Hotel con morbo. Y actualización.

Vale, el título del post es un poco extraño pero si seguís leyendo le encontraréis una lógica.

Debe ser por deformación, y porque casi siempre me he echado amantes que vivian en una ciudad diferente a la mía (hija, con lo cómodo y práctico que sería tenerlo a la vuelta de la esquina como quien dice, que ganas de complicarte la vida), que siento cierta atracción morbosa hacia los hoteles, da igual la categoría y la situación, siempre me suelen llamar la atención como sitio para encuentros fugaces y polvos salvajes. Suelo pensar si está bien situado, en como serían las habitaciones y la discreción del lugar y ese tipo de cosas, aunque ya no les de uso, se me ha debido de quedar la manía, o que el cuerpo me pide escribir una guía de hoteles, vayan ustedes a saber.

El verano pasado, camino de una tienda para arreglar la depuradora de la piscina descubrí un hotelito al pie de la carretera (tienda a la que tuvimos que ir varias veces hasta que dimos con lo que pasaba, por lo que me dio tiempo a fijarme varias veces en el edificio), que me llamó especialmente la atención.

Es un edificio de unos cuatro pisos de alto, no más, con cinco (creo) habitaciones por planta (al menos es lo que se ve desde la carretera), todas ellas con terraza con vistas directas a la nacional V, pintado de un color amarillo setentero total, y una sordidez en su estampa natural que me atrajo enseguida.

Y me puse a imaginar como sería por dentro. Pensé que el cutrerío exterior continuaba en el interior, con una recepción con mostrador de madera y tipo desaliñado como conserje, con los típicos cajetines con las llaves de las habitaciones a su espalda, y las llaves, por supuesto, de cerradura de toda la vida y con el número escrito enn un enorme círculo de corcho sujeto a esta con la típica cadena de eslabones como la del tapón de la bañera.

Me imaginé que las habitaciones tendrían aún el papel pintado que resultaba elegante en la década que se inauguró, y que los muebles de esta seguirían siendo los mismos: la cama con el cabecero de hierro desgastado por el roce de las manos de los amantes al agarrarse mientras recibían sus correspondientes y deseadas embestidas, acompañadas siempre por un débil chirrido del somier que años de tres en uno no habían podido paliar; me imaginaba una mesa bajo un espejo, también desgastado por el paso del tiempo, donde sarcásticamente hay unos folios con el membrete del hotel, por si en vez de follar te da por escribir epístolas; tan solo una silla y un pequeño sillón, forrados con skay verde botella y algún que otro remiendo que deja asomar la guata que los rellena, conforman la decoración de la habitación. Detrás de una puerta cerrada, con el pomo un poco pasado de rosca, estaría el baño, con un pestillo tan desgastado que es casi mejor no usarlo por si te quedas encerrado dentro, y sus sanitarios de ese color verde militar que conjunta tanto con los muebles de la habitación y el ambiente del lugar.

Este miércoles, de camino a donde he pasado la Semana Santa, volví a pasar por la puerta del motel. Habían pintado la fachada, ahora es de color salmón (o no, soy muy mala para la gama de colores rara, yo veo en CMYK) , y habían colocado en cada terraza un toldo de color marrón, de esos de tienda de ultramarinos, con una página web, presumiblemente del hostal en el frente. Así que decidí buscarla, cuando llegara a mi destino, y escribir este post.

Como aún me quedaban 600 km de viaje, tuve el tiempo suficiente esta vez para imaginarme el tipo de clientela que podría tener. Como no está cerca de ningún restaurante ni gasolinera,no lo veía como un sito de putas y camioneros especialmente, no saltaba a la vista como en otros casos que todos hemos visto alguna vez. Me imaginé entonces que los clientes serían parejas con confianza entre sí, amantes desde hace muchos años, el jefe con su secretaria, o el jefe con cualquier otra empleada, un sitio para polvos de desprecio, de “te voy a follar pero no pienso gastarme más de lo necesario, y no te follo en el coche para no dejar rastros, que es de mi mujer”, o polvos de amantes desde hace muchos años que no buscan tanto el lugar como si el follar, o amantes con extrañas perversiones que llamarían demasiado la atención en un hotel de cinco estrellas… nada de parejas convencionales que se acaban de conocer ni de ciberamantes que pasan a la fase terrenal.

Busqué la web en cuanto pude, entre otras cosas para ver si encontraba una foto del lugar para acompañar este post, y aún no está construida. El de los toldos se adelantó, por lo que veo. Recuerdo, de repente, que el verano pasado ese motel tenía otro nombre que no era el mismo que el de la web, y lo busco por ese (no lo voy a decir, ahora sabréis porqué), pero tampoco encuentro la foto. Eso si, me entero de que lo cerraron en el mes de Marzo por ser un prostíbulo donde timaban a los clientes clonando sus tarjetas de crédito. A tomar por culo mi descripción bucólica del sitio, era un puticlub si o si. Y lo han reabierto como lupanar nuevamente con otro nombre, porque la estatua de la tia despatarrada sobre la puerta, no deja lugar a dudas, que lo he visto esta tarde a la vuelta.

Pues vaya. A tomar por culo fantasía.

2 thoughts on “Hotel con morbo. Y actualización.

  1. Qué manera de fastidiar las fantasias por Dios!!!! Pero bueno, puedes seguir fantaseando a pesar de lo que sabes, creo que el lugar se lo merece…
    Un beso Guapa

  2. El famoso conejo de la suerte. Nunca he entrado, pero su entrada le delata. De todas formas, imaginar es la única forma de libertad que nunca te podrán quitar.

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