser las nueve de la mañana de un dia de agosto, hacía fresquito.

Una hora y media más tarde, llegamos a nuestro destino. Nada más aterrizar en Manzanares, en la misma plaza del pueblo, nos hicimos con una hogaza de pan recién hecha que, como no cabía dentro de las mochilas, atamos en una bolsa a una de ellas ( very important dato) y un litro de cerveza fresquita, que para eso éramos adolescentes descerebradas. Dimos rienda a nuestro particular desayuno de cebada, y medio pedos decidimos irnos directamente hacia el pantano, ya que en el camino de ida lo habíamos visto y más o menos quedaba cerca. Cogimos el primer camino que encontramos en aquella dirección y empezamos a andar. Media hora más tarde, descubrimos que aquel camino tan sólo llevaba al vertedero del pueblo, por lo que no nos quedó más remedio que desandar lo andado y volver al punto de partida. Como además el día parecía que no levantaba mucho, pensamos que mejor atravesaríamos el pueblo montaña arriba hasta llegar a la zona del rio y a unas piedras enormes que se veían desde abajo y donde podríamos tumbarnos a tomar el sol y a comer. Nos pareció una idea tremenda, así que nos encaminamos hacia allí, hasta que al poco nos topamos con el río , y en un alarde aventurero, cambiamos nuestra ruta para seguir su curso, no sin una amplia dificultad, ya que suponíamos que desembocaría en el pantano siguiendo la lógica de que los rios desembocan en zonas de agua más grandes, aunque sea un riachuelo de mierda de la sierra norte de Madrid. Vamos, como si nos da por pensar que siguiendo el curso del Manzanares acabamos en las playas de Cádiz, lo mismito. Y nuestro gozo, si al menos hubiera acabado en un pozo hubiera seguido con nuestra teoría, pero aquel riachuelo acababa … en el vertedero. Así que vuelta a desandar lo andado, ya con cierto cachondeo, y prometiéndonos seriamente no desviarnos de nuestra ruta cuesta arriba nunca jamás de los jamases hasta alcanzar nuestro preciado tesoro, la enorme roca.

Llegamos a las afueras norte del pueblo, sin notar aún el calor pese a ser ya más del mediodía de agosto, pero con algo de deshidratación, por lo que nos dispusimos a hacer un alto, fumarnos un cigarrito y beber algo de agua fresquita de nuestras botellas previamente congeladas con destreza. Para otro día de agosto si, pero aquel, sólo nos proporcionó un ligero traguito a cada una pues un bloque enorme de hielo, aún sin deshacerse, nos prohibía saciar plenamente nuestra sed. Eso nos agobió un poco, pero en ningún caso nos detuvo. Las afueras del pueblo constaban de varios chalets a ambos lados de la carretera, con largas parcelas unidas entre si que no nos permitian más que pocas veces, acercarnos al campo campo por algún lateral. En uno de estos recovecos descubrimos una bonita piedra en mitad del rio ( el que ya sabíamos que desembocaba en mierdalandia) y que nos pareció un sitio estupendo para pasar el dia en un futuro, pero no ese, ya que nuestro propósito seguía siendo la puta roca. Anduvimos y anduvimos, bastante rato, hasta llegar a las afueras de las afueras, donde nos encontramos un hermoso camping que no sólo no nos permitía llegar a nuestra ansiada roca, si no que además nos prohibía llegar a ella.

Mosqueadas, pero con un plan b, decidimos volvernos hasta la roca del rio donde ya por fin nos pararíamos a comer y descansar, después de darle en correspondiente buchito de agua descongelada cada una, y pasar ya de la puñetera roca y del pantano, que menudo día llevábamos. Menos mal que no hacía mucho calor.

Así que a eso de las cuatro de la tarde, conseguimos llegar a nuestro bucólico destino b, o,c, o d, de piedra en piedra y de salto en salto, uy que me resbalo, y nos sentamos a disfrutar de nuestra deliciosa comida campestre, aunque si mucho líquido elemento. Desplegamos las tarteras y la hogaza, y dos minutos más tarde, empieza a llover. Primero flojito, y enseguida más fuerte. Como es verano, llueve, se empiezan a oir los truenos, y estamos en mitad del campo, precavidamente, decidimos levantar el campamento no vaya a ser que un mal rayo nos partiera en la arbolada zona en la que nos encontrábamos. Los tres minutos que nos costó recoger, fueron los suficientes para desatar la ira del cielo, y para cuando llegamos a la carretera nuevamente, aquello era el diluvio universal. En pantalones cortos, camiseta de tirantes y deportivas, con el agua congelada y una hogaza de pan colgada de una mochila, nos encaminamos hacia el centro del pueblo, a unos cuantos kilómetros de allí, con la intención de irnos a nuestra puta casa de una santa vez y acabar con la pesadilla. Y llovía. Y llovía. Y no paraba de llover. Las zapatillas encharcadas, las gotas caían con tanta fuerza que nos dolían, y andando por una carretera, el único sitio por el que podíamos movernos, con una visibilidad nula tanto para nosotras andado, como para cualquiera que condujera por ella. Gracias a dios las únicas tres gilipollas que andaban en ese momento por el pueblo y alrededores de la comarca, creo yo, éramos nosotras. Imaginaos la fuerza del agua que deshizo el nudo de la bolsa en la que iba nuestra hogaza y la vimos bajar haciendo surfing carretera abajo sin haberle dado siquiera un pequeño bocado.

Para cuando conseguimos llegar a la parada del autobús, éramos tres esperpentos a los que parecía que habían tirado a un pilón en las fiestas del pueblo. Recordamos nuestras toallas de playa, pero estas sólo sirvieron para proteger del agua las botellas de agua congeladas, ya que estaban más que empapadas. Y allí, subidas al banco típico que hay en las marquesinas de los autobuses pues el agua nos llegaba a los tobillos pero al menos no nos mojábamos la cabeza más, estuvimos una hora riéndonos histéricas por la situación, hasta que pasados esos sesenta minutos, llegó el autobús que nos devolvió nuevamente a la civilización con paraguas y alcantarillas de la que nunca debimos salir. Al día siguiente, cuando oímos la noticia del camping de Biescas, cierto escalofrío nos recorrió por doble motivo, uno porque había sido nuestro lugar de vacaciones escogido unos dias antes, y otro por lo vivido el día anterior, y es que aquella no fue una tormenta normal en ningún sitio.

Espero que a las chicas de Navacerrada les haya ido mejor que a nosotras.

 

 

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