Relato: El perro y el helado

Me encanta cuando salimos de paseo. Me siento bien a su lado. Me gusta como me coge de la mano en cuanto salimos del portal, con fuerza, insinuándome que iremos donde ella quiera. Que tengo el privilegio de acompañarle, nada más que eso. Podría ir sin mi sin ningún problema.

Hoy hemos acabado en el parque. Hacía una tarde bastante calurosa y la sombra de los árboles ayudaba bastante a paliar el calor. Pero no lo suficiente.

-Me comería un helado – soltó de repente, al cruzarnos un hombre con un perro que iba comiendo uno.

Debí de abrir tanto los ojos ante su petición, que se reafirmó: Quiero un helado.

Yo ya sabía qué significaba aquello. Recé porque no hubiese mucha gente más en el parque.

Se sentó en un banco dentro de un jardín casi oculto entre matorrales y árboles. No sé si me alegró su decisión o me puso más nervioso. Aunque llevamos bastante tiempo juntos, aún tiene la capacidad de sorprenderme. Y de ponerme el rabo como una piedra y que haga que de manera automática, deje de pensar.

Desde hace unos meses tenemos un juego nuevo: cuando salimos a pasear, en cuanto vemos el primer perro, me tengo que convertir en uno de ellos. Siempre lleva el collar y la correa en el bolso. Y me lo pone donde nos pille, o a ella le de la gana. Me sorprende que no me haya hecho ponérmelo para ir a buscar el helado. Eso es lo que me está haciendo temblar y no parar de bombear sangre a mi polla.

Me vuelve loco ya solo el oír el sonido de la cremallera del bolso. Mis sentidos se vuelven locos, me tenso como los perros cuando esperan su comida, a partir de ese momento tengo que estar pendiente a todo para ganarme mi trozo de… pan.

Al principio solo jugábamos de noche, después de salir a cenar, a la hora en que los dueños le dan el último paseo a su perro; antes de llegar bar donde tomarnos una copa, acababa con el collar puesto. Me daba igual si se me veía o no, estaba, y estoy, orgulloso de llevarlo. Y me encanta la sonrisa perversa que se le queda siempre que me lo pone. Y como tiemblo cuando me acaricia el cuello una vez ajustado. En ese momento ya no pienso por mi mismo, fundo mi cerebro con el suyo y todo lo que desee, lo cumplo.

Dependiendo de cuantas copas de vino haya tomado en la cena, el ritual suele ser diferente: si solo ha sido una, entramos al sitio y dejamos que la noche transcurra; si toma dos o más, ya sé que está guerrera y que en el fondo, me va a hacer rabiar; nos solemos retirar a un portal oscuro, y me pide que le quite las bragas; si ya está cachonda, me pide que le lama un poco el coño para secarlo, si no lo está, para humedecerlo. Aunque sé que lo que viene después suele darme rabia, como ya he dicho antes, me gusta este momento en el que me arrodillo frente a ella y hundo mi nariz y mi lengua en su coño. Me gusta como se estremece y sé que se muere de deseo de correrse en mi cara pero nunca me da ese regalo. No recién empezada la noche, quiero decir.

Cuando le parece suficiente, me tira del pelo para incorporarme y entramos al sitio. Pido nuestras copas, Margarita para ella, Gin Tonic para mi, mientras ella va eligiendo con quién me pondrá celoso esa noche. Pero entonces al tragar saliva noto el collar y me tranquilizo. No habrá ningún gañán en este bar ni en ningún otro que se gane el privilegio de llevarlo.

La observo mirar el ganado mientras se bebe su margarita. Puedo meterme en su mente y saber a quienes ya ha descartado, e incluso reducirlos a cinco candidatos. Después de la segunda copa, ya suele haber elegido al candidato. Me mete en el pantalón sus bragas, y las envuelve en mi polla a la vez que me dice al oído la descripción del elegido.

Entonces yo me voy hacia él, me presento y le digo que soy un cornudo al que le encanta ver como otros se follan a su novia y que si le apetece hacerlo. Al principio decía Ama, pero muchos se echaban para atrás. Utilizo esta pequeña mentirijilla en su bien. Normalmente tengo que decirlo dos veces porque la primera no se lo creen, pero después de repetirlo, y señalar hacia donde está ella, no suelo tener que repetirlo una tercera vez para que me den un sí.

