Relato: Viaje planeado

Ha sido un viaje horrible. 15 horas de avión. Escala en Canadá, con toda su nevada y nuestra ropa de verano, durante seis horas. Agotador.

Por fin llegamos a nuestro destino. No sé si podré acostumbrarme a esta humedad, la verdad. Tengo ganas de llegar al hotel y darme una ducha.

De momento no saben dónde están nuestras maletas. Genial. Voy loca por quitarme esta ropa, pero voy a tener que esperar por lo que veo. Damos la dirección del hotel en el aeropuerto y cogemos un taxi.

El hotel es muy bonito. Está en una especie de isla rodeado de playa y palmeras. Ya sé dónde pasaré los ratos que tenga libres.

Al menos en la recepción del hotel se está fresquito. Vaya, no encuentran nuestras reservas. Llevamos una hora en el país y estoy empezando a cogerle manía. Y serán 10 días. Respira hondo. Bien, no hay habitación libre hasta mañana, hoy tendremos que dormir juntos. Da igual, dame ya la llave de la habitación, necesito una ducha. Mañana será otro día. Y por favor, estén atentos a nuestras maletas.

La habitación es maravillosa, con vistas al océano. Grande, amplia, con un sofá. Y una cama de matrimonio. Miro a mi compañero, que aún no ha abierto la boca para quejarse ni una vez.

-Parece que vamos a tener que dormir juntos.

-No, tranquila, ya duermo en el sofá.

-No seas gilipollas, después de casi un día de viaje tendrás que descansar cómodamente. Dormimos ambos en la cama. Somos adultos. No se hable más.

 

La verdad es que apenas le conocía. Le había visto un par de veces en la oficina, y me lo encontré como compañero impuesto para este viaje por mi jefe. Me hubiese dado igual uno que otro, sinceramente, no solía tener queja de mis compañeros de viaje y ellos al parecer, tampoco, pues muchos pedían repetir. Pero una de las normas que le había impuesto a la empresa a la hora de hacer estos viajes era cambiar de compañero cada vez. Una manía. De jefa, sí, pero para eso soy experta en mi materia.

Bañera de hidromasaje y albornoces mulliditos. Con eso tendría suficiente hasta el día siguiente, si encontraban las maletas.

 

-Me voy a dar un baño. En un rato salgo. Creo que deberíamos cenar en la habitación porque no pienso volver a ponerme nada de lo que llevo encima de nuevo, una vez que haya conseguido despegarme la ropa del cuerpo.

-Me parece bien, cuando salgas me ducho yo.

 

Dios, aquel baño fue maravilloso. Estuve a punto de quedarme dormida. Me hubiese quedado allí sumergida acariciada por las burbujas hasta la mañana siguiente, pero sabía que debía dejarle también ducharse. Ya disfrutaría de la bañera para mi sola al día siguiente, cuando cada uno tuviese su habitación.

Salí del baño con el albornoz puesto y me dirigí a la terraza, a ver la maravillosa puesta de sol.

 

-Tu turno, ya tienes el baño para ti – le grité

 

Guau. Aunque el viaje había sido un desastre, sabía que iba a disfrutar de la estancia. La jornada de trabajo empezaba a las 6 de la mañana, sí, pero a las 12 habremos acabado. Y luego todo el día libre. No es que estemos los dos muy contentos con el clima porque aún no hemos parado de sudar desde que llegamos, pero en un par de días digo yo que nos acostumbremos. Además, la otra opción era Noruega.

 

Cenamos viendo la tele, por suerte estábamos en un país de habla hispana por lo que aún estuvimos riendo y compartiendo unas cervezas intentando descifrar qué sinónimos nuestros corresponderían a sus palabras a veces ininteligibles para nosotros.

 

Después de unas cuantas cervezas para quitarnos el jet lag, llegó la inevitable hora de acostarse. Él volvió a ofrecerse para dormir en el sofá, pero me siguió pareciendo buena idea, y más después de las cervezas, que durmiera también en la cama. Quizás por ese mismo efecto del alcohol, dejó de pensar que soy su jefa (o no, por no llevarme la contraria) y accedió.

