Relato: Coulrofilia

Odio las matemáticas. Memorizar lo que quieras, pero lo de razonar ya no lo llevo tan bien. Me costaba mucho aprobarlas en el instituto, y eso traía a mi padre de cabeza. Una compañera de su oficina tenía una hija que estudiaba algo de ciencias, química o física o algo así, y entre ambos negociaron unas clases particulares. En aquel momento, con las ganas que tenía de salir del instituto, me pareció una gran idea y la acepté sin rechistar. Empezaríamos con un par de días a la semana y refuerzo en época de exámenes.

Los meses fueron pasando, y yo no aprendía la asignatura al ritmo deseado, aunque aprobaba gracias a ella, quedaban menos de cuatro meses para los exámenes finales y aún tenía que rezar mucho para sacar un cinco pelado. Por eso mi padre aumentó las clases a lunes, miércoles y viernes. Este último día no acababa de convencerme porque me dejaba un día del fin de semana sin salir, pero tampoco estaba en situación de quejarme.

Fue uno de estos viernes cuando al volver a casa, me di cuenta de que me había dejado las llaves dentro. Cojonudo. Ellos no volverían hasta las 7 de la tarde, y mi profesora sólo tardaría media hora en llegar, y ya no podía avisarla. Llegó, y le propuse acercarnos a la hamburguesería de la esquina donde podríamos dar la clase sin mucha molestia, al menos el viaje no lo habría hecho en balde (y yo no me quedaba sola esperando hasta que volviesen mis padres).

Pedimos dos coca colas y nos sentamos al fondo del local, en una mesa casi escondida al lado de los baños, el cuarto de la limpieza y un enorme display de Ronald Macdonald.

No estuvo nada mal la experiencia. Al menos era un cambio de aires de estar encerrada en mi habitación estudiando, ver gente, sentir bullicio… yo creo que esa tarde hasta rendí mejor. Con las mismas, de vuelta a casa, le pedí a mi padre permiso para dar allí las clases de los viernes y no en casa como siempre, que con el apoyo objetivo de mi profe, la respuesta fue un sí.

A un mes de los exámenes finales, tenía los nervios a flor de piel. Era la tarde del viernes antes de un examen parcial, programado para el lunes. Todo eran dudas e indecisión a la hora de usar una fórmula u otra, los nervios me podían.

  • Relájate.

Puso una mano en mi muslo y echó mi cuerpo hacia atrás.

  • Respira hondo, cierra los ojos y visualiza el problema

Cerré los ojos. Respiré hondo. Empecé a visualizar, como en un teatrillo, lo que me quería decir el problema. Ya casi lo tenía cuando noté que la mano que tenía en mi muslo se deslizaba hacia mi ingle.

  • Cuando estoy muy nerviosa y me bloqueo, hago esto para relajarme.

Puso su mano en mi coño. Seguía con los ojos cerrados, respirando, y le dejé hacer. Al no notar rechazo por mi parte, movió un poco los dedos para asegurarse. Después, desabrochó la bragueta del pantalón. Yo no me movía, continuaba con los ojos cerrados, pero ya no podía centrar en el problema, si no en esa mano que estaba investigando donde pocos meses antes había empezado a hacerlo yo.

Metió la mano entre el pantalón y las bragas, sentí el calor de su mano en mi pubis. Creo que solté un pequeño gemido, pues esta vez no esperó tanto en dar el siguiente paso. No me atrevía a abrir los ojos, aunque me hubiese gustado ver cómo sus dedos acariciaban mi clítoris con una maestría que yo no había conseguido aún. Con tanta, que no tardé en correrme en su mano, y cuando abrí los ojos jadeante, lo primero que vi fue al payaso mirándome sonriente. Sacó la mano de mi pantalón, se limpió los dedos con una servilleta y con un “prosigamos” seguimos dando clase hasta la hora estipulada. Fue al irnos cuando me di cuenta de que el pantalón seguía desabrochado.

