Relato: Los etruscos

Sábado por la tarde. Una tarde estupenda, sol, calor, pajaritos, gente… una tarde maravillosa para quedarme en casa leyendo hasta que se agotara la luz de fuera. Sí, ese iba a ser mi plan.

A eso de las cinco de la tarde se truncó. Eso te pasa por no desconectar el teléfono.

 

  • ¿Por favor, por favor, puedes venir a casa? – una voz masculina me suplicaba al otro lado. Qué guay. Rollo superheroína.
  • ¿Qué te pasa? – Dame media hora que me arreglo y voy para allá.
  • No, no, ven como estés, pero ven ya.
  • Vale, vale, tranquilo, ya voy.

 

Estaba en bragas y camiseta, así que al menos unos minutos iba a tener que esperar. Me puse unos vaqueros y las zapatillas y me marché. Por el camino, diez minutos andando desde mi casa, pensé en qué me encontraría: crisis existencial, o lo que más temía por su “no te arregles” encubierto, que me iba a tocar ayudar a limpiar algo. Pero a no ser que la mierda estuviese rebosando por las tuberías, tampoco le veía la urgencia. Claro, que si me ha llamado para que le ayude a limpiar mierda, en cuanto vuelva a casa le bloqueo en el móvil.

 

Así que cuando abrió la puerta, con los pantalones del chándal y una camiseta, descalzo, sin guantes en las manos y sin que de su casa saliera un terrible hedor, me sorprendió.

 

  • Ya estoy aquí – dije casi con timidez, y asomándome un poco por encima de su hombro, no fuese a tener un cadáver en el sofá.

 

  • Gracias, pasa, pasa, ¿quieres tomar algo?

 

  • No, aún, no, no sé, quiero que me cuentes a qué coño venía tanta prisa.

 

  • Es que si te lo cuento por teléfono no hubieses venido.

 

 

Pues no, igual no hubiese ido. Si me dices que quieres que abandone mis estupendos planes de sábado lector por venir a tu casa de manera precipitada para que te de mi visto bueno acerca de una conferencia que tienes que dar el lunes, no vengo. Si le añades que dura dos horas y es sobre el imperio etrusco, te cuelgo antes de que acabes la frase. Ya puedes invitarme a cenar después, cabrón.

 

 

 

Yo debía de ser la única del grupo de amigos que no se había enterado de que andaba metido en este proyecto, porque al parecer fui la única que le contestó al teléfono. Su intención era turrarnos a todos, pero yo fui la única descerebrada que me presenté allí.

Como la tarde iba a ser larga, acepté la bebida. Café, coca cola, cocaína, lo que fuese. Que a mi el arte y la historia me apasionan, pero esa tarde pretendía que mi rollo fuera diferente. Muy diferente.

 

Me senté cómodamente en el sofá. Coca cola, cenicero, tabaco, mechero. Mientras, mi torturador colocaba el proyector y preparaba la parte gráfica. Porque ya que hacíamos el ensayo, lo hacíamos general. Ya que me daba motivos de suicidio, que fuesen completos.

 

Se colocó frente a mi, al otro lado de la mesa donde tenía el avituallamiento, y comenzó la exposición.

Creo que tardé sólo cinco minutos en desconectar el cerebro. Tenía los pies bonitos, y los pantalones del chándal le quedaban bien. Muy bien. Tremendamente bien.

Me quedé hipnotizada. Siempre me pasa lo mismo. Supongo que es lo mismo que le pasa a los tíos con los escotes, a mi con los paquetes. Si tengo uno delante de los ojos, tengo que mirarlo. Yo creo que estoy viene de la época del colegio en la que el profesor, por tenerme más cerca y controlarme, me sentó en primera fila justo delante de su mesa. Esta mesa estaba sobre una tarima, y era la típica mesa de profesor, con su cajonera a un lado y un espacio entre el tablero y la cajonera. Y en ese espacio veía enmarcado todos los días, si levantaba un poco la cabeza del libro, el paquete del profesor. Sabía cómo le quedaban todos y cada uno de sus pantalones, si se cerraban con cremallera o botones; podía diferenciar hasta hacia qué lado cargaba, si aquel día llevaba bóxer o slips. Me podía pasar horas mirando el paquete de mi profesor, ahí, enmarcado; hubiese ganado un concurso chino de los de “reconoce el paquete de tu profesor” en varias de sus ediciones.

 

Desde entonces creo que soy muy fan de los paquetes bien marcados. Pero no los marcados aposta, si no los que se notan porque sí. Porque hay poderío, porque el pantalón tiene un corte especial, porque he ido a mirar en el momento en que se estaba empalmando, lo que sea.

 

Y el de aquí mi amigo, más que recordarme al del profesor, lo estaba haciendo a uno de mis momentos paquete best watch ever.

 

“Los etruscos eran un pueblo netamente comerciante desde el inicio hasta el final de su civilización, principalmente marítimo, aunque también terrestre”

 

 

Y ahí sigue. Hablando de los etruscos. Y yo pensando en pollas. Sí, ya sé a que polla te recuerda. Eres muy cerda, bonita. Sí, pero que pollón tenía. Yo creo que la cámara de televisión la llevaba una mujer. Me acuerdo que estaba en un restaurante comiendo, con esa tele al fondo de cien mil pulgadas; la noticia, la guardia civil había desmantelado algo; las imágenes, el primer plano del paquete de un señor picoleto con el rabo tan bien marcado que no sé si aquello era naturaleza o que el muchacho se alegraba mucho del desmantelamiento. Ese nabo verde oscuro que iba a reventar la cremallera de tan insigne uniforme y que durante unos segundos, paralizó el mundo a mi alrededor. Cuando salí del trance, y el paquetorro del plano, miré a mi alrededor para ver si se me había notado el estado hipnótico, pero el resto de comensales estaba a sus platos ajenos a lo que acababa de ver. Acto seguido busqué por la pantalla el logotipo de la cadena y aquella noche, agradeciendo que las imágenes sean las mismas en los telediarios del día, lo grabé.

