Relato: La Sommelier de vibradores (parte I)

Introducción: 

La semana pasada estaba en un estado de revolución que no era normal. O sea sí, pero esta vez era bestial. Tenía la cabeza super aturullada de cosas y un montón de neuronas hooligan que sólo decían “sexo, sexo, pajas, cochinadas, danos caña” y tenía que tranquilizarlas, claro, así que me puse a escribir. Y lo que pasa. O me pasa a mi sola, me da igual, que empiezo a escribir, mi cabeza va más rápida que mis dedos, me pongo cachondísima por lo que mi cabeza sigue yendo más rápida que mis dedos (y más ya a estas alturas que empiezo a escribir con una sola mano y nunca una frase seguida), y empiezo a pensar “no te dejes llevar por el placer jodida y sigue escribiendo” pero las Hooligan están ya hiper exaltadas follándose unas a otras y al final me convenzo de que es mejor correrme y acabar la escena en mi cabeza y luego escribirlo porque si no, de acabarlo, nada. Y pasado un rato, después del cigarrito (a ver, no sé vosotros, pero yo después de hacerme una paja no puedo escribir porque no me dan los dedos con las teclas, que no sé si a los tíos os pasa porque los movimientos son diferentes, pero yo me dejo la mano al borde del síndrome del túnel carpiano y de codo de tenista si es la primera del día) Porque claro, ante este estado de salidez, estuve de sábado a miércoles como un mandril, que me tuve que pintar las uñas tres veces esa semana (esta por lo que veo, estoy basta con ganas, jajaja)

Resumiendo, pesada, que es una introducción. Como me mola la historia, a vosotros espero que también, sólo seguiré escribiéndola cuando los niveles de salidez sean los propicios. Tranquilos, es una semana sí y otra no, no tardará la segunda parte. 

 

 

Tengo que comprar más crema. No sé cómo he llegado hasta aquí. Bueno, sí lo sé, por no saber decir que no. Bueno, sí lo digo, cuando me interesa. Pero esta vez me ha podido más la gula. La lujuria, querida, no te líes con los pecados.

 

Es que es tan mono. Y me da tanto morbo. Vale que es vecino de toda la vida y nos hemos visto crecer y hemos estado muchos años sin hacernos ni puto caso hasta que se ha divorciado y vuelto a casa de sus padres, pero los dos tenemos muchas ganas de follar. Y me entró tan torpe, de esa manera tan desesperada de “hola, estoy en el mercado otra vez” con su “hola vecinita cuánto tiempo” en los buzones que me conquistó. Bueno vale, vi intuí un polvo fácil con un vecino cuando a los dos segundos de contestarle “bien, ¿y tú?” me soltó lo de su divorcio. Hice como que me interesaba mucho la historia para ver hasta que punto era follable y no un traumas con el que manchar las sábanas blancas pero de otra manera. Y resultó de los buenos, de los que con un whatsapp “¿Subes?” lo tienes calentito en la puerta.

 

A ver, tampoco empezamos así tan a saco. Que yo ya sabía que me lo iba a follar desde ese primer encuentro, pues sí, pero él no.

Todo fue por culpa del pladur.

Trabajo como supervisora juguetes eróticos para un fabricante líder en el sector. O sea, mi trabajo consta en hacerme pajas con juguetitos que me mandan y contar si me gustan o no y qué cambiaría. Trabajo tan honorable como cualquier otro y muchísimo más divertido.

Cada lunes por la mañana el repartidor me trae los artefactos a probar durante la semana. Todos son prototipos, y yo elijo el que más me gusta. Product Management Noséquepollas será en inglés, digo yo.   Así que los saco de la caja, los selecciono, uno para cada día de la semana, y me pongo a trabajar. Suelo “probarlos” unas cuatro veces para asegurarme de que las sensaciones recibidas son las correctas. Soy muy profesional. Podríamos decir que tengo una media de 28 orgasmos a la semana, más añadidos cuando toca. Porque igual que no solo de vibraciones vive una lavadora, tampoco lo hace una mujer. Y de vez en cuando mola cambiar el látex por carne real y que sea él el que empuje y no una.

