Churros y Anís (IV) : Los zapatos nuevos de la vecina.

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Antes de que os metáis la mano en el pantalón, dos cosas : La primera es que estoy contentísima por algo que no os puedo contar aún pero que haré (pues no soy pesada) y aunque tenía pensado guardar este relato para un poco más adelante, creo que va a ser mi manera de morderme la lengua para no empezar a dar la turra con lo feliz que estoy ahora mismo. No estoy embarazada, no j*d*m*s. 

La segunda es que como dije en un comentario hace poco, la foto que encabeza este post fue la originaria de toda la saga Churros y Anís ( a la que creo que le quedarán un par de relatos). Lo que puede dar de si una foto a veces, señora. 

 

Si había algo que le gustaba de verdad, era la llegada de la hora de cierre de la zapatería en la que trabajaba. No solo por el hecho de acabar la jornada, como todos, si no porque cada noche seguía el mismo ritual.

A las ocho y media en punto bajaba el cierre de la tienda, apagaba las luces de los escaparates y se dirigía a la trastienda, donde le esperaban divididos en dos montones, las cajas de los zapatos para colocarlas en las estanterías, tanto por limpieza y orden como para facilitarse la búsqueda al día siguiente. Empezaba siempre por el montón de la derecha, que rápidamente ubicaba en su correspondiente lugar.

Para el de la izquierda, sin embargo, se tomaba algo más de tiempo: comprobaba nuevamente que al puerta de la tienda estuviese cerrada, apagaba todas las luces de esta menos una, se desnudaba por completo dejando la ropa en alguno de los sofás donde la gente se sentaba a probarse el calzado, y se dirigía excitada y nerviosa hasta esa segunda clasificación,que dependiendo del día, llegaba a alcanzar los 7 pares.

Ese día lo conformaba tres pares solamente. Sabía lo que significaba, poca gente y en consecuencia, pocas ventas. Pero en realidad le importaba poco en ese momento, mientras se sentaba desnuda en el suelo de la tienda tan solo iluminada por la luz que provenía de la parte de atrás, y desplegaba sobre la moqueta los zapatos elegidos del día: unas botas de cebra blancas, unas deportivas y unos zapatos de caballero.

Recordaba perfectamente a la chavalita que le había pedido las botas, quizás porque había sido la primera clienta del día; Llevaba unos vaqueros puestos, deportivas y un anorak, cargada de bolsas pese a ser primera hora de la mañana. Le preguntó por algunas botas “de animales”, y ella le había sacado unos cuantos modelos: tigre, guepardo, cebra.. La chica sacó de una de las bolsas una minifalda, y le preguntó si se podía cambiar para ver como le quedaban; asintió con la cabeza, y antes de poder hablar y decirle que pasara a la trastienda, la muchacha se estaba bajando los pantalones delante suyo y quedándose en tanga en mitad de la tienda, se puso la falda.

Empezó a tocarse mientras recordaba el culo perfecto de la chica frente a su cara mientras se acomodaba la falda; le hubiese encantado agarrar sus nalgas y hundirle la lengua en el culo; rememoraba como se sentó para probarse las botas con las piernas ligeramente entre abiertas y cómo desde su posición podía ver el triángulo de su tanga, que le hubiese encantado empapar con su saliva; la seguía con la vista cada vez que se ponía de pie para mirarse en el espejo, soñando con que a la vuelta pasase cerca suyo y poder mirar debajo de su falda. Se puso hasta un pelín celosa al pensar en aquella chica con su falda y sus botas nuevas apoyada sobre el capó de un coche mientras su rollete de turno se la folla sin fijarse en su nuevo conjunto; ella sin embargo la sentaría en el sofá, cogería sus piernas enfundadas en las botas y las lamería, despacio, prestándole especial atención al tacón, ese tacón que se está metiendo por el coño mientras piensa en la chavala, en hundirle la lengua entre las piernas y lamer hasta empaparle el tanga, sentir como el tacto de la tela se va deshaciendo entre sus labios, tener que usar los dedos para despegarle el tanga del clítoris y poder lamerlo…

Ha dejado las botas empapadas de restregárselas por el coño. Las lame para limpiarlas, le encanta el sabor de su coño mezclado con el del cuero y además sabe que su saliva es el mejor betún para dejarlas como nuevas.

Siente como le palpita el coño y se muere de ganas de correrse, pero aún tiene dos cajas de zapatos y desea disfrutar de ellas.