 

El problema estaba en que ambos estábamos completamente desnudos debajo del albornoz. Y a ver quién dormía con ese calor, forrado. Después de pelearnos por el lado de la cama, ambos preferíamos el lado que daba a la terraza por la posición natural que adoptamos para dormir, gané yo por todas las razones obvias del mundo. Así que nos sentamos en bordes opuestos de la cama, dándonos la espalda, y a la de tres nos quitamos el albornoz y nos metimos debajo de las sábanas. Es un poco gilipollas, lo sé, pero era la única manera de que uno no acabara viendo como se desnudaba el otro desde la cama.

 

Nos dimos la espalda durante un buen rato. No podía dormirme, el cansancio y el alcohol se habían vuelto contra mi. Intenté dejarme mecer por el sonido de las olas que llegaba a través de la terraza, pero en vez de relajarme empecé a contar el tiempo que transcurría entre una y otra y acabé por espabilarme del todo.

 

En posición fetal como estaba, con la mano entre las piernas, desnuda, y sin poder dormir, solo se me ocurría pensar en el remedio casero infalible. Hacerme una paja. Ahora echaba de menos mi maleta, donde había tenido a bien meter algo de estimulación extra para pasar estos días, además de unos libros, claro. Siempre hay tiempo para todo. Y tenía que probar, sin duda, un baño de hidromasaje “completo” y disfrutar de esa puesta de sol desde mi propia terraza de otra manera.

Quizás hubiese sido mucho mejor seguir contando olas hasta dormirme del aburrimiento. Pero no, mi mente ya estaba despierta del todo y ahora en lo único que podía pensar era en correrme. Y cuanto más intentaba convencerme de no hacerlo, más lo deseaba.

 

Pensé en levantarme e irme al baño. Pero tendría que hacerlo sin despertarle, y no sé cuán profundamente duerme este tío. De momento no ronca, y por el cansancio y el alcohol debería de hacerlo, porque lo digo yo, vamos, y si no está dormido y tardo mucho, va a pensar que tengo un serio problema de estreñimiento, y además de no querer crearle esa imagen, si me levanto me espabilaré más y se trata de dormir.

Escuché su respiración durante un minuto a ver si conseguía descubrir algo. El ritmo era constante y pausado, por lo que decidí que sí, o sí, estaría dormido. Y si no me daba igual, me iban a explotar los ovarios si no me corría ya. Dormirme o no ya resultaba indiferente, Eros había ganado a Morfeo por la manga.

 

Rocé mi clítoris con el dedo corazón de la mano izquierda. Sentí ese escalofrío que provoca el saber que has pulsado el botón, buen símil en este caso, y que aquello no va a parar. No soy zurda, pero en la postura que estaba me parecía la manera más discreta de hacerlo ya que con la derecha movería la sábana y la discreción desaparecería.

Casi no necesité echar mano de la imaginación para excitarme más, la situación en si ya lo era: en una cama desnuda con un semi desconocido, y unas ganas de follar locas.

Me mojé los dedos con saliva. El contacto de mis dedos fresquitos y viscosos por la saliva con el famoso “botón” no hicieron mas que aumentar las ganas. Moví un poco más rápido los dedos para ver si se podía oír algún sonido, como de chapoteo, que me delatara, pero todo parecía que seguía tranquilo a mi lado.

 

La verdad es que no necesitaba fantasear con nada. La propia excitación de lo prohibido por lo que estaba haciendo me tenía encendidísima. Tenía los pezones a punto de reventar, así que me los pellizqué, casi con la idea de domarlos. Se me escapó un gemidito, que rápidamente acompañé con un poco de tos, por si caso. Y me quedé muy quieta. Con la mano entre las piernas, eso sí. Esperé unos segundos y moví ligeramente los dedos. A mi alrededor no pasaba nada, y yo solo quería darme la vuelta, ponerme boca arriba, abrir bien las piernas y hacerme una paja en condiciones, botellín de cerveza incluido, a falta de maleta. Que lástima que los botes de jabón de los hoteles sean tan pequeños.