Hay semanas que recibo más productos que días hay, por lo que acabo echando mano de una amiga muy dispuesta que tengo. Como no podemos sacar los prototipos a la calle por contrato, viene a masturbarse a mi casa. Porque sí, eso es lo que viene a hacer. Y a mi me encanta oírla gemir a través de la pared. He de reconocer que alguna vez haya podido dar a algún juguetito una calificación más alta de lo que debiera debido al estimulo externo que supone escucharla disfrutar. Entonces suelo correrme yo primero y colarme en la habitación a observarla. Me gusta ver cómo se le iluminan los ojos y sonríe cuando me ve aparecer. Me encanta observarla unos segundos desde la puerta, sudorosa y mojada, brillante de la cabeza a los pies, antes de señalarme que me tumbe a su lado. Me gusta besarla y pellizcarle los pezones mientras sus manos siguen ocupadas. Adoro cuando me busca la mano para que sea yo quien me encargue del juguetito y ella pueda centrarse en su clítoris, me gusta que sus dedos se enreden con los míos sobre su coño y que me empape, y cómo arquea su espalda y grita cuando por fin llega el orgasmo. Me gusta como me para la mano mientras se coloca en posición fetal hacia mi, jadeando y suspirando. Me encanta saber que con eso lo que quiere es que moje mis dedos en su coño y lentamente los vaya metiendo en su culito. Así es como se relaja después de un orgasmo, detalle que me parece encantador, porque la prepara para el siguiente.

Nuestra relación “probatoria” comenzó hace unos meses, una noche de juerga. Hacía poco que había empezado a trabajar en esto, y me apasionaba tanto contando las cosas que había probado que llegaba a transmitir mi pasión por las pililas a pilas a mis amigas. Una noche de risas comenté que me había llegado un arnés para probar, y ella, entre más risas, se ofreció voluntaria. Después de varias copas, formalizó su petición proponiéndome al oído si nos íbamos a trabajar un poco a mi casa.

Y sería el alcohol, o la desinhibición, o el probar algo nuevo que allí acabamos, desnudas sobre mi cama intercambiando el arnés para follarnos mutuamente con él. Creo que pasaron horas porque tengo grabada la imagen del sol entrando por la ventana mientras botaba sobre mí, una imagen preciosa que he utilizado para otros “momentos de trabajo”, pero aquella noche fue tan maravillosa y profesional a la vez que le propuse, mientras desayunábamos, que colaborara conmigo cuando quisiese y pudiese.

 

Hace cuestión de un mes, recibí una de las joyas de la corona del mundo masturbatorio femenino, un Sybian, la máquina arranca orgasmos por excelencia, con diferentes accesorios a probar (en eso consistía mi trabajo, descartar cuáles se quedaban y los que no) y lejos de amedrentarse, habían incluido 50 de estos aceesorios. No se si estaba más cachonda o aterrorizada. Esta vez, por suerte, contaba con dos semanas para entregar el estudio, y los muy cachondos habían añadido un bote de dos litros de lubricante como extra. Dos litros. Ya sólo coger el bote y ver todo aquello desplegado sobre mi cama me estaba volviendo loca de ganas de probarlo.

Mierda, el enchufe.

Desde mi cama no era posible darle corriente al aparato más que nada porque no había ningún enchufe en la habitación (sí, y digo había…) así que tuve que trasladar todo el invento al salón, donde con ayuda de un alargador conseguí ponerlo en funcionamiento.

Guau. Eso pasaba de cero a martillo percutor en décimas de segundo gracias al regulador. Y aún estaba de pie, a su lado, sin probarlo. Y tenía tantos accesorios como Grey sombras para divertirme. Y dos litros de lubricante.