Y empieza mi comedura de tarro: por un lado odio ver como esos maromos medio borrachos se la follan sin ningún pudor, pero por otro lado me hace sentirme bien el cumplir lo que ella me ha ordenado; me gusta que me coja de la argolla del collar y me bese en los labios mientras la están penetrando; me gusta cuando por fin echa al maromo del baño y hace pis y me deja limpiarle con la lengua y saber si realmente se lo ha pasado bien; pero lo que más me gusta es cuando después de recomponerse y sacar sus bragas de mi pantalón, dice “me aburro, vámonos a casa”, y me tira del collar.

Y entonces soy feliz porque sé que esa noche la puedo montar. Como un perro. Solo puedo follármela a cuatro patas y con las manos vendadas para no “arañarla”, pero no me importa. Puedo estar dentro de mi Ama y soy feliz. Solo tengo que esperar a que me permita que me corra y después, lamer de su coño mi corrida y la suya hasta que se quede dormida.

Pero como decía, el collar no es casi importante para tener esta sensación de felicidad constante cuando estoy a su lado. Y menos ahora que lo llevo marcado en el cuello gracias al sol, la playa, y tres días maravillosos en una cala escondida. No tengo marca del bañador en el cuerpo, solo una franja blanca, demasiado ancha para disimularla, marca que fue lo único que llevé puesto durante siete días. Gracias a que nadie de los que me rodea entiende de buceo, he ido diciendo que me he quedado dormido al sol con el protector para el cuello. Lo peor es que me empalmo cada vez que me lo señalan o recuerdan.

Ahora también estoy empalmado. Voy con el helado de vuelta hacia el recóndito banco, y estoy nervioso y excitado porque no sé qué va a pasar. Igual simplemente se sienta y se lo come porque de verdad tiene calor, pero no quiero desilusionarme.

Me da las gracias con una sonrisa. Me siento a su lado en el banco, y se baja un poco las gafas de sol para mirarme con desdén. Ese desdén con el que no le hace falta hablar, su mirada inquisitoria dice “¿qué coño haces sentado? Al suelo” y yo obedezco rápido pidiendo perdón.

Estoy a sus pies y ella se está comiendo el helado. O eso creo, no puedo mirarla. Pasan los minutos y no ocurre nada. Bueno, sí, que mi polla cada vez está más dura atenta e impaciente por lo que ocurrirá, es como las orejas de un pastor alemán, siempre alerta.

Una gota de helado cae sobre su zapato, y corro a lamerla. Me acaricia la cabeza, y deja caer un poco más. Lamo. Un poco más cae sobre su empeine. Vuelvo a lamer. Va dejando un reguero de gotitas que va subiendo por su pierna hasta la rodilla, y yo las voy recogiendo con mi lengua. Descruza las piernas, se sube un poco la falda, hasta medio muslo, y sigue dejando mis miguitas de pan. Voy sintiendo cada vez más cerca el calor que sale de su entrepierna, como la cercanía de la boca de un volcán. Rezo porque siga subiendo, pero un “túmbate boca arriba en el suelo” me saca de mi oración. Una vez tumbado, me pide que abra la boca y me coloca el cono por el extremo final en la boca. Una seductora manera de pedirme que le sujete el helado, vaya. Y ahí, delante de mi, se quita las bragas. Mi polla se vuelve a levantar como un resorte, y dándome un toquecito con el pie se ríe y me dice “ahora, no”. Reconozco que no me hubiese importado que la prueba hubiese sido cabalgarme en mitad del parque mientras le sujeto el helado con la boca sin que se caiga, pero veo que tiene otra idea.

Me saca el helado de la boca dándome las gracias, y se sienta en el banco. Me llama para que vaya, lo que hago rápidamente colocándome a cuatro patas frente a ella. Coloca sus piernas sobre mis hombros, y puedo ver su coño frente a mi cara. Contengo mis ganas de lanzarme a lamerlo, porque sé que el castigo puede ser infernal.