Esa noche apenas dormí. Un constante vaivén de deseos y sensaciones se apoderaron de mi: el principal era que hasta el lunes no volvería a verla, y me moría de deseo de hacerlo. Quería que volviese a pasar. Ya. En ese momento.

El lunes llegó, y la clase, pese a estar nerviosa y no concentrarme, transcurrió normal. Demasiado normal. El miércoles, para mi desesperación, fueron dos horas llenas de polinomios y derivadas, que se me atragantaban una barbaridad, pero aún así ella permanecía impasible, dándome sólo ánimos de palabra.

El viernes, a la desesperada, escondí las llaves debajo de los cojines del sofá antes de salir de casa. Me llevaría una bronca después, pero tenía que intentarlo.

Cuando llegó la hora de la clase y me encontró fuera de la casa, la vi sonreír picaronamente mientras se acercaba a mi.

Tras dos coca colas y hora y media de ejercicios sin parar, le pedí que nos tomáramos un descanso. Casi se lo supliqué. Sonrió y me dijo muy bajito que me bajase las medias y las bragas y cerrase los ojos. Obedecí, claro que obedecí. Cerré los ojos y noté como su mano separaba mis piernas y se perdía debajo de mi falda. Notaba mi humedad a través de la palma de su mano. Sus dedos me volvían loca, quería gritar de placer pero tenía que conformarme con morderme el labio. Esta vez la mano que tenía libre la utilizaba para acariciar mis pechos y pellizcar discretamente los pezones, acto que no hacía más que la mano que estaba entre mis piernas se mojara más y más. Cada vez que me corría, abría los ojos y allí estaba el payaso observándome dichoso, no sé si por la escena o porque lo habían fotografiado así. Iba a correrme por enésima vez cuando sonó la alarma del móvil que señalaba el final de la clase, y paró en seco. Esta vez no se limpió la mano, pero me dio el tiempo justo para subirme las bragas y medias y salir andando. El fresco del exterior no era capaz de calmar el ardor que sentía aún entre mis piernas, necesitaba correrme una vez más y tener ese orgasmo inconcluso que iba a hacer que me volviera loca. Ella mientras hablaba de la cercanía del examen y de los puntos flojos que había que reforzar. Yo no la escuchaba, sólo podía centrarme en los latidos de mi entrepierna.

Nos despedimos hasta el lunes en la oscuridad de mi portal. Justo cuando iba a coger el ascensor, un “espera” me paró en seco. Sin encender la luz, se acercó a mi, me apoyó contra la pared, y susurrándome entre risas me dijo:

-No soy tan mala

Me dio un beso ligero en los labios y se puso de rodillas ante mi. Enrolló la falda a mi cintura y bajó las medias y las bragas hasta mi tobillos. Sentí el calor de su aliento sobre mi coño. Y la humedad de su lengua en mi clítoris. Podía oírnos respirar y la saliva en cada una de sus lamidas. Necesitó pocos sorbos antes de que me tuviese que agarrar a su cabeza para no caerme mientras tenía un orgasmo de impresión. Besó mi clítoris, se levantó y se fue. Me quedé con las bragas en los tobillos jadeando, y juro que vi los ojos del sr Macdonalds sonriéndome en la oscuridad.

Este fin de semana tampoco fue mucho mejor, claro, por un lado quería aprobar matemáticas, pero no que se acabaran las clases; nunca. Y sólo quedaban dos semanas ya para el gran día.

A la desesperada, le pedí a mi padre que aumentáramos las clases esos últimos quince días a clase diaria, de lunes a viernes. No quiso desaprovechar mi ansia por estudiar matemáticas y aceptó.

Fueron dos semanas interminables. Apenas me miraba, no me hablaba más que de elipses, integrales y ecuaciones. Ni siquiera el primer viernes, pese a que ya ni me molesté en sacar las llaves que llevaba en la mochila, pudo con su corazón matemático. Lo único que tocaron sus dedos fue mi calculadora, mientras yo me moría por sentir ese aliento que tan cerca me explicaba la integral de equis al cuadrado en mis ingles, o en mi boca, o lamiendo mis pezones, donde fuera que no se perdiera en el viento.