En seguida pensé en ella. No estaría mal que me echara una mano, 25 cada una. Me estaba poniendo cachondísima imaginándola corriéndose dos docenas veces para mi, y después meter mi cabeza entre sus piernas y aliviar con mi lengua sus labios hinchados del esfuerzo…

Tenía tantas ganas de desnudarla yo misma, sentir su piel excitada más por el deseo de probarlo que por mi contacto, sus risas y comentarios al principio y sus “más, más” entre gemidos del final, que tanto me gustan, que acabé siendo yo la que se desnudó e inauguró el juguetito casi inconscientemente, sin dejar de pensar en ella.

Con las cortinas abiertas y en mitad del salón. Al vecino del edificio de enfrente le faltó aplaudir, cosa que hubiese hecho si no tuviera una de las manos ocupadas. Morbo aparte, necesitaba un enchufe en mi dormitorio para tener un lugar más íntimo y poder ponerlo en la cama, que con el roce del suelo iba a acabar con las rodillas peladas como en el colegio (y por diferentes motivos, claro está)

 

¿Dónde encontraba un electricista un lunes a las 9 de la mañana para que me pusiera un enchufe ya, ya ya? ¿Vecino encontradizo quizás?

Encantado de la vida se ofreció presto a echarme una mano. Mientras iba a la ferretería, aproveché para darme una ducha. Verle la cara cuando entró en el piso y vio aquel despliegue de medios, no tuvo precio. Como hombre, sabía de sobra de qué se trataba el artilugio que había en mitad del salón, y si no podría darle una pista los cuarenta y nueve accesorios que había desplegados sobre el sofá. El que faltaba aún estaba puesto en el Sybian, con ese brillo especial que toman ciertas cosas cuando son usadas.

Pasó a la habitación, colocó el enchufe después de pasarse un rato liado con los cables mientras le observaba desde la cama. Que podíamos haber montado el típico numerito de peli porno como agradecimiento, pues sí, pero acababa de correrme con una increíble máquina y no tenía muchas ganas de tratar con humanos y sus erecciones. No se lo dije así , bueno, sí, en parte, hasta que me acababa de correr y no me apetecía follar, pero lo arreglé dándole mi número para quedar en cualquier otro momento que nos apeteciera y hacerlo.

Pero a quién sí quería contárselo corriendo era a mi amiga, tanto por la emoción del momento como por su ayuda profesional. Y porque me apetecía mucho tener algo de contacto carnal y compañía ,y porque después de corrernos podíamos sentarnos a comernos una tarrina de helado sin mirarnos raro.

 

Aceptó la proposición encantada. Tanto que se cogió un par de días libres en el curro para dedicarlos a fondo antes del fin de semana. Y se plantó en mi casa con una maletita y una botella de champán para ambientarnos. Iban a prometer esas 48 horas.

El brillo de sus ojos al ver todo el surtido se acentuó con sus pezones endurecidos, marcados a través de la ropa.

¿Cómo lo íbamos a hacer? ¿Las dos juntas esperando turno como en la pescadería? ¿Una viendo la tele y la otra masturbándose en la habitación de al lado?

Mientras yo pensaba eso, ella ya se había desnudado, encontrado el bote de lubricante y estaba eligiendo cuál probar. Y a mi verla me estaba poniendo cerdísima, así que cerré las cortinas esta vez y la dejé disfrutar en mitad del salón, observándola divertida y a la vez tragando saliva porque aquel espectáculo me estaba poniendo más cachonda de lo que pensaba, y a este paso no iba a necesitar tanto lubricante como pensaba. Gritó tanto cuando subió la potencia al máximo de la máquina que tuve que levantarme a taparle la boca y que no se enterara todo el vecindario de su orgasmo. Su cuerpo más que temblar convulsionaba y su saliva impregnaba mis dedos. Como en un arrebato se desmontó, quitó el mismo accesorio que había usado y se lo metió por el culo ante mi sorpresa, se pelizcó muy fuerte el clítoris y volvió a correrse como segundos antes, esta vez ahogando el grito con su propio brazo. Yo creo que también me corrí, o esa sensación tuve, al ver todo aquello.