-¿Quieres más helado? – Sí, – contesto casi guturalmente.

 

Echa sus caderas un poco hacia delante en el banco, y su coño queda más cerca de mi cara. Deja caer un par de gotas sobre su clítoris, que devoro. Pasan unos segundos sin que se mueva, que me resultan eternos. Quiero pedirle más, pero no me atrevo a hablar. Si mi polla tuviera voz, el grito se oiría en todo el parque. Esta vez mis plegarias tienen más efecto y sigue dejando chorrear el helado. Y yo felizmente empalmado, lamo la nata antes de que manche nada.

 

-No me apetece más helado, cómetelo tú- dice mientras se introduce en el coño el cono por la base, hasta la mitad.- Que no se caiga nada al suelo – me espeta porque la bola empieza a resbalarse.

Lamo, lamo lo más deprisa que puedo. Ella empuja el helado sobre mi cara con sus caderas y noto como resbala por mi barbilla y mi pecho, por dentro de la camiseta. Chupo y le oigo reírse, y yo quiero que se acabe la nata ya y que no se caiga ni una gota al suelo, y mi polla está tan tensa como mi cuello, y cada vez que los dedos de sus pies se mueven sobre mis hombros creo que me va a estallar el cerebro, el corazón y la polla juntos.

Por fin me acabo el helado. Queda solo el barquillo, y me pregunta si quiero comérmelo. A mi tímido “sí”, contesta con un “abre la boca”. Mete dos de sus dedos en ella y me pide que los chupe, cosa que hago con fruición. Vuelve a colocarse con los pies sobre mis hombros, el barquillo metido en el coño, y se acaricia el clítoris con los dedos que previamente le he humedecido. Me quedo muy quieto porque si me muevo un milímetro me voy a correr, pero observo como se masturba con cuidado de no romper el cono y dejarlo empapado tras su orgasmo. Después de correrse, se lo saca del coño y me lo ofrece para que me lo coma. Me quedo de rodillas delante de ella saboreando lentamente el barquillo y el sabor de su coño muy lentamente. Pienso que ahora su coño sabrá a galleta y me muero por lamerlo. Me vuelve a sacar de mi soliloquio el notar su pie sobre mi polla. No, no lo hagas. O sea, sí, hazlo. No sé si quiero que hagas lo que vayas a hacer, pero lo estoy deseando. Me masturba con el pie por encima del pantalón. No sé si quiere hacerme sufrir más o que me corra, pero si no es lo segundo, asumiré el castigo. Veo que la suerte está de mi parte cuando se ayuda con el otro pie para acariciarme; noto como sus pies atrapan mi polla y juegan con ella; me queda poco para todo, para acabarme el cono que más me ha durado en mi vida, y para correrme. Ella lo sabe, y no hace ningún ademán de sacarme la polla del pantalón. Me voy a correr en los pantalones. Y no voy a hacer nada por evitarlo. Mastico el último bocado gimiendo con la boca cerrada mientras siento como sin poder remediarlo, un líquido caliente moja mis pantalones. Sus pies aprietan mi polla contra mi vientre y siento como mi corrida traspasa el pantalón y los moja. Sin pensarlo, cojo sus pies y los llevo a mi boca mientras mi polla sigue mojando mi pantalón. Se ríe, me saca los pies de la boca, me quita el collar mientras me da un ligero beso en los labios, y se pone los zapatos.

 

-Vámonos- dice poniéndose de pie y echándose a andar. Me incorporo y corro hacia ella; le doy tímidamente la mano, que ella agarra con fuerza. Salimos del parque. Al pasar al lado de un coche me veo reflejado en el espejo: llevo la cara negra y pegajosa del helado, y la camiseta igual de pringada y manchada; la mancha de mi pantalón es visible desde la estratosfera y no llama a equívoco; bueno sí, a que tengo problemas de vejiga. Estoy sucio, pringoso y con las rodillas destrozadas.

-Uhmmm me apetece ir a cenar fuera antes de volver a casa.

Me paro en seco, aterrorizado. Pero son estas cosas, junto a sus carcajadas al ver mi cara, las que me hacen feliz.

 

 

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