Noté movimiento en la cama y corté la respiración. Él se había girado, de lado, hacia mi. Sentía su respiración en la nuca y eso no hizo más que encenderme, si es que no lo estaba lo suficiente ya. Quería gritar casi de la excitación.

Tomé aire a la vez que yo misma me retorcía los pezones hasta dolerme a ver si me calmaba un poco. Creía que podría correrme solo con sentir su aliento en mi cuello, y me moví hacia él ligeramente para notarlo más cerca.

Pese al calor que hacía, ese soplido en la nuca, caliente y denso, me resultaba maravilloso. Me acerqué un poco más, lo suficiente para que no le rebotara su propio aliento e hiciese que se diera la vuelta. Estaba tan cerca que podía sentir su calor corporal sin llegar a tocarle. Me acerqué un poco más. Como era más alto que yo, me quedé casi encogida en posición fetal a pocos centímetros de su cuerpo. Tan pocos que podía sentir casi su polla rozando mis muslos. Si metía la mano entre mis piernas, podía tocársela. Y lo hice, claro. Moví ligeramente la pierna derecha, para tener más espacio, y de paso acercarme un poco más. Por favor, que sea de los que duerme muy profundamente. Rocé ligeramente la piel. Para mi sorpresa la noté medio dura, quizás por la posición de las piernas, o por lo que fuera, pero a mi me venía muy bien. Volví a rozarle, a ver si reaccionaba algo. Nada. Perfecto. Hice mi último intento moviéndome de tal manera que mi pierna derecha quedara cruzada de manera natural, así según moviera un poco la cadera, su polla quedaba pegada a mi coño o a mi culo. Estaba tan cachonda que lo hubiese puesto boca arriba y lo cabalgaría hasta la hora de ir a currar, pero siempre me ha gustado más esta otra parte.

Pegué su glande a la entrada de mi coño, lo justo para que un leve roce a mi me volviera loca y a él no lo despertase. Contenía mis caderas para no clavármela sin dejar de pellizcar y acariciar mi clítoris hinchado. Tuve mi primer orgasmo cuando noté que su glande estaba mojado y resbaladizo de mis propios jugos. Ahogué el gemido con la almohada, y un escalofrío salvaje recorrió mi espalda hasta los pies.

Pero quería más. Seguí ahogando mi jadeos con la almohada, estaba a punto de gritar y de asfixiarme a la vez, y su glande, mojado, rozaba ahora mis nalgas. Enajenada como estaba, me abrí las nalgas para colocar su polla entre ellas, en ese momento me daba igual si se despertaba o no, me metí tres dedos en el coño y sintiendo su glande casi entrando en mi culo, me volví a correr como una posesa. Silenciosa, pero posesa.

 

No sé cuanto tiempo llevaba dormida cuando sonó el teléfono de la habitación para despertarnos. Además habían encontrado nuestras maletas. Perfecto.

 

Nos levantamos, duchamos, vestimos por fin con ropa limpia y desayunamos. No hubo ningún comentario acerca de lo ocurrido por la noche, por suerte. Bajamos para ir a trabajar.

Al llegar a la recepción le dije que fuera a pedir un taxi mientras solucionaba una cosa. Cuando le vi desaparecer, le entregué cien dólares al recepcionista. Por haber ido a buscar las maletas el día anterior al aeropuerto. Y guardarlas hasta la mañana siguiente. Y por haberme seguido el juego con las maletas perdidas, la habitación ocupada, y por la cama de matrimonio, claro. Igual le pido que mantenga ocupada mi habitación una noche más.

4 thoughts on “Relato: Viaje planeado

  1. Esto se merece ser filmado. YA! Perdon pero no me quedo claro el destino final. Besitos guapa!

  2. El destino final puede ser cualquier país que tenga lo descrito: habla hispana, palmeras y un océano. Elige el que más te guste 😉 Besos, guapetón.

    jajaja Rabo-o-mator, gracias. Es todo un halago. Besicos mil.

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