De churros, polvos y G’n’R

Este post viene patrocinado por un recuerdo que he tenido contando una cosa en mi Facebook personal.

“Para mi madre, “las tantas” eran las 3:20 A.M. 
Así que llegó un momento en que cuando me preguntaba a qué hora había llegado, le decía ” Nada, pasaban 10 minutos de las tantas”, o “una hora más tarde de las tantas” o “traigo churros directamente, ¿desayunamos?” ***

*** Ostras, esta fue una … no sé si contarla aquí o en el blog”

 

Pues ha ganado el blog.

 

Era 1992. Yo tenía 16 añitos. En aquella época estaba, además de tonteando con Chico Aguarrás (ahora salimos, ahora no, ahora follamos, ahora no) con alguien con quien no debería de estar por estatus, edad y circunstancias. Perdón, él no debería haber hecho caso a las insinuaciones de una teen por estatus, edad y circunstancias. Pero como sólo me sacaba 10 años, y yo también sé lo que es ahora haberlos tenido, pues tampoco me veo en la tesitura de echarle en cara nada y menos por la época en la que sucedió. Hoy en día habríamos salido en Espejo Público ya fijo.

 

A esa tierna edad, sólo me dejaban salir hasta las 22:30. La única manera que tenía de poder pasar más horas fuera de casa era acudiendo a un concierto, a los que iba ya desde los 13 años, y era algo “habitual” en mi y que mi padre, por haberse dedicado a esto de la farándula, entendía como un sitio correcto al que acudir.

Y yo quería pasarme una noche zumbando con el +10 a gusto, que siempre teníamos que ir a matacaballo para que no nos pillaran, porque manteníamos una relación prohibida. Y que el baño de la sala de profesores del colegio no era el sitio más cómodo del universo. Jiji.

 

El 4 de Julio venían Guns and Roses, grupo que me la traía al pairo mucho pero que, a su vez, congregaba en si una gran posibilidad de hacer lo que yo quería:

 

  • El Vicente Calderón estaba muy a tomar por culo de mi casa.
  • Mi padre estaba de gira con el teatro por lo que era imposible que fuese a buscarme
  • Mi madre no sabía ni a qué hora empezaban los conciertos, ni a qué hora acababan.
  • Los compañeros de piso de mi +10 estaban de vacaciones

 

Joder. Era la oportunidad. Así que dos meses antes, me hice muy fan de G’n’R para que mi madre no sospechara que un mes más tarde me comprase la entrada de un concierto (que no compré y que le dije que las había guardado alguien a quien usé de coartada para ir) al que iría el 4 de Julio.

Madre mía, aún me acuerdo lo cachonda que estuve todo ese tiempo pensando en aquel momento mágico en el que iba a pasar la noche con el amor de mi vida haciendo cosas de portada de novela de Corin Tellado.

 

Una semana antes del concierto, cuando ya me tenía que cambiar las bragas tres veces al día, salta la noticia de que el Vicente Calderón tenía aluminosis y que lo tenían que derruir. Lo van a hacer 25 años más tarde, pero oye, a mi me tuvieron que joder el día. Claro, mi coartada se iba al traste, porque lo malo de vivir en Madrid es que hablaban del puto estadio a todas horas, y claro, mi madre no podría saber a qué hora acababa un concierto pero si le estaban trallando todo el día con el temita, no había escape.

Dos días antes del concierto, la noticia fue que se cancelaba porque nos iba a tragar a todos el cemento como alguien diese un salto en el estadio.

Así que con todo mi coño fui y le dije a mi madre que nos cambiaban las entradas por las de otro concierto que también me molaba (es que ni me acuerdo quién le dije, debí de mirarme la Guía del Ocio) y yo que sé cómo, coló.

Haciendo cálculos rarísimos y exagerados, le conté a mi madre que entre lo lejos que estaba el estadio, los búhos y tal llegaría a casa “a las tantas”.

 

La noche fue, pues como tenía que ser, lo suficiente chula como que para que dos décadas más tarde se me dibuje una sonrisa en la boca de manera inconsciente mientras escribo esta frase; pero como un año más tarde se jodió la cosa de una manera tan brutal que casi acabamos expulsados los dos, pues esa sonrisa se me vuelve un poco amarga porque lo pasé muy, muy, muy mal. Y aún noto que es una herida que si a estas alturas no ha cicatrizado, dudo que lo haga ya. El otro día le contaba a un amigo que uso esto de escribir de terapia para deshacerme de mis mierdas, igual lo hago con este tema un día a ver si ya me puedo quitar la tirita, que debe estar ya muy roñosa.

Nos lo pasamos muy bien porque por primera y única vez pudimos salir como “pareja” y no como lo que realmente éramos, y nos pudimos dar de la mano y besarnos en la calle, y tomarnos unas copas, y salir, y volver a su casa (hace poco pasé por delante con una de mis compañeras de trabajo y no pude más que sonreír) y estar en la cama, y follar, bueno, quizás hasta hicimos el amor, y hacer planes, y volver a besarnos, y ver amanecer sobre su cama.

Mierda.

Amanecía. Iba a estar castigada hasta el infinito y más allá y me iba a tener que sacar el B.U.P. en C.C.C. porque no iba a pisar la calle en mi puta vida.

Él vivía cerca de la Plaza Mayor, así que me cogí un taxi y en 10 minutos, un domingo a las 7 de la mañana, me planté en mi casa. Quiso la fortuna, el hambre, la noche en vela, o el olor al pasar por la puerta de la churrería del barrio en mi apresurada vuelta a casa, que me parar a comprar para desayunar.

Subí a mi casa con mi junco lleno de churros (los que sois de fuera de Madrid los coméis “rectos”, así que igual no sabéis de lo que hablo) y allí, en la cocina, estaba mi santa madre con cara de semi mosqueo.

– ¿De dónde vienes? – me espetó.

– Me he levantado temprano porque no podía dormir de la emoción del concierto y me he ido a por churros – solté tímidamente mientras me esperaba el guantazo que me había ganado.

 

Y coló. Joder, coló. Me preguntó a qué hora había llegado y le dije, ya jugando a la ruleta rusa, que a las 3:45 y que ya estaba dormida. Y siguió colando porque me dijo que le habría pillado en el primer sueño y no se había enterado.

 

Y así amigos fue como una ristra de churros me salvó del tortazo con carrerilla de mi madre si se entera de que me había pasado la noche… mojando el churro.

One thought on “De churros, polvos y G’n’R

  1. Hola, Chata…

    “Y aún noto que es una herida que si a estas alturas no ha cicatrizado, dudo que lo haga ya.”

    Como siempre, dando en el clavo… “Heridas que no se cierran”, posibilidad que ni siquiera se menciona en todas las psicoterapias habidas y por haber por ser un tabú en la línea de flotación de un negocio que mueve gigantescas montañas de dinero, donde todo tiene solución sí o sí, aunque cueste años e interminables sesiones y recursos.

    Sigue así, dando enérgicos trallazos a diestro y siniestro, porfa. Según quien te lea, los blancos diferirán. En mí has dado en este concepto, en los demás no sé. A ver si tengo suerte, y por la vía recién abierta supura la porquería concéptica que se acumula ahí desde hace mucho tiempo, y con ello se reasientan las estructuras mentales cuyas bases se apoyan mayormente justo encima. Aunque conlleven crujidos y derrumbes.

    Tanto afirmar, grosso modo, que todo en la vida tiene solución, que hay que buscarla, y que si no la tiene se rodea, se olvida y se sigue adelante… Y no.

    Un abrazo.

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