Porqué me gustan… Los látigos

Desde pequeña me ha gustado pegar a la gente en el culo. Cuando jugaba a las profesoras, siempre me pedía serlo, claro, y mis castigos consistían en sentar en mis rodillas a la infractora (fui a un colegio de monjas, sólo jugaba con niñas) y darles una buena tunda. Tampoco recuerdo que ninguna se quejara. O si jugábamos a los médicos, siempre me pedía poner las inyecciones. Y entonces hasta se bajaban las bragas a medio muslo. Y yo les ponía la inyección, que solía consistir en pincharles con una ramita en el culo, y según escribo esto recuerdo lo que me gustaba hundir el palo en el glúteo tan carnoso y el punto que dejaba marcado en él. También creo que de ahí viene que vea una tía con las bragas a mitad de muslo ( no valen tobillos ni pantorrillas) y que me ponga cardiaca perdida sea quien sea la interfecta. Con los tíos no me pasa, que curioso. O sea, me encanta azotar tíos, pero esa imagen en sí ni me va ni me viene especialmente.

Fue ya bastante más mayor, cumplida la mayoría de edad, los 21 incluso, cuando me compré mi primer látigo. Siempre había querido tener uno, pero mi madre estaba hasta los huevos de mis goticadas y fue ya independizada cuando lo compré. De 7 colas, como manda la tradición. De cuero. Trenzado, para que pique un poco más. Aún lo tengo, claro. Me acuerdo de con quién lo estrené. Si lo miro “sentimentalmente”, no es de las personas de las que mejor recuerdo guardo (de hecho me ha costado un buen rato dar con quién fue), pero recuerdo que fue divertido. Al menos para mi. Le había conocido por una equivocación telefónica, yo me equivoco de número y le llamo a él, me vacila un poco y la “hotest” voz que me ha dado dios, hicieron el resto. Bueno, y la predisposición y el aburrimiento y todas esas cosas. Pero él era bastante gilipollas y crecidito, y como cuarentañero recién divorciado no se había visto en una más grande que la veinteañera vacilona. Y yo creo que si le digo que lo que me gusta es follar con el increíble Hulk, se pinta de verde. No voy a dar una pista de quién era porque dos de vosotros lectores maños, vais a sacar muy rápido de quién se trata, que era bastante conocido en mañolandia, aunque de eso me enteré luego.

Daba la casualidad además, que él vivía a 3 calles exactas de dónde yo trabajaba. Así que se volvió todo muy fácil. Después del típico cortejo por teléfono (yo sí tenía internet pero él no) quedamos en su casa para probar el látigo. Porque yo soy así de directa y le dije que lo que quería probar era el látigo l y luego igual ya si eso follaríamos. No lo hicimos, porque no le gustó y se enfadó. Jiji. Sé que estáis pensando que lo pillé por banda, lo até y me lié a zurriagazo limpio con él, porque tenéis una visión de mi que no es, pero la cosa fue más divertida (a ver, visto ahora, en su momento fue… divertida también, que coño). Como era un cretinito de estos de tunning-artes marciales, pues tenía ganchos en el garaje para colocar los sacos, o unas ataduras. A mi realmente lo que me estaba poniendo perra perdida era la imagen en sí, porque como estreno no estaba nada mal tener a un tío atado en plan guay en pelotas en el garaje de su propia casa. Así que nada, le ate, él muy empalmado ante la situación, y yo pues igual. Y le di flojito para empezar. Y dio un respingo. Y le di un poquito más fuerte, y dio otro. Y después un tercero, más flojito otra vez. Y entonces me pidió que parara. Y lo hice. Y le solté las manos y me llamó sádica hijadeputa y que si quería follábamos normal y que si no cogiera la puerta y me largara. Y me fui. Aguantándome la risa porque estaba entre ofendido y herido en su ego de macho. También me llamó lesbiana, cierto. Y gorda, claro. Estuve riéndome todo el camino de vuelta a casa. Os prometo que no le di ni la mitad de fuerte que le he podido dar a otros.