Mientras desayunábamos, me contó, ya que supuso que se lo vería hacer varias veces a lo largo de estos días, que el culpable de que sus orgasmos no fueran del todo maravillosos si no acababan en sexo anal. Al parecer, aquel torpe joven inexperto y con poca luz y atine, más la timidez de mi amiga con aquella edad y la preocupación de que el muchacho se enfadara, tenía bastante tendencia a equivocarse de agujero a la hora del coito fugaz adolescente, y ella por no quejarse acabó cogiéndole el gustillo y placer al sexo anal, que ayudado por su propia mano y su clítoris, lo convirtió en algo imprescindible en su vida. Tanto, que en las relaciones siguientes no consiguió disfrutar tanto con la penetración vaginal como con la otra. Así que para qué sufrir y auto convencerse de otra cosa, si le gustaba el sexo anal disfrutaría a tope de él. Y hasta el momento no había encontrado queja en ninguno de sus polvos cuando les pedía casi suplicando que acabaran en su culo.

La verdad es que imaginarla con un tío me dio tanto morbo como celos. Que creo que no soy lesbiana, pero esta mujer me pone tan cachonda que sólo pienso en estar todo el día con ella en la cama follándomela.

Decidimos que debido a la gran potencia de la máquina y los orgasmos tan salvajes que nos arrancaba, el usarlo una vez cada una para darnos tiempo a recuperarnos.

Entonces me tocaba a mi. Trasladamos el invento a la cama pues acordamos que el salón no era el sitio apropiado y mucho menos el suelo, que ambas teníamos ya las rodillas rojas y aquello no había hecho más que empezar.

La verdad es que empezaba a necesitar mi turno ya. Tanta estimulación visual directa como imaginativa , me tenían la cabeza y la entrepierna severamente trastocadas. Pero al sentarme sobre nuestro potro amatorio, la imagen que me vino a la cabeza fue la del vecino de enfrente, mirando desde su terraza. Vaya, me había dado más morbo que vergüenza o indignación. Realmente indignarme no debía, si me pongo en su campo visual no es mi problema y vergüenza….realmente poca. ¿Desde la cama también me vería? No dejaba de moverme sobre el sybian sin dejar de mirar las cortinas, cerradas, aunque lo suficientemente transparentes para ver el exterior de día. No estaba. No sabía porqué le apetecía realmente que estuviera. Me gustó cómo me había mirado ese tío, pese a que sólo lo vi unos segundos al darme cuenta que me observaba. Estaba en pleno orgasmo cuando se abrió la puerta de la habitación y apareció ella, que esta vez no consiguió enturbiar la presencia del hombre de la ventana en mi cabeza.

 

Continuará…

2 thoughts on “Relato: La Sommelier de vibradores (parte I)

  1. Ya no sé si decirte “maravilloso” ..etc etc… De ahora en más nada!!! O comentarios ad hoc , como este : empecé a leer el post y lo vinculé con una técnica para vencer la famosa “pagina en blanco” que parece ser el terror de los escritores (aparte de que se les terminen los cigarrillos o la ginebra… ah .. bueh .. esos son los Bukowskianos) . Este método me lo pasó Enrique Simms, un periodista escritor de esos que se bañan menos que los gatos, pero es para varones. La cosa es asi: uno va al baño, y dejando expuesta la maquina genito-hidraulica se comienza a trabajar, inspiracion en recuerdos-nada de “lechuguitas” (revistas xxx) , el asunto va y va y va y justo antes del acantilado ….. freno!!!. Bueno, se suben las ropas, un lavado de manos, luego el escritor se sienta en su teclado y al cabo de unos …. 5 minutos o 10 …. FLASHHHH!!!!!!! la creatividad inunda los hemisferios del cerebro. Pero creo que vos no podes con esto …. igual que yo … jejeje. Telon

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