Relato : La puta y el profesor (segunda parte)

 

Lo que ella desconocía era lo que sentía el profesor en realidad con esos encuentros. Todo había empezado demasiado casual, sin apenas planearlo. El primer domingo que quedaron, después de la clase, decidió salir a dar un paseo para despejarse. Al salir del portal, vio como se alejaban ella y su novio, y decidió tomar la misma dirección a una cierta distancia. Llegó con ellos hasta un parque, y les siguió a la parte más oscura de este, donde siempre guardando la distancia, observó como la pareja se proporcionaba placer. Dio una vuelta completa para acercarse sin ser visto, y a escasos metros de distancia, entre unos matorrales, pudo ver a su alumna a horcajadas sobre los muslos de aquel chico, presumiblemente su novio, con la camisa abierta y los pechos por fuera del sujetador pajeando a su novio mientras este se afanaba por hacer lo mismo con la mano metida en sus bragas  y restregándola por su coño. La escena le excitó tanto que no pudo más que sacarse la polla y desde su escondite, acompañar a la pareja en la búsqueda de sus placeres.  Ver a su alumna intentando desesperadamente buscar su orgasmo con sus caderas por la torpeza de su amante, y la cara de desilusión de esta cuando su novio se corrió en su mano y la pérdida de interés de este una vez descargado pese a que ella seguía frotándose como una perra en celo, le provocaron un orgasmo silencioso entre los arbustos.

 

Esperó a que la pareja se fuera para volver a su casa y acabar el domingo por la tarde como a él le gustaba acabar la semana para enfrentarse a la nueva, con una cerveza y una mamada por veinte euros en un bar de alterne cercano. Rutina adquirida desde hacía cinco años por recomendación del director, ya que para enfrentarse a las provocaciones de las adolescentes a las que les daba clase, era el mejor remedio. En todo este tiempo, apenas había cambiado su rutina; después de pedir la cerveza en la barra se dirigía a uno de los sillones oscuros donde una de las putas, le mamaba la polla hasta que se corría, le daba el último trago a su cerveza, pagaba y se iba. Tan sólo en época de exámenes o al principio de la primavera, cambiaba la cerveza por un whisky, su sillón por una habitación y la mamada por un polvo. Aquella tarde, se tomó tres cervezas servidas por tres señoritas diferentes.

 

Durante la semana prefirió no dirigirse apenas a ella durante las clases de rutina, aunque de vez en cuando se descubría a si mismo mirándola. Volvió a llegar la clase del domingo, y esta vez ambos estaban deseando que se acabara, cada uno por sus motivos; ella por ir con su novio al parque, y él para seguirlos. Tanto aquel domingo como el siguiente, volvió a disfrutar de su visión desde su rincón privilegiado de sus juegos de adolescentes, de las frustraciones de su alumna, de su cerveza y su mamada.

 

Y ya no le rondaba por la cabeza otra idea más que follársela y proporcionarle por fin el orgasmo que tanto buscaba. Aunque se la imaginaba por las noches acabando lo que el inútil  e inexperto de su novio no podía conseguir con sus propias manos, quería enseñarle lo que era un orgasmo provocado. Verla en clase le provocaba tal suplicio y obsesión, que al acabar tenía que encerrarse en el baño y masturbarse para poder continuar con la clase siguiente.

Llegó el domingo.  Durante todo el día planeó diferentes estrategias para acercarla a él sin que resultara forzoso, y al final optó por su mejor arma, la naturalidad. Aquella tarde, en formato juego, le propuso que se sentara en sus rodillas como si fuera un abuelo contándole a su nieta un cuento, aunque no había nada más lejos de su pensamiento que esa estampa precisamente. La sentó en sus rodillas, con la excusa de tenerla más cerca. El contacto de su sexo caliente a través de la pernera del pantalón, le hizo enloquecer de tal manera que estuvo a punto de perder el control y violarla sobre el sofá. Intentó concentrarse en la clase como siempre, pero su olor cercano, el calor sobre su pierna y su propio cuerpo no le permitieron controlar la erección, que al parecer ni siquiera importunó a su alumna pues se despidió con un beso por primera vez. En cuanto se quedó solo, se quitó los pantalones y acercándolos a su nariz por la zona donde ella había estado sentada, se masturbó furiosamente mientras los olía y lamía como un animal.

 

Aquella obsesión era demasiado peligrosa en varios sentidos y después de meditarlo toda la semana con la mano en la polla, decidió suspender la clase del domingo.