 

Los etruscos eran grandes comerciantes, sí, y yo tenía unas irresistibles ganas de tocarle la polla por encima del pantalón, solo un poquito, lo justo para saber si llevaba calzoncillos o no y seguir imaginando. Me gustaba la posición que tenía, se notaba lo justo para decir “eh, estoy aquí, y si metes la mano habrá sorpresa”. Quería que se moviese un poco más para ver si aquello se movería en bloque o no, así que me encendí un cigarro. Por instinto, fue a abrir la ventana que había a mi espalda, por lo que su paquete pasó muy cerca de mi. Lo justo para ver, o querer ver, un ligero movimiento. No llevaba calzoncillos. Creo que hasta gemí, porque me preguntó si tenía frío.

 

De vez en cuando le ordenaba a mi cerebro que levantara la vista e hiciese como si le estuviera escuchando, pero mi coño empezaba a rebelarse y exigía otro punto de concentración.

 

 

“El etrusco utilizaba la variante calcídica del alfabeto griego, por lo que puede ser leído sin dificultad, aunque no comprendido”

 

Pues mira tú que bien. Yo he empezado ya imaginar que la goma del pantalón de repente se te va a aflojar y poco a poco va a ir dejando ver el vello de tu pubis que me va a confirmar lo que llevo sospechando desde que me senté. Ay, tengo ganas de alargar la mano y tocarlo. Me encanta el tacto de la tela del chándal, suavecita, desgastadas de lavados y lavados, de ser los eternos pantalones de andar por casa. Me gustaría sentarme en el borde de la mesa, y mientras sigues hablando, poder tocarte y notar tus huevos a través del pantalón. Y acercar mis labios y mojar la tela con el calor de mi aliento, y jugar con tu polla entre mis dedos.

 

Menos mal que llegan las diapositivas. Son muy interesantes, pero por favor, por favor, por favor, pasa por delante del proyector. Ilumíname tu paquete.

 

Oye, me estás poniendo muy cachonda. Necesito ir a hacer pis y beber un poco de agua o que me de el aire o algo. Llevas una hora exhibiéndote. Te pido un receso, porque no hubiese sido mala idea el venirme en bragas y camiseta, la costura de los vaqueros no está ayudando nada a estar relajada. Bueno, para estarlo, en realidad, me tenía que haber venido sin el cerebro de casa.

 

Está muy interesante la conferencia, sí. ¿Y qué te vas a poner? Ah, pues podrías ponerte los pantalones del traje gris claro y así ver si te sientes cómodo con ellos. Ya, esto es una gilipollez de bloguera de moda, pero ahora mismo poca sangre me llega a las neuronas. Voy al baño.

Oigo como se abre la puerta del armario, y el cajón de la mesilla. Oh, cielos, como sospechaba no llevaba ropa interior. Y ahora le he hecho ponérsela. Pues yo me voy a quitar la mía y que pase lo que sea.

 

Madremía cómo le quedan los pantalones al señor conferenciante. Sigue sin zapatos, pero ahora mismo me suda el coño, literalmente, si el lunes se trastabilla porque le duelen los pies. Qué bien le caen los pantalones sobre la polla. No se si serán gayumbos bra o que eso recogido como los moños le da ese cuerpo y elegancia, pero me muero por bajar esa cremallera y meter mi dedo y tocar la tela hasta que se moje. Me recuerda a cuando metía mano a mi novio adolescente sin que se notara mucho. Metía mis dedos por su bragueta de botones, desabrochando a la fueza un par, y le tocaba la polla por encima de la tela del calzoncillo. A su vez, con los dedos iba buscando el agujero donde meter los dedos para tocar su piel directamente. La parte divertida del juego era notar mis dedos apresados entre el vaquero y su pene que empezaba a crecer, y entonces él ayudaba desabrochándose el pantalón y la bragueta, que permitía que mi mano cupiese entera. Todo lo que sucedía después, ya sin disimulo, lo podéis imaginar.

 

Y aquí estoy, haciendo verdaderos esfuerzos para no tirar de la cremallera. Me voy a encender otro cigarro que esta parte en la que hablas del matriarcado etrusco me interesa. Y me parece muy bien que las mujeres etruscas follaran sin talento y con quien le diera la gana por muy mal que le pareciese a los fariseos. Que yo follar contigo no sé, pero una sobada de paquete ya te metía.

 

O me levanto y te la saco o me hago una paja. Otra nueva tanda de diapositivas y ese cojín al extremo del sofá van a ser mis mejores aliados. Qué bonitas la vasijas. Y los bajorrelieves. Y ahora que enciendes la luz otra vez, tengo que decirte que es muy probable que esté el lunes en primera fila escuchándote de nuevo. Muy en primera fila. Debajo del atril, incluso.

Y discúlpame que no me quede un rato más, pero es que los etruscos me dan unas ganas de follar tremendas.

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