Todas las veces que lo hicimos. Capítulo 1.

 

Como ya comenté en el post anterior, lo que es este año no me da tiempo a darle a la escritura a la velocidad que exige el Nanowrimo, por lo que pese a que he abandonado el reto, la “idea” sigue ahí. Así que para obligarme a continuarla, os obligo yo a leerla, jajaja. 

Tenía claro este primer capítulo y el final. La última frase final, por lo que como estructura para una novela, dejaba mucho que desear. Así que seguiré escribiendo según inspiración, porque ese final tiene que ser sí o sí. 

El título ya os dije que era tirando a cursi, pero todo dependía de la imagen con la que lo ilustraras.  

Sin más preámbulos, disfruten, o no, de la lectura

No sé por qué escogí ese sitio para nuestra primera vez, la verdad. Bueno, si ahondo en mi mente, quizás sí tenga una lógica. Tampoco sé porqué, para nuestro primer encuentro, me pudo el cutrerío al cuento de hadas. Lo normal es echar ese primer polvo en esa primera cita, tan premeditado y soñado, en un hotel de cinco estrellas, o de tres con vistas, o de dos pero en plan rural. No, yo escogí, sigo sin saber porqué, un cutre motel de la calle Hortaleza. No es que esa primera vez no fuese especial, que lo fue, pero podía haberlo convertido en algo más bucólico. Aún recuerdo la luz del patio interior que iluminaba la habitación, pintada en una mezcla de amarillo y vainilla que casi nos destroza las retinas; pero quizás era el mejor color para combinar las colchas que cubrían las camas, una especie de estampado escocés en naranja, verde y rojo. La luz de la lámpara del techo, amarillenta, ayudaba en la extraña luminosidad de la estancia, que en el fondo resultaba ser todo una confabulación para suavizar el marrón oscuro de la puerta del armario y de las mesillas de los años setenta. Sí, por descontado, podía haber seleccionado un sitio mejor.

Pero en realidad no estábamos allí para posar en la portada de una revista, si no para follar. Y el sitio, dentro de su cutrerío cumplía con nuestras necesidades: una cama, sábanas limpias y cuatro paredes.

Siempre recordaré lo poco que hablamos aquel día. Si te soy sincera, apenas recuerdo tu cara y tus gestos, si lo evoco es como si me hubiese follado a alguien sin cabeza. Recuerdo tu camiseta negra, y los pantalones del mismo color; no recuerdo ni tu cara, ni tus calcetines, calzoncillos y zapatos. Mis recuerdos empiezan cuando el dueño del hostal nos cierra la puerta y te dejas caer en la cama boca arriba. El siguiente fotograma que procesó mi cerebro es verte tumbado, con los brazos estirados sobre tu cabeza, desde los pies de la cama. Pero ya no veo tu cara, solo que la camiseta se te ha subido un poco al estirar los brazos y tengo acceso directo a tu cinturón y a la bragueta.

Tiro de tu camiseta hacia arriba y te la quito. Aprovecho para llevarme el recuerdo olfativo de este momento: no hueles a colonia, no hueles a jabón, ni siquiera desodorante o el suavizante de la ropa; hueles a piel, a persona, un olor neutro. Así ha sido en todos nuestros encuentros, y créeme que me tortura el no poder tener ese recuerdo en mi pituitaria para olerte cuando no estás; me tortura, me tortura mucho.

Yo también me quito la camiseta. Y el sujetador. Sin remilgos. Me tumbo sobre tu cuerpo y me quedo así, casi en posición fetal, sintiendo tu calor, como si hubiese conquistado una montaña y me encontrara descansando en la cima. No sé cuánto tiempo pasó, pero aún escucho los latidos de tu corazón en mi oído y siento tus dedos recorriendo mi espalda.

Y tu erección a través del pantalón intentando decir que el momento era precioso, sí, pero que habíamos venido a follar. Que también era mi intención, no nos vamos a engañar, para tomar el té hubiese escogido un sitio más bonito, pero tampoco estaba tan mal así. Intentamos que tu pantalón deje de entorpecernos de la manera más sexy posible, teniendo en cuenta que yo estoy sobre ti y tú tumbado en la cama; salimos del paso de una manera bastante honorable, teniendo en cuenta que yo tampoco me he quitado las bragas aún. Lo soluciono rápido, me pongo de pie en la cama y dejo caer mi falda y detrás, las bragas. Vuelvo a mi posición inicial, sobre ti, pero ahora sin ropa de por medio.

Me gusta porque estás caliente. Tu piel no olerá a nada, pero es una estufa estupenda. Me vuelvo a tumbar sobre ti. Eres como un osito de peluche grande, mola. Esto solo lo pienso, porque dicho en alto es bastante ridículo a esta edad. Una de tus manos acaricia mi espalda, y la otra el pelo. Podría pensar que es en tono paternal y romántico, pero sé que es porque te está haciendo cosquillas en la cara y te molesta. Dejaré de hacerte sufrir ya, porque vas a acabar estornudando y rompiendo toda la magia cuando me des un capón con la barbilla del impulso.