 

Después de colgar el teléfono y haber creído notar cierto tono de desilusión por parte de ella, se tumbó en la cama a pensar. Lejos de sopesar los pros y los contras, donde los segundos ganaban por goleada, no pudo parar de recordar en todos los momentos que había pasado esas últimas semanas y que le habían provocado un estado hormonal adolescente digno de estudio. Sin más, y haciendo caso omiso de si mismo, abrió su ficha del colegio en el ordenador y se masturbo repetidas veces observando su foto y recordando sus pequeños pechos botando frente a la cara equivocada.  Fue a media tarde, al cambiar su mano por la refrescante garganta de una puta, cuando se dio cuenta de que no podría luchar contra sus instintos y asumió, a la vez que se corría, que ya no podía dar marcha atrás.

 

Pese a ser consciente de su propia locura, decidió no luchar contra ella y apostar fuerte. El mismo lunes  le propuso recuperar la clase perdida, y ella aún inocente, aceptó encantada esa clase extra, más encantada de lo que debería estar a juzgar por su reacción a través de su camisa. Y si? … no, no creia que aquello fuera posible, aunque siempre había oído hablar de la erótica del profesor-alumno.  Tampoco se acababa de caer de un guindo, en todos su años de profesión había conocido varios casos de estos, y muy pocos acabaron en buen puerto. Quizás a estas alturas, empezaba a darle lo mismo y lo único en lo que podía pensar era en aquella chiquilla y su falda corta.

 

Nada más entrar en el apartamento notó que lo hacía de manera diferente; desprendía un halo menos cándido, como más segura. Al principio no se atrevió a proponerle el mismo método de estudio, pero fue ella misma quien se sentó sobre sus rodillas y pudo distinguir a través de la blusa sus rosados pezones, y que esta vez el calor que transmitía a su rodilla, era mucho más fuerte. Su polla luchaba ya por salir del pantalón, y es lo que hubiera hecho, pero prefirió posar la mano sobre el muslo de su alumna, tanto para contenerse como para mortificarse un poco más. Su mano poco a poco fue subiendo por el muslo, esperando cualquier reacción contraria por su parte, que acabaría rápidamente con el juego. Llegó hasta su coño, donde pensaba encontrarse con la tela húmeda de sus braguitas y recrearse con el tacto mientras intentaba declamar con gran esfuerzo; le faltó la respiración al notar que había accedido directamente a su clítoris, la pequeña guarrilla no llevaba bragas, y con la polla a punto de reventar, empezó a acariciarla lentamente, jugando con sus dedos resbaladizos entre tanta humedad, sabiendo lo que estaba haciendo, sentía su aliento pegado a su cuello y los pequeños jadeos que le indicaban que sin duda, la experiencia era un grado, pues nunca, y tenía constancia de ello, la había oido gemir asi en brazos de su novio. Sus caderas buscaban sus dedos, pero no le dejaban penetrarla, pensó que pese a sus horas en el parque, aún era virgen; fantaseó con el momento de follarla , aumentando su ritmo, hasta que notó como los pequeños espasmos del orgasmo atrapaban sus dedos y se empapaban con su primera corrida. Y él, sin ponerse una mano encima, la acompañó. Esperó su reacción sin mover un músculo, y el beso de despedida le animó a, una vez solo, sacarse la polla y volver a correrse esta vez, con los dedos que habían estado dentro de ella en su boca.

 

Al dia siguiente no se cortó y directamente le propuso repetir la clase, a lo que ella aceptó encantada. Durante su hora de estudio, le fue arrancando un orgasmo tras otro con el simple movimiento de sus dedos. Quiso sacarse la polla y que ella hiciera lo mismo, necesitaba sentir sus manos adolescentes apretándola, pero no quiso adelantar acontecimientos y dejarla disfrutar de su momento, además que le hubiera sido difícil desprenderse de los brazos que rodeaban su cuello sin desvanecerse del mismo placer.

 

Fue el domingo antes del examen, cuando, calculándolo por la hora y lo mojada que estaba, se presentó en su casa justo antes de su visita al puticlub habitual, casi sin mediar palabra, se bajó las bragas y agarrando su brazo, llevó la mano a su coño para que la acariciara. Y allí mismo, de pie frente a la puerta, se corrió sujeta a su brazo, se subió las bragas y se marchó. Aquella noche necesitó algo más de tres whiskys para calmarse.

 

 

 

 

—-

 

Fue un año más tarde, después de dejar el instituto, cuando volvieron a reencontrarse una noche en un bar. Ambos se saludaron muy cordialmente, quizás envalentonados por el alcohol que ya corría por sus venas en ese momento de la noche. Ella estaba de celebración con unos amigos del nuevo instituto, y él de tertulia con otros profesores. Se alegraron de verse, y se pusieron al día como viejos amigos. Después de intercambiar los teléfonos, cada uno volvió con su grupo.