Abre la segunda caja. Son unas zapatillas de deporte. Se las había probado un tío de unos treinta y tantos vestido de ciclista. Fue inevitable mirarle a la entrepierna con esos pantalones. Tampoco pudo evitar relamerse inconscientemente cuando se fijó bien en aquella polla gorda marcada por la licra. Pese a que no era necesario, le ayudó a probarse las zapatillas para estar más cerca de aquel rabo, albergando la esperanza de que el tipo al ponerse de pie le rozara sin querer la cara con su paquete. Le hubiese gustado estar como ahora, desnuda, subirse sobre él y frotar su coño empapado por la polla del deportista, quería comprobar cuanto podría dar de si la licra… le hubiese gustado  montar al ciclista. O ser su bicicleta. Lo que fuese por tener su deseable morcilla dentro.

La tercera caja, realmente no pertenecía a nadie en especial, solo le habían gustado los zapatos. Al sacarlos de la caja por pirmera vez para probárselos a la clienta, se imaginó con ellos puestos y deseó, como así fue, que ella no se los llevara. Y ahí estaba, pasando su lengua por el tacón sin dejar de acariciarse el clítoris pensando en el uso que les iba a dar: bien podía meter la ropa en su bolso y volverse a casa desnuda bajo el abrigo solo con los zapatos puestos; con un poco de suerte, desabrochando el abrigo y dejándose manosear un poco por el taxista, conseguía la carrera gratis y le servía de precalentamiento, innecesario por otra parte, para esperar desnuda a su compañera de piso y pedirle que se la follase con el arnés hasta que se durmiese, cosa que la lesbiana de su compi hacía encantada cada vez que se lo pedía, o bien cambiarse de ropa, calzarse los tacones y estrenarlos con alguien “de verdad”. Pero estando a principios de semana, se arriesgaba a acabar follando con cualquier parroquiano del bar en elq ue parara a tomarse unas cañas. Que si lo dejaba para el fin de semana ocurriría lo mismo, pero con luces estroboscópicas.

Prefirió volverse a casa y dejarse querer por su compañera. Sabía que con eso era un pocoo hija de puta a veces, pero la otra también sabía lo que había: ni se iba a enamorar de ella, ni a renunciar a las pollas por mucho que le jodiese volver a casa del gimnasio en el que curraba y oir unos gemidos masculinos a través de la puerta de su dormitorio. Pero luego le compensaba dejándola que se duchara con ella y acabase lo que los otros algunas veces no era capaces de terminar. También sabía que ella conocía que muchos de aquellos hombres no eran sus rolletes, si no clientes, pero lo aceptaba y nunca comentó nada. Le gustaba como le cuidaba desinteresadamente o quizás sin saberlo, pero se sentía protegida por ella, y siempre que podía se lo agradecía, muchas noches que la oía masturbarse en su habitación corría a su cama para sustituir el vibrador por su lengua y arrancarle un “de nada” a su agradecimiento con un orgasmo…Nunca le había visto con otra mujer en casa, pero suponía que por su trabajo era mucho más cómodo y rápido comerse un coño en las duchas del gimnasio que hacer el paripé para conseguir traerla a casa. Y aunque se la imaginaba en el baño frotándose con tras mujeres o incluso secándoles el sudor a las jugadoras de paddle a lo Emmanuelle y se excitaba, sabía que nunca podría ser lesbiana porque no sentía celos de lo que hiciese fuera de casa. Ahora en lo único que pensaba era en llegar a casa, abrir una botella de vino y que se la follara. Que no dejase de follarla. Mientras hacen la cena, sobre la encimera de la cocina. Durante la cena, sentada sobre ella, ensartada en su polla de goma; el postre, lo comería de su boca; fregaría los platos al compás de sus embestidas, beberán más vino en el sofá, sentada sobre sus piernas, le contará como ha ido el día, que está tan cachonda por culpa de una niñata y un ciclista mientras ella le va acariciando el clítoris y le pide que le cuente más, y le rconocerá que ha tenido que hacerle una paja al taxista que le ha traido de vuelta a casa, y ella le recriminará lo puta y vaga que es y que se coja el metro  retorciéndole los pezones, y sabe que se morirá del gusto; y ella comenzará el juego y se disculparaá, se agachará entre sus piernas apartando el arnés y le comerá el coño gustosamente a su compi; intentará como siempre meterle algún dedo a su falofóbica amiga, que como siempre se retrocerá quejándose y le hundirá más la cabeza en su coño como castigo; y seguirá lamiendo y lamiendo hasta que se corra en su cara porque en el fondo, a su manera, la quiere mucho; y porque le interesa tenerla contenta para que siga follándosela toda la noche… le dará igual si se fija en sus zapatos nuevos.

 

3 thoughts on “Churros y Anís (IV) : Los zapatos nuevos de la vecina.

  1. Te aseguro yo que las zapateras no son así, pero es una aproximación a como me gustaría que a veces se comportara la que conozco

    Pero oye, lo que da de si una foto 😀

  2. Yo creo que al relato no le falta nada, quizas una mayor dosis de excitación y calentura, aunque parezca imposible

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