Además, erguida, me puedes tocar las tetas. Tengo tu polla acoplada entre mis labios y con pequeños movimientos de cadera puedo hacer con ella lo que quiera. Y ahora lo que quiero es dejarla ahí, y ser yo la serpiente que la engulla. Ahora mismo no puedo pensar en un depredador natural de las serpientes para decirte algo sexy relacionado, así que con el “te voy a follar” que te he susurrado creo que tendrás suficiente.

Sigo sin ver tu cara, pero con tu respiración agitada me es suficiente. Tengo ganas ya de clavarme tu polla hasta adentro, no te voy a engañar, pero para ser la primera vez quiero que dure un poco más. Dures un poco más, quiero decir. Yo me correré todas las veces que crea necesarias hasta dejarte que tú lo hagas. Tranquilo, aunque mi fama me precede no te voy a pellizcar un huevo para que no puedas hacerlo, sólo sé el movimiento de cadera que tengo que hacer, tan solo moverla unos centímetros, para que te corras sin remedio.

Pero no adelantemos acontecimientos. Aunque me apetece ser un poco zorra y llevarte al límite, que te noto un poco tenso aún. Me muevo despacito sobre tu polla, saboreándola con mi coño; en cada movimiento llevo tu glande hasta mi clítoris, que disfruta de cada roce como protagonista de la película que es; tienes el grosor y la largura justa para que mi coño disfrute del momento; me recuerda a cuando era una adolescente y esperaba a que todos durmieran en casa para masturbarme; entonces cogía a uno de mis peluches y me sentaba a horcajadas sobre él. Me movía arriba y abajo incansablemente hasta que me corría y dejaba el peluche empapado. Como tengo tu polla ahora.

Quito tu mano izquierda de mi teta y me llevo tus dedos índice y corazón a la boca. Acelero ligeramente el movimiento de mis caderas, lo suficiente para oírte suspirar; ese es el ritmo; tu polla resbala ya entre mis piernas como si estuviera sobre una balsa de aceite; estoy tan cachonda que utilizo tus dedos para pellizcar mis pezones, quiero que los aprietes tan fuerte que me hagas gritar, acelero mi movimiento, noto como entre tus jadeos te gustaría pedirme que parara, pero yo ya no puedo prensar mas que en correrme, como así pasa en apenas unos segundos. Lo siento, no he podido resistirlo.

Te sigo notando un poco tenso, quizás porque ahora tu polla está empapada y resbaladiza y tus dedos no aflojan mis pezones, y empiezan a dolerme mucho. Con sutileza, pongo tus manos en mi culo. Sé que no te vas a atrever, no esta primera vez, pero me pondría muy cachonda que me azotaras ahora que me he metido tu polla dentro y ya puedes participar. De momento me gusta como me agarras el culo y me me mueves a tu antojo, pero recuerda la frase que te he dicho al principio…soy yo quien te va a follar.

Dios, tus gemidos suenan tan sexys que creo que me voy a correr sólo de oírte. Quiero sacar el móvil y grabarte y dormirme cada noche escuchándote gemirme al oído. Después de haberme masturbado, claro. Casi estoy por agradecerte que dejes espacio a mis neuronas para no necesitar recordar un olor y poder grabarte en estéreo en mi cerebro. No puedo más. No puedo más. Un suspiro más por tu parte y me corro irremediablemente.

Te oigo sonreír en la semioscuridad. Eres un vengativo. Pero adoro tu venganza. Necesito un segundo para recomponerme. O no. Yo soy más rencorosa que tú. Y recuerda el movimiento de cadera. Me pone muy cachonda el “hijadeputa” que sueltas en un pequeño susurro en cuanto empiezo a moverme. Contraatacas con mis pezones, apretándolos fuerte. Lo que no esperas es que te pida más y acelere. Es la guerra, querido, y la voy a ganar yo. Y sé que estoy a punto de vencer cuando tus manos por fin olvidan mis pezones y me agarran fuerte el culo para que no baje ni un ápice el ritmo porque te diga lo que te diga, te vas a correr. Te advierto de mis intenciones, me voy a correr por tercera vez, y te susurro al oído que hagas lo propio. “Si no te corres ahora puedes hacerlo en mi culo” son mis palabras exactas, pero sé que preferirías cortártela antes de parar ahora mismo y más si te muerdo el lóbulo de la oreja seguido. Las palabras mágicas que hacen que por fin se te pase la vergüenza y me tires sobre la cama. Está bien, ya no te follo yo a ti. Pero para esta postura también tengo juego de cadera, que hace que te corras como un perrito al cuarto empujón.

Me gusta sentir tu corazón aún acelerado en mi clítoris mientras me fumo un cigarro. Vale, la habitación es cutre, pero el polvo no ha estado nada mal. Creo que deberíamos de volver a repetir. Te diría que mañana, pero creo que tendré suficiente con las pajas que me voy a hacer en la oficina cada vez que me acuerde de este momento. Aún así, mañana cuando te vea en el curro te digo algo, ¿vale?

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