 

Así que también a partir de ese momento no le di tanta importancia fetichista de con quién estrenaba qué porque en la cabeza de cada uno las cosas son de un idílico a veces que no se corresponde con la realidad. Excepto para Anastasia, claro.

 

Pero siempre me ha gustado el ritual de prepararlo, engrasarlo bien para que no se cuartee con el paso del tiempo y resbale mejor por la piel. Siempre me ha gustado sentir la tensión muscular, esos nervios del “cómo será ese primer golpe”, que se nota en cada centímetro de la piel del azotado; me gusta verles pensar en que piensan, ese rictus entre concentración para soportar el dolor y recordatorio de todo lo que debe y no debe hacer cuando lo reciba; sé que soy un poco perversa por alargar este momento observando en silencio, dando vueltas alrededor de alguien que solo puede ver mis pies, pero es verdaderamente hermoso sentir la tensión cuando mis pasos se dirigen a su espalda y toda esta parte se tensa, mientras que si mis pasos suenan en la parte delantera puedo ver como los hombros se relajan levemente.

Y aunque disfruto tanto con el primero como con el último, siempre el comienzo es especial. Yo no azoto por castigo, lo hago por placer. Por todos los placeres juntos antes mencionados. Porque en cada latigazo, azote o fustazo, disfruto con todos los sentidos: la vista, porque la escena en si es maravillosa, y la estoy viviendo yo; el momento, el cuero golpeando la piel, cómo esta se sonroja; el oído, porque disfruto tanto del sonido de tus jadeos, como del chasquido del cuero sobre tu piel, como de tus “Gracias Mi Ama” y gemidos y sonidos guturales varios; del tacto, por supuesto, ya sea por el que proporciona el cuero+piel humana como la de piel con piel. Adoro cuando me arde la mano tanto a ti como el culo, el calor se transmite rápidamente a mi entrepierna; y entonces sería capaz de destrozarme la muñeca y a ti dejarte una semana sin poder sentarte si no me controlara. El olfato, porque la habitación se llena de olor a sudor, sexo y vicio, y es mi favorito después de el los perfumes de Gaultier.Y el gusto, el que me daba hacerlo, jajaja.

 

No me gustan las marcas ni la sangre. Por eso digo que no soy la sádica que os pensáis que soy a veces. Y al acabar les daba cremita y todo. Un perro bien hidratado es un perro sano y feliz, como ya sabéis.

 

Y la gente que me conocía, empezó a ver normal mi afición a los látigos y los azotes. Igual era por la naturalidad sobre la que hablaba del tema, sin esconderme, o porque era una gente con una tolerancia muy alta, o, como me ha dicho mucha gente “porque te pega llevar un látigo en el bolso” , los allegados me llegaron a regalar un par de fustas, un látigo de vaquero y una picha/pija de toro (dios, este fue el mejor de los regalos, qué bien me lo pasé con ella) pero ninguno me pidió que lo usara con él. Curioso también, era en plan ofrendas a la diosa para que no se enfade con nosotros, descarga tu ira sobre otros con los instrumentos que te ofrecemos, Oh Diosa y bla bla.

 

Aún tengo una fusta sin estrenar. Porque yo soy así de impulsiva y pese a que ya no me dedico a probar la dureza de las epidermis de otros, mi impulso fetichista no me impidió dejarme una desorbitada cantidad de pasta en 2009 en un día de depresión y compras. Que unas van al Berskha, y yo me fui a Sr. Leather. Pero es tan bonita, con empuñadura metálica, y acabada en siete colitas de goma terminadas en una bolita del mismo material que debe ser como que te disparen con una escopeta de sal de las que salían en los tebeos. Ays.

Ni que deciros lo que me tengo que contener ahora que tengo un sex shop.

 

Supongo que con esto he iniciado una caótica serie de post rollo “por qué me gustan…” Lo que hubiera dado Freud por conocerme, madre.

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