Fue el último día, el fin de semana antes del examen, cuando ya estaba al borde del hastío numérico, cuando al sentarnos en nuestra mesa me dijo:

  • ¿Qué quieres que repasemos hoy?
  • A mi.

Yo creo que al cartel le brillaron tanto los ojos como a ella. Metió la mano entre mis piernas y se rió al comprobar que no llevaba bragas. Sin decir nada, levantó mi falda, cogió el vaso de refresco y sacó un par de hielos de él. Los apretó con la mano y dejó que unas gotas cayeran sobre mis ingles. Después acercó los hielos y las recorrió con ellos, la sensación del frío era agradable en contraste con el calor que sentía cada vez que me rozaba. Cuando los hielos rozaron mi clítoris di un pequeño respingo, pero me acostumbré rápido a sentir el frío. Los movía y restregaba como si quisiera derretirlos, y aunque me estaba adormeciendo la zona, no quería que parase. Notaba como el agua derretida, junto a mi propia húmedad, me resbalaba por los muslos y mojaba el asiento; no paró hasta que los hielos desaparecieron de su mano, que lamió antes de volver a meter los dedos en el vaso y capturar otro par de hielos.

Me quemaba el clítoris, los labios me ardían del frío; aún así noté cómo los nuevos hielos volvían a recorrer mi piel, las ingles, muslos, para volver a torturar mi coño hinchado del frío y la excitación hasta deshacer de nuevo lo que ya me parecían icebergs; el sillón empapado, goteaba hasta el suelo y yo estaba sentada sobre un charco de agua con las piernas abiertas, la falda remangada y el coño al rojo vivo, deseando más y más. Ni siquiera me moví cuando un par de personas pasaron al baño.

Bebió un poco de refresco, mientras esperaba a que salieran del baño, y en cuanto lo hicieron quitó la tapa del vaso de refresco y me sonrió. Creo que notó como temblé, pues su mano acarició la mía dándome tranquilidad. Esta vez sus dedos se fueron a desabrochar mi blusa, y los hielos acabaron en mis pezones, sostenidos entre el sujetador y mi piel. Sus manos quedaron libres para acariciar mi helado y dolorido clítoris, que frotaba con tanta fuerza que al principio me dolía, “aguanta” me susurró al oído sin parar de mover sus dedos a un ritmo frenético, mi coño volvía a entrar en calor a la vez que mis pezones se congelaban entre el frío y la excitación, tuve que sujetarme a la mesa para no escurrirme mientras tenía el mejor orgasmo de mi vida mirando el cartel de un payaso.

Aprobé el examen. Y el curso entero con buena nota. Como regalo, mis padres me mandaron tres meses a Inglaterra a estudiar inglés y me olvidé de ella. Pero no puedo entrar en un Macdonalds y ver sus carteles sin ponerme cachonda.

2 thoughts on “Relato: Coulrofilia

  1. Ay no recuerdo si ya lo lei!!.. Tuve que limpiar la maquina y me pregunte: ” en que andara la gallega de mi corazon?”. Ya sabes que te amo , dulce!. Un beso

  2. Ya que estoy comento algo para todos: una de las horribles playas de Argentina es Necochea. Aca el mar es frio, revuelto, marron , traicionero y de ola corta, o sea que no surfing bud! Resulta que de pronto acuden a una playa 6 (seis) patrulleros y unos 20 (veinte) efectivos de la Policia Bonaerense. El motivo, supuse, seria un asesino serial con una Uzi, un robo monstruoso, un derrumbe que tragaria medio balneario… Pues no. Los efectivos acudieron al balneario porque “una mujer denuncio” que habia tres minas tomando sol en tetas.

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