 

Aquel encuentro le había traido viejos recuerdos. Pese a que su novio se había espabilado en esos últimos meses y ya no sólo conseguía arrancarle orgasmos con los dedos si no también con la boca, no pudo evitar recordar su primera petit morte en sus brazos. Excitada y algo borracha, pensó en proponerle repetir aquel momento. Le buscó por el bar, pero no lo encontró. Encegada por sus ganas y el alcohol, se despidió de sus amigos y fue en su busca, podría encontrarle en su casa y si no, esperarle en el portal. No estaba lejos del bar, así que se fue caminando y de paso aprovechaba para despejarse un poco. Le vio parado en el cajero de la esquina de su misma calle.

 

Hola- Le dijo nerviosa- ¿Que haces?

Sacar dinero- contestó él sin mirarla

¿Para?- insistió ella.

Irme de putas.

 

Aquella contestación la dejó completamente descolocada. Por un lado se sintió humillada, y por otra, tremendamente celosa.  El se volvió recogiendo el dinero del cajero, le dio un beso en la frente y siguió su camino.

 

¡Espera! – se descubrió gritando ella- quizás esta noche puedas follar gratis.

 

Su profesor se paró en seco. Despacio, se giró hacia ella y después de vacilar unos segundos, se acercó a su lado.

 

No voy a follar, quiero que me la chupen.

 

Sin pensarlo dos veces se arrodilló en el suelo, al tiempo que buscaba la bragueta de su profesor. Este ni siquiera movió un músculo al notar la mano de su ex alumna buscando su verga dentro de los calzoncillos, a la que hábilmente accedió enseguida. Y es que aquello sabía hacerlo muy bien. Desde hacía unos meses, cansados de las pajas del parque, su novio y ella comenzaron a practicarse sexo oral mutuamente. Desde entonces su relación había mejorado bastante, ya que él había preferido dejar sus quehaceres del sábado por la tarde por una buena mamada, por lo que los dos días del fin de semana practicaban sin parar. El, en su torpeza habitual rara vez conseguía que tuviera un orgasmo con el simple jugueteo de su lengua, pero había aprendido, no sólo a compensarlo con sus propios dedos mientras de la mamaba a él, si no que había conseguido a base de arcadas aprender a tragarse entera la polla de su novio, que solía eyacular feliz al fondo de su garganta. Había dos cosas que le encantaban de hacer mamadas : el sabor del semen y que le follaran la boca. Cuando su regla coincidía en fin de semana, para no dejar a su chico sin desfogarse, este la tumbaba sobre la cama con un par de almohadones bajo la cabeza y a horcajadas sobre su pecho, iniciaba un movimiento de mete-saca, acelerando lentamente el ritmo hasta que acababa agarrando su cabeza con fuerza a un ritmo salvaje y eyaculando en su boca. Esas dotes de garganta profunda también le habían servido para aprobar un par de asignaturas en su nuevo instituto.

La polla que tenía en este momento en la boca, en mitad de la acera aquella madrugada, era más gruesa que la de su novio pero un poco menos larga. No era la polla más vieja que se había comido, su profesor de matemáticas rondaba la jubilación y en cuanto a la asignatura, era un hueso dificil de roer. El otro hueso, se derretía con su lengua tres veces por semana durante la hora del recreo en el baño de profesores. Esta vez no necesitaba comerse una polla ni por compromiso ni por un aprobado, lo estaba haciendo verdaderamente por gusto. Se bajó las bragas hasta las rodillas y siguió trangándose la verga de su ex profesor con los dedos jugueteando en su coño hasta que este se corrió en su boca agarrándola del pelo.

 

¿Te ha gustado? – le preguntó después de enseñarle la corrida en su boca y tragársela como tantas veces había visto en las pornos

No ha estado mal, aunque normalmente me suelo tomar una cerveza mientras- sacó de su bolsillo los veinte euros que minutos antes había sacado del cajero, se los tiró y se fue.

 

Ella se quedó sentada en el suelo, con las bragas en las rodillas, entre humillada y super cachonda. No le había dado tiempo a correrse durante la mamada, y aquella reacción, tratándola como una puta, la enervaba. Pero a la vez le excitaba. Y mirando el billete, con su mano aún acariciando su clítoris, se corrió sentada en la acera.

 

 

Que vienes, a por viente más ? Le preguntó él nada más abrir la puerta de su casa y verla, un día después de lo acontecido.

 

Continuará…

 

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